El maestro panadero

El valor de una palabra: cuando “maestro” era un reconocimiento.

   En el mundo rural, y por ende en El Llano, ha sido tradicional y de hábito común, desde tiempos inmemoriales y hasta no hace tantos años, asignar o conceder la calidad de "maestro", a aquellos artesanos o trabajadores manuales, que se distinguían por su capacidad o prestigio en la profesión, buen hacer, experiencia y dedicación (maestro albañil Frasquito Matacán, maestro herrador, José Frasquito)..., o a los que la gente por su afabilidad en el trato, humanidad, cercanía a sus convecinos y disponibilidad permanente para ayudar a los demás, los distinguían con ese título también, aunque no fueran de excelencia total en la profesión (el maestro "Follero", el herrero de la plazoleta, o el maestro "Cebolla", Antoñillo el barbero).

   También en la vida docente, los profesionales responsables de la educación básica, más o menos hasta los catorce años, desde siempre se han conocido con el hermoso y sugerente nombre de ¡maestro!. El que más sabe, "el magister" y por tanto, el que más y mejor nos puede ayudar. Nunca dejaremos de lamentar que esa palabra mágica, llena de reminiscencias éticas y de respeto filial en el recuerdo del niño que fuimos, se sustituyera en los nuevos planes de estudio, por la de Profesor de EGB, que pierde parte de su efecto como referente del niño, no sólo en el tiempo, espacio y ámbito académico, sino en la vida diaria y para toda la existencia futura del niño como adulto.

   Todos tenemos, sobre todo los de la época en que el maestro era único y para todo el período escolar, un maestro por antonomasia, el maestro de nuestra niñez y de referencia de nuestro período escolar: don Antonio, don Miguel, doña Carmen, doña Pepita, don Juan Chica, don Manuel Mateos, don Obdulio, don Julio, etc. forman parte de ese maestro referente de cada niño y que identifica su período escolar.

   Antes de mediados de la década de los sesenta, y coincidiendo con la sustitución de la palabra maestro en la docencia, por otras de terminología moderna, se producía también la gradual desaparición de la denominación de "maestro", a señalados artesanos y profesionales distinguidos de distintos ramos. Unos, porque casi habían desaparecido esas profesiones (al menos en nuestro ámbito), como son el caso de las maestrías de herrero, zapatero, talabartero etc., otros porque cambian de denominación, como el maestro barbero, hoy peluqueros y otros, porque pierden el carácter autoprofesional, como el maestro albañil, que hoy trabaja por cuenta ajena, para los constructores.

Manuel Molina, el panadero al que el pueblo convirtió en maestro

   Diez años después de que en El Llano se perdiera la costumbre de la nominación de "maestros", tanto en el ámbito escolar como en el de profesionales artesanos, aparece en Zafarraya un hombre de hablar pausado y trato afable, de fuerte complexión física y proceder sereno y reflexivo. Bien pertrechado de "abolengo vital", calidad y calidez humana y una serena filosofía y experiencia de vida, con ese contraste paradójico que daba la sensación de "venir de vuelta" de tantas cosas y de guardar íntegro su corazón y su espíritu de niño, en aquel corpachón de hombre curtido, pero sencillo, sensible y bueno y que tan bien se entendía con todos, grandes y chicos.

   Se llamaba Manuel Molina Caminos, de profesión panadero, y había recalado en el pueblo desde Moraleda, para hacerse cargo de la explotación y modernización del horno de "La Lucía", primero en régimen de arrendamiento y más adelante, acometiendo su compra y modernización, junto a su hijo Manolo.

   Pronto, la gente del pueblo movida por su voluminosa humanidad y bonhomía, o por el carácter, talante y buenos modos en su comportamiento y como nuevo panadero, empezó a llamarlo con el clásico y desde hacía tiempo desaparecido, título de "maestro", y con el tiempo, hasta los niños empezaron a saludarlo por la calle con la mágica palabra, con toda su connotación de admiración y respeto.

   Estaría entre nosotros durante diez años, volviendo con su mujer, a su Moraleda de adopción, donde había vivido y desarrollado su vida y su actividad profesional, durante los anteriores 35 años, dejando la Panadería "El Llano", (marca creada por ellos) en manos de su hijo, Manuel Molina Ruiz, que se haría cargo de la misma en Zafarraya.

