
Después de cincuenta años de casado (cuyo aniversario será el día 15 del próximo octubre) a veces tengo la sensación, de que me he perdido muchas anécdotas, vivencias y efemérides de la vida familiar, en el medio siglo de vida luchada y compartida con mi mujer.
He "puesto el huevo" en tantos sitios a la vez, (entendido como que siempre he estado compartiendo mi responsabilidad familiar con otras responsabilidades políticas y sociales, no vayamos a confundirlo con otros "ponederos"), sobre todo en nuestros primeros años de matrimonio que, ciertamente me han impedido, o al menos dificultado, una convivencia y una relación familiar plena y el disfrute como se merecía, de mis hijos y mi mujer. Dándose la paradoja cierta, aunque los hechos se empeñen en lo contrario, que considerándome un amante de la vida familiar ("a buenas horas, mangasverdes"), cariñoso, algo tímido, poco dado al aventurerismo, no excesivamente extrovertido, sedentario, ponderado, razonable y en el fondo, un poco burgués, aunque no me guste reconocerlo, por lo excepcional del momento histórico, porque tuve una toma de conciencia precoz o porque no éramos tantos y había muchos frentes que cubrir, desde el primer momento tuve claro, que la conquista de las libertades y la consecución de la democracia, no consistía sólo en el fin de la dictadura y la celebración de unas elecciones libres, sino que antes, en medio y después, había que trabajar duro en la concienciación de los valores democráticos, y la vertebración de todos y cada uno de los miembros de la sociedad, en la potenciación y participación en los movimientos sociales y en la gestión de los intereses públicos. Es el caso, que siempre encontraba justificación para dedicar más tiempo a la "movida" política, sindical, cultural, del movimiento cooperativo, organización para la comercialización (la llamada "guerra de las lechugas"), democratización escolar, asociación cultural, etc. que a mis obligaciones como padre de familia. En cuanto a la relación diaria de convivencia y crianza de mis hijos, que no a mis responsabilidades como cabeza de familia y sostén de la economía familiar con mi trabajo como agricultor autónomo, riguroso y constante. Pero si es verdad que muchas veces fui, lo que se dice, (y que por fortuna mi mujer no me lo reprochó nunca), "un excelente y eficaz "candil de puerta ajena". Otra cosa es que estuviera justificada mi actitud, por la necesidad y obligación social del momento, que requería hacerlo así. Está claro que yo sí me lo creía firmemente, aunque puede también que, en algo me "autoengañara" para autojustificarme.

Como he dicho antes, donde no falté nunca es en mis obligaciones profesionales como productor autónomo del campo, que una casa y cinco hijos, que fuimos trayendo al mundo, no se crían del aire; también, mi obligación de irles creando el hábito del trabajo, del esfuerzo y del estudio, así como el testimonio de los valores en los que siempre he creído.
Sucedieron las cosas de tal manera que, casado en 1972 como he dicho, en el mes de octubre, apenas iniciado el año siguiente, comienza una espiral de actividad política, desde el atentado de Carrero Blanco, que precipita el final de la dictadura y espolea la lucha por las libertades y la recuperación de la democracia. Y a partir de ahí, día sí, día no, reuniones, asambleas, viajes, participaciones en eventos de todo tipo, charlas, plataforma escolar, contactos con los incipientes sindicatos nacientes y partidos políticos democráticos etc., de manera que cuando muere el dictador, la izquierda en el pueblo, que ha perdido el miedo desde hace tiempo, es ya hegemónica para muchos años. Y en Zafarraya, una izquierda con bastante talla moral, ética, política, cultural, social, e ideológica que marcaría para siempre la impronta política en el pueblo.
Y en lo que respecta a mí, esa sería una situación y forma de actuar, casi permanente en los próximos treinta años, tras los que aflojé en mi actividad y en mis responsabilidades político - sociales, que irían asumiendo las nuevas generaciones. Mirado desde la perspectiva de hoy, de descrédito de la política y de "pasotismo" ideológico, quizás no se entienda la efervescente ilusión, fe y esperanza de aquellos irrepetibles años del final de la dictadura y la transición democrática.

