El campesino inquieto

Después de cincuenta años de casado (cuyo aniversario será el día 15 del próximo octubre) a veces tengo la sensación, de que me he perdido muchas anécdotas, vivencias y efemérides de la vida familiar, en el medio siglo de vida luchada y compartida con mi mujer.

Descorazonadoramente, el 18 de julio del mismo año que murió el dictador, todavía una masa de gente humilde del pueblo, bajaba desde la plaza a celebrar la fiesta de aniversario del triunfo del dictador Franco en la guerra civil.

Al iniciar este relato me siento abrumado y casi superado por el reto y la responsabilidad, de atinar a expresar y plasmar en el papel, la personalidad de aquella mujer humilde, pero orgullosa y digna; modesta, pero grandísima y entrañable persona y de todos los matices de la tremenda realidad y testimonio que supuso su vida.

En España, veníamos de un sistema educativo autoritario que se negó siempre a pagar su cuota de entropía.

El siglo XIX y el primer tercio del siglo XX transcurre con revueltas obreras y campesinas reivindicando la reforma agraria, que no consigue verse hasta la proclamación de la II República.

Hay un dicho en El Llano que, a primera vista tiene todas las trazas y connotaciones de ser un comentario machista de los que han circulado con éxito en el mundo rural y desde el origen de los tiempos.

No es la primera vez que he sentido la tentación de escribir una reflexión sobre el extraño y profundo eco, que esa anécdota haya podido tener en mi quehacer diario y en la valoración que hago de los resultados.

Cuando en noviembre de 1989 caía estrepitosamente el muro de Berlín, sus escombros parece que cayeron devastadoramente sobre mis espaldas.

Así Arento, que mirando sus manos y repasando con sus dedos, dedujo que sus cuentas eran correctas, cerrando su ojo izquierdo, como era habitual en él y rascándose la cabeza...

En los años cincuenta del siglo pasado, concretamente desde 1957, el año en el que una cosecha récord en El Llano, rompió el control sobre la moderación de los salarios que imponían los patronos locales, que durante la campaña de la siega llegaron a triplicarse, cambiaron radicalmente las condiciones laborales y agrícolas en El Llano y en España.