Los Macarenos: una familia forjada en el trabajo y la responsabilidad

   Había nacido Manuel, nuestro protagonista, hijo mayor de la saga de "Los Macarenos" (fundada por su padre, al que cariñosamente denominaba así su abuela, por su garbo y salero), en Chimeneas, en octubre del año de 1920. Hijo de Manuel Molina Pérez y Josefa Caminos García, y que tuvieron otros cuatro hijos: Juan, Pepa, Mercedes y el menor, José. Era pues Manuel, como el mayor de los hermanos, el que recibiría el cariñoso título y apelativo de "El Chache", especie de alias que era costumbre en aquellas tierras asignar al primogénito, pero que en Manuel adquiría otras connotaciones y reminiscencias cargadas de asumido paternalismo, responsabilidad y empatía, con todos los que trataba.

   De niños, se dedicaron a ayudar en la explotación de unas tierras que poseían sus padres en Chimeneas, ejercitando desde bien temprano, cuerpo y espíritu en la disciplina del trabajo. Su padre siempre se preocupó de la educación y formación de sus hijos, a los que, sentaba en sus piernas y les hablaba, ya desde niños, de historia, geografía o matemáticas, casi con obsesión. Los hacía acudir diariamente, andando, desde el Castillo Tajarja hasta Chimeneas para asistir a la escuela.

   En cuanto los hijos mayores crecieron un poco, su padre arrendó una tahona en aquella pedanía cercana, del Castillo, donde iniciaron la actividad que, con el tiempo, convertiría a toda la familia de "Los Macarenos", en consumados maestros panaderos.

   Y es también aquí, donde se fue forjando el temple fortaleza de carácter de nuestro personaje, su resistencia y amor al trabajo y su responsabilidad familiar, siempre como "segundo de a bordo", "El Chache", como correspondía al hijo mayor de la familia.

Una juventud marcada por la guerra y la dureza de los tiempos

   A temprana edad, sufre su primera y grave contrariedad y contradicción de vida: de ideología progresista, él y su entorno familiar siempre estuvieron en el compromiso socialista, cuando se produce la sublevación fascista de Franco. La sociedad civil está tan polarizada, que en los dos bandos formados, se valida la máxima de, "el que no está conmigo, está contra mí".

   En esa disyuntiva, el rápido triunfo de los sublevados del 17-18 de julio en Granada y áreas adyacentes, (Chimeneas), que hacía presagiar un triunfo rápido en todo el estado, aconsejan al padre, a que su hijo mayor, Manuel, de dieciséis años en ese momento, ingrese voluntario en el ejército de los sublevados nacionales, previendo que con esa colaboración voluntaria con la causa nacional, tal vez le fuera perdonada a su familia su anterior compromiso socialista.

   Cabría señalar que el patriarca de "Los Macarenos", quizás aquí se equivoca gravemente y "en el pecado llevó la penitencia", como tan acertadamente define nuestro refranero. Manuel, no sólo sirvió los tres años que duró el conflicto, enrolado en el ejército nacional, sino que además, afrontó dos años más de milicia, como cualquier soldado que habiendo servido los tres años de guerra en el ejército legal de la República, le prorrogaban los dos años habituales de servicio militar, al no validar su tiempo de milicia republicana.

   Y, aunque sí es posible que este compromiso quizás evitara represalias a la familia, no impediría que durante los años de la dictadura, "Los Macarenos" figuraran como "sospechosos y desafectos rojillos".

   Manuel, con sus 17 años apenas cumplidos, apena y apechuga con una durísima, cruel y fratricida guerra que pudo dejarle graves secuelas físicas y psicológicas. Casi toda la contienda la pasó, primero en San Fernando y luego en la provincia de Córdoba, en la Sierra Norte y Valle de los Pedroches.

   Unos inviernos extremadamente fríos y lluviosos, recrudecieron en Manuel una afección bronquial, ya apuntada por su actividad en el horno en los largos inviernos en la panadería de Castillo de Tajarja, y que pudo tener consecuencias fatales, superadas por su fortaleza física y capacidad de resiliencia.