Y en treinta largos años, hay tiempo para que se den situaciones más positivas y otras menos positivas, anécdotas felices y otras más desdichadas, errores y aciertos, disgustos y alegrías, disputas y reconciliaciones, momentos de excelente positividad y otros menos gratos de recordar, actitudes, gestos y detalles sublimes y otros que posiblemente serían menos edificantes. Y ahora me estoy refiriendo también, a mi vida familiar y a mi relación con mi mujer y compañera de toda la vida, Conchi. No quiero extenderme en alabanzas sobre mi mujer que, ciertamente creo que las merecería, pero que las voy a resumir con aquel refrán y referente que siempre escuché de Galeote, el para mí, entrañable marido de mi tía Candelaria: "es que le viene de "abenicio", ser bailarina" y a ella... pues eso, que le venía de "abenicio" ser sencilla, noble buena, abnegada, cariñosa, trabajadora como un firro", generosa, prudente, responsable, madraza, discreta, valiente, sensible, resiliente, animosa y...guapa, como su madre, la Concha de Juandes, aquella mujer (mi suegra), a la que sólo llegué a conocer más de cerca en el breve tiempo que transcurrió entre el inicio de mi relación con su hija y su muerte prematura con poco más de sesenta años, pero cuyo contacto me imprimió carácter, porque la recuerdo con el mismo cariño, devoción, gratitud y afecto, que a mi propia madre.
Puede que no sea más que autojustificación para sentirme aliviado de responsabilidades, pero siento que, tal vez fuera el "machismo rampante" de aquellos años, lo que hacía que se personalizara en el hombre (en nuestro caso, en mí mismo), el protagonismo profesional, el campo en mi caso o el protagonismo social y político y que de haber ocurrido hoy, posiblemente nuestra relación hubiera tenido características muy diferentes. Pero como "agua pasada no mueve molino", toca asumirlo.

Pero hoy también quiero rememorar, los momentos, logros, vicisitudes y anécdotas que también sufrimos y disfrutamos juntos en esta prolongada relación familiar.
Recuerdo con nostalgia y ternura, la primera vez que nos tomamos la licencia y libertad de irnos solos mi mujer y yo a la feria por la noche, dejando a los niños aleccionados y dormiditos, para que no molestaran en nuestra ausencia al abuelo. Al volver a las cuatro de la mañana, nos encontramos con que habían montado una pequeña discoteca doméstica y al abuelo "Juandes", al borde de un ataque de nervios, gritando histérico que se iba de "aquella casa de locos", para no volver nunca más. Se saldó con un día de huelga de hambre, como reivindicación del abuelo, contra su hija.
Todavía recuerdo con verdadera nostalgia y me sale aún, una sonrisa grande a la cara, cuando recuerdo cómo en una ocasión y realmente preocupados, asistíamos impotentes a una de las típicas crisis de apetito de los niños. Pero aquella fue generalizada, y de huelga total. Alarmados, acudimos a don Abel, el inefable y campechano médico sirio de aquellos años, que nos recetó un jarabe que según él, sería como el "bálsamo de Fierabrás", milagroso y radical y aseguraba sin dudarlo, que haría recuperar el apetito a los niños, y además lo tomarían muy bien, porque era una delicia para el paladar.
Animados, compramos el jarabe y le administramos su dosis a cada uno, que verdaderamente, les supo a gloria. Pero de comer, nada. -"Bueno, es lógico, dice mi mujer, "todavía no les habrá hecho efecto". En la segunda dosis, se pelean por conseguir los primeros el exquisito manjar!... ¡Tate!, ¡brillante idea!. -"¡el que no coma antes, no toma jarabe!". Oye, ¡hasta las piedras!. A la semana siguiente, me cruzo con el doctor, -"¿Qué, cómo ha ido el jarabe?" me inquiere. -"¡Fabuloso, don Abel, ahora se comen hasta las piedras!". _"¿Ves?, si es que no falla, ¡es tomarlo y a comer como limas!, exclama el galeno.
