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Mi parte en metálico

El siglo XIX y el primer tercio del siglo XX transcurre con revueltas obreras y campesinas reivindicando la reforma agraria, que no consigue verse hasta la proclamación de la II República.

    En Andalucía y Extremadura, la propiedad de grandes extensiones de tierra ya tienen su origen histórico en los tiempos de la dominación romana, porque los grandes potentados del imperio ya consideraban la acumulación de tierras, como un signo evidente de prestigio, poder y riqueza. De ahí ya, los grandes “latifundios” romanos de la Bética y de parte de Lusitania (Extremadura). 

    Después, en los siglos de dominación musulmana de Al-Ándalus, parte de la tierra permanece en manos de los potentados o jefes militares y familias privilegiadas, pero la mayoría pasan a formar parte de alquerías de mayor o menor extensión llevadas por campesinos y dedicadas a la producción más intensiva, con regulación pública de las aguas que impedía el control de las mismas por cualquier potentado que quisiera monopolizarlas.

    La verdadera estructuración latifundista de Extremadura y Andalucía, se produce a partir de la Reconquista. Con la cesión por los Reyes de turno, de grandes extensiones de las tierras conquistadas, a la nobleza, Órdenes Militares y a la Iglesia.  Favorecida en el tiempo dicha concentración de propiedad de la tierra, por leyes como la famosa Desamortización de Mendizábal, que frena la expansión sin límite de la Mesta y que lleva a cabo expropiaciones de grandes extensiones de tierras improductivas y en manos de la Iglesia y las Órdenes Militares, que se ponen en el mercado, donde las acaparan los grandes terratenientes, imposibilitando el acceso a su propiedad y el disfrute de la misma, a las masas de campesinos sin tierra, que desde inicios del siglo XVIII se movilizan y reclaman una necesaria reforma agraria que cambie la estructura de propiedad de la tierra, facilitándoles su acceso a ella.
 
    No fue hasta la llegada de los liberales ilustrados a mediados del siglo XVIII  y a proposiciones de gobierno, como las Pablo Olavide, desde Andalucía, y Gaspar Jovellanos, desde Asturias, en que empezaron a plantearse propuestas de modernización de la economía y de las estructuras sociales y agrarias, como los asentamientos de colonos en Sierra Morena, en Andalucía o la propuesta de Ley Agraria de Jovellanos de 1787, que contemplaba una mínima y necesaria ley de Reforma agraria, que fue rechazada por los sectores privilegiados e inmovilistas de la nobleza, la burguesía y la iglesia. Siendo además, ambos denunciados a la Inquisición.

    El siglo XIX y el primer tercio del siglo XX transcurre con revueltas obreras y campesinas reivindicando una necesaria y urgente reforma agraria, que no consigue verse plasmada en ley, hasta la proclamación de la II República. En septiembre de 1932, ve por fin la luz, de la mano del ministro progresista de Izquierda Republicana, Marcelino Domingo, la flamante Ley de Reforma Agraria, que gestionada por el recién creado Instituto de Reforma Agraria, genera un alto grado de ilusionadas expectativas entre los jornaleros y campesinos sin tierra.

    Pasado más de un año, con muy poco avanzado, gana las elecciones la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), que inicia cambios en la ley, boicoteando cualquier intento serio de llevarla a cabo. Después de la victoria en las urnas en febrero de 1936 del Frente Popular, el gobierno de izquierdas intentó activar de nuevo la ley. Como sabemos, en julio de 1936, se produce la sublevación militar de Franco. En la zona republicana, en ese año en que estalla la guerra, se precipita la aplicación de la paralizada ley, presionados por los sindicatos y los movimientos anarquistas. 

   En Zafarraya, el recién creado Comité Revolucionario decide aquel mismo año, iniciar los trámites de Reforma Agraria, creando una Oficina, dotada de los medios pertinentes y el correspondiente funcionario del IRA (Instituto de Reforma Agraria). 
   
    Y es aquí cuando entra en  escena  nuestro personaje peculiar de hoy:  Ramón el de Los Cristinos, alias. “Ramusco”, un elemento más pobre que las ánimas benditas, con un humor fino y socarrón, veterano jornalero y antiguo emigrantes “a Buenos Aires”, como tantos de su generación, que al momento de ser citado por la oficina del IRA, estaba próximo ya a su jubilación ( que no a cobrar su pensión, pues pocos la cobraban), y al ser interrogado por dicho agente, sobre sus necesidades y posibilidades de tierra a labrar. “Ramusco”, lo interpela socarrón, pero absolutamente en serio: -”mire usted, ya mismo cumpliré  los 65 años y me tendré que jubilar, sin ningún tipo de pensión. Y entonces yo le pregunto, ¿mi parte en tierra,no me la podrían dar en metálico?” - El agente sólo abrió mucho la boca y los ojos y no sabía si llorar o reír. De “Ramusco”, tampoco nadie pudo dar razón, porque lo dijo tan serio, que a ver quién averigua que no era sino otro  mordaz sarcasmo de los suyos. Con el tiempo, sólo quedó el dicho: -”¡mi parte en metálico!”. Y ahora…  ¡tú averigua!!

    Luego Franco ganó la guerra, y derogó la Ley de Reforma Agraria hasta la raíz. Y derogó la esperanza, por otros cuarenta años.

Radio Alhama en Internet - RAi

Vídeo didáctico-narrativo

 

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