   La toma de conciencia de que, enfrente estaban aquellos con los que compartía ideología, pensamientos y proyectos, le provocaba malestar psicológico permanente. Y con el añadido a su sufrimiento, de dos años de prórroga en la milicia, tras la terminación de la contienda.

El regreso a la empresa familiar y la construcción de una vida propia

   Pese a todo, Manuel se reincorpora indemne a la actividad familiar. Su padre había decidido vender las parcelas de tierra y su casa en Chimeneas, embarcado en la aventura de adquirir en propiedad, el molino y panadería del "Cortijo de Luján", de Moraleda, cuatro kilómetros río abajo sobre el cauce del "Cacín", que explotaba en arrendamiento desde dos años antes.

   La operación asciende a ciento cuarenta mil pesetas, una verdadera fortuna para la época. Y en él se instala todo el clan familiar de "Los Macarenos", padres, hijos y nietos. Sobre todo, los dos hermanos mayores, Manuel y Juan, sobre los que recaerá todo el peso de la empresa creada.

   Manuel, casa en 1946, a los 26 años, con una joven de la aldea de "La Zahora", (pedanía de Cacín), llamada Concepción Ruiz Romero, hija de Francisco Ruiz y Esperanza Romero, de familia de "Los Ojitos", y seis años menor que él, pues nació el 3 de noviembre de 1926.

   Se casan en "La Zahora", e inmediatamente, se traslada junto a su mujer hasta "El Cortijo Luján", donde como dije, conviven todas las familias que forman el clan de "Los Macarenos".

   En el mismo cortijo, van naciendo sus hijos, Manolo, José Luis, Maricarmen y Conchi, y otra niña, Mari Paqui, que murió a los 16 meses.

   Totalmente identificado y compenetrado con su hermano Juan, con el que conforma una unidad familiar y de destino, absolutamente identificada en la convivencia y el amor fraternal, compartiendo hasta la última brizna de sus vidas.

   Como he dicho, Juan, aunque menor que él, casó antes, con una moza del Castillo de Tajarja, llamada Carmen Moreno Arroyo y tuvo siete hijos, (Mari Pepa, Carmina, Manuel, Juan, Jesús, Ángel y Jose Antonio, Molina Moreno), que junto a los suyos, perpetuarán una relación familiar muy especial y de fuertes vínculos fraternales y de convivencia absoluta.

   Formaron una pareja tan identificada y popular en la zona, que la gente, cuando los veía asomar a lo lejos exclamaba:

   —"¡ahí vienen "Los Macarenos", guapos, garbosos y sandungueros! ".

Del éxito del Cortijo Luján a la crisis de una forma de entender la empresa

   Quince años ininterrumpidos de aceptable éxito laboral y empresarial, en los difíciles años de la posguerra, de autoconsumo, hambrunas, supervivencia y cartillas de racionamiento. Pese a las restricciones impuestas al molino por el régimen y la lógica limitación en la actividad del horno, por su lejanía a la población, de los servicios "de poya", o prestación del servicio del horno para cocer el pan elaborado por los vecinos, con pago en especies (harina o masa), fueron años de éxito económico razonable para la familia de "Los Macarenos".

   Los mayores, Manuel y Juan, distribuían el pan con caballos equipados con su correspondientes capachos, por aldeas y pueblos vecinos y de noche, cargaban trigo de los excedentes de cupo de los agricultores y que estos canjeaban por vales de pan, a razón de kilo por kilo, para su venta en el estraperlo, de donde obtenían una ganancia extra.

   Eran los duros y peligrosos tiempos del "Maquis", ("los tíos de la sierra", como nos enseñaron a decir en los pueblos), guerrilleros antifranquistas, con los que los hermanos supieron siempre entenderse, facilitándoles suministros y pan. Equívocamente, una noche asaltaron el "Cortijo Luján", con intención de robarles y ante el fracaso, incendiaron unas leñeras colindantes y el cobertizo donde se almacenaban las aulagas para el calentamiento del horno.

   Nunca conocieron la identidad indiscutible de los asaltantes, pero puede que fuera una partida de delincuentes comunes, de los que al calor y justificación del "Maquis", proliferaban en nuestras sierras, cometiendo robos y tropelías.