-"¡ No,no!. ¡Al revés! - le respondo, -"¡verá!... ¡El que no come, no pilla jarabe!. ¡Así es como funciona!. ¡Está tan bueno!...”. El doctor, incrédulo y ya en el paroxismo de la sorpresa, inquiere a gritos, más que pregunta -"¿¡Cómo, cómo, cómo!?". !Esto lo tengo yo que contar en una convención médica!”. Y se fue hacia la consulta entre histérico y muerto de risa, haciendo grandes aspavientos con las manos.

En esta otra anécdota, os cuento, cómo a pesar de las apariencias y los malos antecedentes, ejercí alguna vez de "amo de casa" con poderes plenipotenciarios.
Mi mujer, que siempre había ansiado tener el "certificado escolar", como graduación básica para cualquier grado posterior, aprovechó una campaña de radio Ecca, con apoyo físico y de personal cualificado en el pueblo, para desarrollarlo. No sé de dónde buscaría el tiempo para asistir diaria y puntualmente a las clases. Y aunque contó con mi ayuda y total apoyo, suyo fue el mérito, que al final, lo sacó con muy buena nota. Para festejarlo, las alumnas de toda la comarca que habían participado, organizaron unos días de turismo en Doñana y otras localidades del Poniente de Andalucía. Y como he dicho, me encontré con la oportunidad de ejercer de "amo de casa", por primera vez y a tiempo completo. Iba superando la prueba a diario y con nota. Y el último día organizo con los niños, un viaje a Loja, para recibirla.
Tempranito, preparamos la comida del mediodía: patatas con huevos y un puñadito de ajos tiernos, que a mi me pirran los ajitos así. ¡Y ahí empezó el desastre! El aceite demasiado "vivo" y que nadie me había advertido, que para echarlos al aceite, hay que hacerles un cortecito en la cáscara... Cuando los puse todos de golpe en el aceite, estallaron como un siquitraque, salpicando aceite incendiado, en todas las direcciones ¡y allí se lió "la de Troya!". Se prendió la sartén y ardieron las cortinillas del tiro de la chimenea, llenándolo todo de un humo espeso, espeso y picante. Los niños montaron una fiesta entre palmas y lloros, mientras yo, con una mano los iba arrojando de la cocina y con la otra, intentaba apagar el incendio. Entre gritos, chisporroteo y algazara, conseguí cerrar el butano, pero al intentar tapar la sartén, ésta vibró, despidiendo un chorro de incandescente aceite en dirección a mi cabeza. Y terminó todo como no podía ser de otra manera: el abrasador "lingotazo", chorreaba por la frente, nariz, barbilla, cuello, pecho, barriga y... menos mal que quedó ahí. ¡Quedé como un "Ecce Homo'.
Aún nos dio tiempo de terminar de preparar las patatas con huevos... ¡y ajos!, comer y escamondar, vestir y peinar a los cuatro interfectos (todavía faltaba la última, Candela) y a las niñas con sus correspondientes colitas, muy prietas y tirantes. Cogimos el coche, y a las seis, estábamos en la zona del Taxi de Loja, donde las alumnas de Zafarraya, tenían fijado el fin de viaje. Cuando mi mujer observó mis "heridas de guerra", alarmada, gritó: ¡Virgen del amor hermoso!... ¡pero, qué te has hecho, hombre de Dios! ¿Has ido a la guerra, o te has peleado con el gato?. Después de un beso y aclararle el caso, todos rieron y yo, a aguantarme. ¡Qué remedio!.

