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Las personas más felices

Hace unos días leí una sabia reflexión del afamado catedrático de la facultad de Harvard, Arthur Brooks, en la que afirmaba que “las personas más felices son las que nunca dejan de aprender, pero que no lo hacen por obligación o necesidad, sino impulsadas por una curiosidad genuina por comprender el mundo que las rodea”. 

   No solamente estoy totalmente de acuerdo con esta reflexión o postulado, sino que lo elevaría a la categoría de axioma, donde lo que se expone es tan cierto, que no necesita demostración. Propone que esto activa una emoción fundamental: el interés. Y éste es el estado emocional básico y relevante. Ayuda a combatir la apatía y la rutina. Y de ese interés, surgen niveles más vivos  de alegría  y una mayor  satisfacción. Y finalmente una garantía profunda  y estable de felicidad.

   Y no se refiere a la formación académica o profesional, que también, sino a estar permanentemente abierto al deseo de aprender cosas nuevas, de acceder a cualquier conocimiento, de sentir permanentemente una curiosidad infinita hacia todo lo que nos rodea. Porque estimular y satisfacer la curiosidad, contribuye directamente al bienestar personal y a la verdadera felicidad. 

Cierto que el logro de la felicidad puede tener otros requerimientos en los que deberemos fijar nuestros esfuerzos y cuidados: lograr un equilibrio y estabilidad emocional, familiar y económica. Disfrutar de una vida estable, no significa tener una vida sin cambios o ausente de algún  sobresalto, pero sí, poder gozar de unos mínimos dignos y razonables en vivienda, trabajo, salud, solvencia económica o convivencia familiar aceptable. Pero garantizadas mínimamente estas condiciones, sólo podremos acceder a la verdadera felicidad, si desarrollamos y cumplimos el presupuesto inicial de sentir una viva curiosidad por todo lo divino y lo humano. 

   Para mantener ese interés  y curiosidad por las cosas que nos rodean, debemos desterrar de nuestro comportamiento vital, la abulia, la dejadez y la pereza que impedirían la necesaria estabilidad  emocional, al anclarnos en el conformismo, la apatía y el abandono. 

   Los que son simplemente inocentes o inocentes simples, buscan y encuentran su felicidad en su propia simpleza. Y es justo y necesario que disfruten de ella, pero será siempre una felicidad límbica, en la que estará permanentemente ausente la apasionante complejidad de la verdadera felicidad. Otros, no menos simples, aunque en absoluto inocentes, buscan la felicidad en el dinero, la posesión de bienes materiales o en la autosatisfacción de su ego, por el poder o el prestigio profesional. No dejará de ser un nuevo Limbo que además de recortar y cercenar la potencialidad de la fantasía y creatividad humana propia, obstaculiza el desarrollo y disfrute de la felicidad de la inmensa mayoría. Nunca lograrán la auténtica satisfacción por ese camino, que seguro los llevará a la frustración continuada y a la insatisfacción permanente.

    Quizás lo más interesante en la búsqueda de la verdadera felicidad consista, en que siempre estamos a tiempo de reconquistarla o volver a disfrutarla, si temporalmente confundimos el camino. Todo consiste en poner nuestro reloj biológico y emocional en hora y estar disponibles y dispuestos a ensayar la experiencia que nos propone en su postulado este prestigioso pensador de la Universidad de Harvard, mister Brooks. 

   Podemos reencontrarlo en la tercera edad, donde responsabilidades y tareas anteriores nos impedían su búsqueda genuina y su disfrute y pueden descubrir el mismo camino, los jóvenes que inician vida, apenas acepten algunas premisas obligatorias como: potenciar su curiosidad e interés por el conocimiento de lo que los rodea y disciplinarse un poco contra la tendencia a la abulia, la dejadez y la pereza, tan característico de tantos  jóvenes de hoy. 

   Muy pronto celebraré mis primeros 81 años y sigo en la brega de reencontrar el camino de la felicidad y hasta creo que a veces lo consigo. Aún recuerdo como a mis siete años, cuando mi hermano mayor, y realmente mi padre putativo, “Emiliano”, intentaba a su manera darme una información veraz sobre las leyes de la evolución de Darwin, impaciente y entusiasmado a la vez, le recorté el tiempo de explicación, apremiando con que me respondiera sobre ¿quién era entonces la madre, de la madre, de la madre, de la madre, de la primera coneja? Después seguí ininterrumpidamente toda una vida haciendo preguntas a mi hermano, a mi madre, a mis maestros, a los viejos, a las estrellas, al cosmos, a la naturaleza, al río… Y cada respuesta agrandaba mi curiosidad y me ofrecía atisbos de esa felicidad.

   Luego tuve que hacer frente a obligaciones y compromisos familiares, políticos, profesionales, filiales, económicos y sociales, por lo que el objetivo de la felicidad propia se convertía en el reto de ir superando esos objetivos, que aún sin cumplirlos en todas las ocasiones, me permitieron el disfrute aceptable de una vida familiar plena y participar en la evolución progresiva de los objetivos sociales, políticos y económicos de nuestro entorno y del país. 

   Con mi jubilación real, después de cumplir sobradamente los 70 años, libre de aquellos compromisos, he recuperado el hábito de buscar la satisfacción y la felicidad, en la curiosidad infinita por todas las cosas que nos rodean. Bebo del agua vivificadora que ofrece la lectura de un buen libro, me reconforta escribir mis propias reflexiones y experiencias y sigo maravillándome y sorprendiéndome por cada nueva brizna de conocimiento que descubro cada día. Y soy aceptablemente feliz y me siento aceptablemente conforme con mi destino. 
        
   Y soy optimista con el futuro y me niego objetivamente a verlo tan negro como lo predicen los agoreros del sistema, porque creo en la humanidad, creo en la gente y sigo creyendo, pese a todo, en mí mismo.

Juanmiguel.

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