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Dichos del Llano: “A ésa, no hay quien le “güerva” los guarros”

Hay un dicho en El Llano que, a primera vista tiene todas las trazas  y connotaciones de ser un comentario machista de los que han circulado con éxito en el mundo rural y desde el origen de los tiempos. 

    La conocida y rústica expresión, es: “a ésa no hay quien le güerva los guarros” (no hay que traducir al castellano correcto, ¿no?), que evidentemente, pronunciada por cualquier hombre,  tiene una derivación machista, de agresión y menosprecio a la mujer. 

    Pretende denigrar a aquellas de carácter, que no renuncian a sus propios proyectos, objetivos y principios, al margen de que coincidan o no con los de su propia pareja o a la opinión mayoritaria de sus detractores. Porque el peyorativo dicho, quiere tachar a ese tipo de mujer, de prepotente, soberbia, dominante, terca, tozuda e insolidaria, que no atiende ni entiende, más que a sus intereses o deseos y al criterio de su propia voluntad. 

    Lo que atribuido a un hombre, sería  una loa a su carácter y personalidad, referido a la mujer, se convierte en un insulto soez y despectivo que proclama la obligada sumisión de éstas, como valor supremo de las mismas. 

    Es equivalente a otro dicho más universal, usado también por la gente del campo: “ésa es una mujer de armas tomar”, igualmente peyorativo, que tacha a la mujer rebelde e independiente de una culpabilidad, “digna de ser combatida con las armas”. 

    En El Llano hemos tenido tenido numerosos testimonios de esas “mujeres de armas tomar”, de mujeres rebeldes, con carácter y fuerte personalidad, a las que efectivamente, era muy difícil “volverle los guarros”, como la Victoria de Nalgas, cuyo relato de vida, que no conocía, me impresionó por su fuerte carácter, su resiliencia y su ilimitada capacidad de enfrentarse a los dramas del destino. 

    La menuda y estoica “Juana” de Castillo (Juana Hinojosa) y su entereza al enfrentarse a los abusos y torturas del indeseable y torturador de Ventas, conocido como “cabo Beria”, en unos tiempos tan limitados de libertades.

      A la Julia de Mayorao, una de las mujeres más fuertemente represaliadas de la posguerra, cuando ya, durante la misma sufrió la muerte de su marido y el atroz fusilamiento de su hijo, líder republicano del pueblo; o la Trini de “La Brillanta”, también  represaliadas de posguerra y el de tantas y tantas mujeres de nuestro Llano, que mantuvieron alto el pabellón de la dignidad y la entereza de la mujer de nuestros pueblos. 

    Y es que sería muy necesario e importante preguntarnos de vez en cuando, ¿a qué altura de desarrollo estaría el mundo y los derechos de la mujer, si no hubiera sido por la rebeldía de tantas mujeres grandes de la historia, que no consintieron nunca en que algún hombre “les volviera los guarros”, o que los hombres intentaran insultarlas, juzgándolas de “mujeres de armas tomar? 

    Mujeres como Hipatia de Alejandría, Marie Curiè, Clara Campoamor, Frida Kahlo, Concepción Arenal, Rosa Parks, Simone de Beauvoir, María Zambrano,  y tantísimas féminas en la historia que rompieron moldes, superaron estereotipos y aceptaron el reto de ser “mujeres de armas tomar?.

   Porque resulta que, desde que el mundo es mundo, sobre todo desde que las religiones tomaron la “dirección moral” de la humanidad, el hombre ha pretendido defender la hegemonía del varón y hacia ese objetivo dirigió todos sus esfuerzos. Por eso quiero terminar esta reflexión con un sabrosísimo relato  del folclore bíblico judío, pero que también menciona el profeta Isaías en La Biblia, sobre la primera mujer, la mítica Liliht, primera esposa de Adán y como él, creada por Dios, del mismo barro.

     Cuenta este mitológico relato, que la bella Lilith, sintiéndose igual a Adán, puesto que tenían el mismo origen, la tierra, cuando quisieron copular, se negó a ocupar la sumisa posición de “abajo”. Dios recibió las quejas de Adán y decidió expulsarla del Paraíso, estigmatizándola como la madre de todos los demonios.

     Después le dio a Adán una nueva compañera, Eva, a la que creó de una costilla de aquel y que simboliza la sumisión de la mujer ante el hombre. Lilith prefirió abandonar el Paraíso, antes de renunciar a sus derechos. 

    No es de extrañar que el feminismo moderno la considere hoy como su icono. Y es que a esta mujer, “no le volvió los guarros, ni Dios”.

Juanmiguel.

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