Intentamos educar a los hijos en el respeto a la naturaleza y a los animales, en coherencia con nuestros principios. Sin llegar a posiciones de "animalistas" radicales ni propuestas "veganas", lo cierto es que no nos salieron cazadores ni insensibles al maltrato animal. Pero tenemos que aceptar que en esta ocasión, nos falló el tacto y la coherencia. Unos meses antes, hacia finales de verano, María Gálvez, la "María de los Churros", les había regalado a los niños, un precioso patito de delicadas y brillantes plumas doradas, grises y negras. Durante dos largos meses, fue la delicia de sus juegos, en la adaptada como "granja", terraza exterior de la casa, con "jacuzzi" y piscina incluida, como residencia del patito. A primeros de diciembre, Nico, como fue bautizado, se había convertido en un hermoso, lozano y vigoroso pato que, preparado "a la naranja", podría hacer las delicias de cualquier familia en un opíparo y suculento almuerzo. Y eso es lo que tan nefastamente decidimos mi mujer y yo, con la aprobación también del otro comensal adulto, el abuelo "Juandes". El día de la inmaculada, 8 de diciembre, onomástica de mi mujer, al medio día, una apetitosa y humeante fuente de pato a la naranja, presidía la mesa, despidiendo unos vaporcillos y efluvios que, despertaban la más primitiva gula.
Y ahí nos caímos con todo el equipo y nos dimos cuenta que habíamos cometido la metedura de pata de nuestras vidas. Cuando mi mujer se disponía a repartir en los platos, las siete suculentas raciones (la Cande, aún andaba de biberones y papillas), de repente y a pleno pulmón, empezó a tronar un especial y horrísono orfeón donostiarra, desacoplado y destemplado, pero rotundo y desafiante, a cinco voces. "¡Qué llorera, madre mía!. Más la del abuelo, que se sumaba a las reivindicaciones de los niños: "¡quien ha visto matar al pato!". Resultado: ni el gato quiso probar un bocado del suculento pato con naranjas que, fue directamente a la basura y los demás a sufrir un larguísimo y triste día de ayuno y abstinencia.

Donde sí ejercía totalmente como padre, como "padrazo", diría yo, es en la fiesta de la ilusión, el día de fiesta por antonomasia de todos los niños: el Día de Reyes. ¡Mira que disfrutaban mis hijos el día de los Reyes Magos...! Pues era nada comparado con el derroche de emociones, fantasía, magia e ilusión desatada en los quince o veinte días anteriores a la fiesta. Cuentos, leyendas, visitas fingidas de los reyes en noches anteriores, preparación de paja y piensos para los camellos, y más y más y más…!! No renuncio a mis convicciones republicanas, pero que no me quiten la ilusión de los Reyes Magos…! Y estoy convencido, de que enseñar a soñar a los niños, es estimular las alas de su imaginación y eso, siempre es positivo. Yo sólo imagino hasta donde disfrutaban ellos, pero sé seguro hasta donde disfrutaba yo.
Mi última aventura como "amo de casa" con mando en plaza, ocurrió unos años después, ya en nuestra nueva casa de la Isla. Y esta vez, con pinche de cocina como ayudante, Tarik, un argelino que estuvo casi integrado en la familia durante año y pico. Nueva ausencia de la titular de la plaza y hay que preparar la comida para todos, que pronto saldrán los niños de la escuela. Y claro, nosotros a nuestras recurrentes y prosaicas patatas con huevos, que es la única variedad culinaria que dominamos los "machitos machistas" de los años ochenta, con alguna garantía. Y con los ajos, ya no teníamos problema, ni con la sartén, ni... Ya estábamos más modernizados y en la cocina disponíamos de una estupenda freidora que hacía las prestaciones de la sartén, pero con total garantía. Ponemos la freidora y mientras se calienta el aceite, vamos cortando y preparando las patatas y los ajos, ¡con su "rajita"!, que ya era yo un experto. -"¡Huele a plástico quemado!", me interpela Tarik. ¡De repente un chorro de aceite humeante se desparrama por toda la hornilla!... ¡Yo juraría que en el bar de Juandes, siempre había visto la freidora puesta sobre el fuego de la hornilla, pero claro..., ¡nadie me había advertido de que ésta era más moderna y eléctrica y nosotros ( vamos, yo), la habíamos puesto a toda hornilla de butano y en el fuego grande!. Hoy nos podemos reír, pero entonces... ¡casi lloro!. Y a mi mujer tampoco le hizo demasiada gracia, aunque me lo perdonó pronto.