   El cortijo-molino disponía, además de horno y útiles para elaborar el pan y un molino de harina con una piedra de mil kilos, en la parte inferior del complejo, movida por la fuerza motriz del agua, de un complejo de varias viviendas, cobertizos para ganado, con varias clases de animales, almacenes, zahúrdas para el engorde de cerdos o vivienda secundaria para empleados en los distintos trabajos, además de cinco o seis fanegas para siembra de hortalizas, patatas, leguminosas y otros cultivos de riego.

   Con su hermano Juan, formaba un "tándem" inseparable, afectiva y laboralmente, que perduró en el tiempo.

   De repente, pasada la mitad de la década de los cincuenta, esta empresa, monolítica y peculiar, entra en crisis y va a la quiebra, pese a los esfuerzos del patriarca de la familia, que intenta reflotarla con una inversión de treinta mil pesetas, procedentes de un préstamo que nunca podrán pagar y que aceleró la ruina del complejo, que finalmente, acabó en manos del banco.

La desaparición del estraperlo y el final de una época económica

   A falta de explicación más plausible, siempre la familia aseguró que una de las razones principales de la debacle económica, fue la gran cantidad de morosos entre las clases humildes, que nunca pagaron una parte del pan que retiraban, por su absoluta carencia de recursos y quizás incentivados y motivados, añado yo, por la permisividad humanitaria de la familia de "Los Macarenos".

   A esta razón se puede objetar que, en los años anteriores y cercanos al final de la guerra, la disponibilidad de recursos, dinero o trigo, de la gente humilde, sería aún más limitada si cabe, y no afectó a la buena marcha de la empresa.

   A la luz de los hechos históricos y sin negar la importancia en el proceso que provocarán los impagados, pienso que la razón objetiva, fue la misma que coincidente en el tiempo, llevó a la quiebra a molinos de trigo, panaderías y pequeños y medios cerealistas de nuestro campo.

   Y que no fue otra, que la reestructuración económica que se inició en España, con los llamados "Planes de Estabilización Económica" de López Rodó, iniciados a partir de 1956 y que significaron el fin de la autarquía económica, con la liberalización e internacionalización de los precios del cereal, cuya primera consecuencia fue la desaparición del mercado negro que acabó con el estraperlo de la época.

   Y ahí, sin duda alguna estuvo la razón principal de la quiebra simultánea de este tipo de empresas.

   El franquismo fue, entre otras cosas, un régimen autárquico y populista, que pretende controlar los precios de los productos básicos, sobre todo del pan, con lo que provoca un fuerte y exitoso mercado negro.

   En ese control, los márgenes de ganancia para la fabricación del pan eran nimios y mínimos, por lo que las panaderías estaban condenadas a una quiebra segura.

   Los que vivimos aquellos tiempos, recordamos perfectamente, como las tahonas cambiaban un kilo de trigo por un kilo de pan. El típico canje de las familias era, de un bombo de trigo (12 kilos), por 12 vales de 1 kilogramo de pan. El margen de fabricación del pan, era prácticamente nulo.

   ¿El agua que se añadía para su fabricación y que lógicamente se consumía en un 90% durante la cocción?. Es lógico pensar que el margen lo obtendrían los panaderos, por la venta en el estraperlo, de las pequeñas cantidades de trigo, del excedente de cupo, que cada agricultor canjeaba por vales de pan, con la correspondiente contemporización de las autoridades competentes del régimen, haciendo paternalistamente "la vista gorda", ante una actividad claramente ilegal pero que permitía ganancias extra a panaderías y molinos, sin subir los precios del pan, que era su obsesión.

   En consecuencia, al terminar el estraperlo por la desaparición del mercado negro, con las nuevas directrices económicas del gobierno y en tanto se reestructuraba el sector en otro marco de costos y precios del pan, la gran mayoría de empresas del sector, molinos y tahonas, van a la quiebra.

   Hay también un paralelismo con el sector cerealista minifundista, que no es objeto de este relato.