¡ Me había perdonado ya tantas cosas!... Aunque tampoco tuvo que perdonarme nunca una infidelidad o alguna juerga licenciosa; que mis faltas y sus quejas estuvieron siempre más ligadas a que me absorbía más tiempo libre (fuera de las horas de trabajo), mi activismo político y social que, el dedicado a mi familia. O sea, lo de "candil de puerta ajena".

Pero en lo que respecta a mis dotes culinarias y domésticas, es que también "me viene de abenicio ser bailarín", porque más "negado" que yo, para estas faenas y confundir ungüentos, aceites o detergentes domésticos, sólo estaba Emiliano, mi hermano mayor y mi padre. ¿Os acordáis del relato del fairy y las burbujas, cuando en ausencia de la Tere, mojaba todas las mañanas las sopas del desayuno en el oleaginoso detergente?. ¡Bueno, pues lo superé en el esperpéntico resultado de confundir "el culo con las témporas". Pero eso no os lo voy a contar, que luego de seguro, os vais a cachondear de mí!. Pero bueno... ¡ya puestos!.
Para poder reírnos alguna vez de un chasco ajeno, es necesario primero, aprender a reírnos de nosotros mismos. Así que con ese ánimo, me animo a contaros el que sigue.
Por un estreñimiento prolongado, llegué un día a la casa, con un insoportable ataque de hemorroides, las recurrentes y prosaicas "almorranas", con un dolor insoportable y zozobrante. Mi mujer, al verme en aquel estado, me recomienda de urgencia: -"sube al cuarto de baño y en el cajón del mueble, verás un bote de crema de color azul que, seguro te aliviará el dolor". Subí como pude, abrí el cajón del mueblecito y allí estaba la benéfica crema. Deposité un buen "lingotazo" en la mano y ávidamente, lo extendí en mi trasero. ¡Qué alivio, Señor, cómo refresca y reconforta!.
No habían pasado ni tres minutos, cuando de repente, de pronto, de súbito y sin previo aviso, arrancando de golpe en la cuarta marcha, con toda la potencia, un dolor indescriptible, irritante, agudísimo, tremendo, como si alguien con una rasqueta de papel de lija gruesa y un escoplo de afilados clavos, pretendiera sacarme las entrañas, por "salva sea la parte". Ante mi estado, deciden rápidamente llamar al médico de guardia que, en cinco minutos se planta en mi casa y que para más escarnio, era médica, doctora. Con un "¡tierra trágame!" por mi parte, me hace reclinarme sobre las escaleras que ascienden al piso superior de mi casa y me hace bajar los pantalones. Al momento detecté como un hipar de risa contenida que, me llevó ya al paroxismo del cabreo y la vergüenza. Pero la doctora sólo me dijo: "¡aprieta los dientes con fuerza!", al tiempo que daba un seco y rotundo tironazo, que me arrancó de golpe y juntas, las entrañas y lo que las acompañara. Ya no fue un grito, ni un aullido, ni alarido, sino un "gramido" inhumano, animalesco, que resonó en toda la calle de la Isla, mucho más estridente y estentóreo que, el del mismísimo hombre lobo.
-"¡Ya está!. !Y ten cuidado, la próxima vez, mira bien que no confundas más el tubo de la Crema Famos con el de la crema depilatoria. Puede ser muy peligroso!", sentenciaba la doctora, mientras todos me mostraban sus impolutas campanillas, muertos de risa.
¡Venga, ya lo he contado!, pero que sepáis que desde ahora, me veo legitimado para reírme de cualquier cosa graciosa que os pase. Además, es muy sano que todos hagamos alguna vez el ridículo, si no, podemos caer en la tentación de creernos importantes.
Son todas estas aventuras vividas juntos, al lado de otras que ya conté y a las miles de anécdotas menores de la convivencia cotidiana, las que han creado este vínculo profundo, sincero y sereno, a prueba de cualquier eventual desajuste del presente y del futuro.
Juanmiguel.
Vídeo didáctico-narrativo