Una nueva etapa tras la caída del viejo modelo familiar

   Pero volviendo al complejo del horno-molino del "Cortijo de Luján", en un somero análisis de su funcionamiento y actividad económica, y dejando un momento los otros factores que repercutieron en su crisis financiera, pensamos que su propia estructura monolítica y patriarcal, donde las decisiones las tomaba únicamente el patriarca de la familia, Manuel Molina, padre, estableciendo una "bolsa única común", y el trabajo desarrollado sin salario individual ni incentivos a la dedicación y productividad, cuando menos, pudo contener el embrión del desconocimiento riguroso y actualizado de la economía real de la empresa que, como tantas del sector, con la desaparición del mercado negro y la correspondiente finalización del estraperlo, dieron en quiebra.

   Del carácter patriarcal y absolutista de la empresa, y de la definitiva influencia del "patriarca" en todas las decisiones, nos da idea la siguiente anécdota: ante la nueva situación que se presenta tras la quiebra de la empresa familiar, Manuel hijo, decide vender el magnífico caballo que usaba en el reparto de pan y en la actividad del estraperlo, con el fin de instalar un pequeño negocio para su supervivencia, consiguiendo por su venta, 18.000 reales (4.500 pts.), toda una fortuna para la época.

   El "patriarca" le pide y recaba ese dinero, para la compra de una máquina, para su hija favorita, Pepa, como parte de su ajuar que, Manuel entrega sin pestañear siquiera. Su mujer, Concha, que era una buena pero sensata mujer, no acepta la renuncia fácilmente y entra en conflicto con su marido.

El regreso del maestro panadero: Zafarraya como nueva oportunidad

   Al año siguiente, se trasladan a dos casas cueva, con panadería que el patriarca del clan poseía en Moraleda e intentan reactivar el negocio del pan, pero son años convulsos de "estabilidad inestable" y tienen que dejarlo.

   Por un tiempo, Manuel trabaja a lo que sale en el campo, en la siembra y recolección de cereales y leguminosas y cuando se normaliza la actividad de las panaderías, entran a trabajar por cuenta ajena en una tahona de Moraleda. Allí trabajan unos años con el mismo pundonor y profesionalidad que siempre.

   Pero a esa edad en la que, si te quedas en el paro es difícil volver a encontrar trabajo, con 55 años, Manuel, entra en conflicto con la empresa y es despedido.

   Lejos de achantarse, nuestro protagonista, recordando el viejo refrán de nuestra tierra que sentencia: "¡donde se pierde el borrico, hay que buscar el cabestro!", y por un contacto que le facilita nuestro paisano, Francisco Vilchez (Paco Matagallo), representante del sector de las harinas, sobre una panadería que cesaba su actividad en Zafarraya, el horno de "La Lucía", decide hacer la gestión, junto a su hijo mayor, Manolo, que acepta sin dudarlo, pese a que en esos momentos le iba muy bien laboral y económicamente, trabajando en una empresa de maquinaria pesada de movimiento de tierras y construcción.

   Y es que la adicción filial en la familia de "Los Macarenos", funciona así. ¿Recordáis la venta del caballo de Manuel y la entrega del dinero sin rechistar a su padre?

   En septiembre de 1975, se presenta en Zafarraya junto a su hijo y su recién desposada mujer, Pilar y embarazada ya de ocho meses.

   En principio, acuerdan un arrendamiento por tres años y una propuesta de funcionamiento: la empresa constituida como Panadería "El Llano", será regentada por el hijo, mientras el padre, como trabajador contratado, intentará cumplir el cupo de años cotizados para su jubilación, que se alargaría hasta 1985.

   Con maestría, trabajo, esfuerzo, pundonor, profesionalidad y constancia, van logrando todos sus objetivos, haciendo fortuna en su nuevo periplo empresarial en El Llano.

Una nueva generación toma el relevo en la panadería de El Llano

   Como he dicho, Manuel Molina Ruiz, hijo y nieto de los Manuel Molina, llega a Zafarraya con su mujer, recién casada y embarazada de ocho meses.

   Era un guapa joven de Huétor Santillán, Pilar Molina Única, de la familia de "Los Chirlaos", de 23 años de edad (Manolo tenía entonces 27 años), y toda la ilusión del mundo.