Adiós a Juan Gutiérrez

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     Hacía meses que no sabía nada de él. Habíamos hablado por teléfono un día a mitad de otoño y quedado en que iría a visitarle en primavera. Pero Juan estaba bastante peor de lo que yo imaginaba. Una fuerte bronquitis lo tuvo hospitalizado más de un mes durante el verano pasado y desde entonces necesitaba de asistencia respiratoria.

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     Hacía pocos años que tanto él como María habían abandonado la casita de Banat donde les conocí, metida entre las montañas que rodean Tarascón sur Ariège, para mudarse a su otra casa de Crampagna, un pueblito del valle cercano a Foix, donde acaban las montañas y hace menos frío, más cerca del hospital y de sus hijas.

     Llevaba tiempo queriendo llamarles, por saludarles el año nuevo y por saber como se encontraban. Una costumbre que, con interrupciones, formaba parte de mi vida desde que me crucé con ellos por vez primera hace diez años, y que tanto Juan como María apreciaban mucho. Pero esta vez tardé demasiado y cuando les llamé este sábado 31 de enero, su hija Emilia me dijo que venían de enterrar a Juan. Murió el pasado jueves 29 de enero, a las 12 horas. Se le paró el corazón mientras escribía en el ordenador, en una habitación rodeado de sus libros y poemas, de dibujos y fotos de su Andalucía querida.

     Juan Gutiérrez Arenas ha muerto con 84 años, iba a cumplir 85 el doce de abril. El mayor de los tres hijos de Lucas Gutiérrez López, aquel chófer socialista de Alhama de Granada fusilado en las tapias del cementerio de la capital granadina en 1941, fue una persona que dedicó los últimos años de su vida a dar a conocer su historia, la de su familia y la de su pueblo. Consciente de haberlo perdido casi todo tras la derrota de 1939, la vida de Juan y la de su familia estuvo marcada por la lucha contra la miseria a la que fueron condenados todos aquellos que se habían organizado para desafiar al injusto orden social dominante en la comarca de Alhama durante la II República, y que además osaron plantar cara al golpe de Estado fascista en el verano de 1936. Juntos vivieron la experiencia de la guerra, la revolución y las colectividades en Alhama de Granada y en otros puntos del sudeste andaluz. Cuando dos años más tarde volvieron al pueblo, tras haber salido huyendo junto a media población de las tropas franquistas el invierno de 1937, dejaron a su padre detenido en la cárcel de Baza y empezaron a comprender las dimensiones de la derrota y del castigo con que les obsequiaría el nuevo régimen los siguientes años.

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     Tuvo que esperar a la mayoría de edad para dejar atrás aquel mundo de hambre, enfermedades, ignorancia y trabajos mal pagados, de violencia contra la gente de la Sierra y miedo a recordar el pasado reciente y así fue como llegó a Valencia en 1952, para descubrir que la vida allí seguía siendo tan miserable y oscura como en su pueblo. En 1957 se montó en un tren y se fue para Francia, donde fijó su residencia el resto de su vida y a donde le siguió María un año más tarde desde su Sagunto natal donde se habían conocido. Juan tenía entonces 27 años y una capacidad maravillosa para hacer amigos y para aprender, algo que mantuvo toda su vida. Aprendió el oficio de albañil, aprendió el francés, la apicultura, la medicina natural y, sobre todo, aprendió la historia de su padre y de los hombres y mujeres de la generación que perdió la guerra y la revolución. Esa historia se la contaron los refugiados catalanes, aragoneses y andaluces que llevaban ya décadas en Francia y que descubrieron en Juan lo que no veían en muchos otros emigrantes españoles en la Francia de finales de los cincuenta: su rebeldía y su hambre por saber.

     Juan se vinculó instintivamente al exilio libertario del Ariège, a sus redes de ayuda mutua y a sus encuentros y reuniones, sobre todo en aquellas celebraciones de cada 19 de julio, cuando miles de refugiados llenaban autobuses para ir a Toulousse a conmemorar el aniversario de la revolución española. Participó en la creación de asociaciones culturales como la “Federico García Lorca” en Tarascón y en innumerables iniciativas sociales y culturales en la comarca del Ariège. Era una persona muy querida y no perdía la ocasión de asistir junto a su inseparable María, a cualquier evento que se realizara en la zona para recordar la guerra civil española, el exilio o la resistencia antifascista, con sus poemas y sus largas intervenciones, donde denunciaba una y otra vez que las cosas en España no habían cambiado nada tras la muerte de Franco y que ahora tenemos un nuevo régimen.

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    Canto a Andalucía

    Nosotros los andaluces
    desde lejos te lloramos
    y siempre te recordamos
    y a tu sol, que allí reluce.

    Pues si un día abandonamos
    a esa tierra en que nacimos,
    desde lejos te añoramos
    con lágrimas y suspiros.

    Allí nos dejemos amigos
    amigos de nuestra infancia,
    y amores que se han ido,
    y perdido en la distancia.

    Los amores que nacieron
    allí, en nuestra adolescencia,
    y que por ser los primeros,
    en la vejez se recuerdan.

    En aquella "hermosa tierra"
    de la cual un día volamos,
    por culpa de la miseria,
    fuera de ella nos encontramos.

     

     Les recuerdo, por eso, cenando sopa y pan con queso al amor de la lumbre en alguna de mis visitas, mientras veíamos el Canal Sur vía satélite en la casita de Banat, y comentábamos lo mal que están las cosas en el Sur, pero lo importante que es saber defender la dignidad humana, reconocer las señales de resistencia y no darse por vencidos.

     Era una persona cargada de amor y rabia por su tierra y por su gente, pero sobre todo lo recuerdo como una persona enamorada de la vida, de la literatura, la poesía, el baile, el humor, la amistad, la naturaleza, de los animales y del campo, cultivando una pequeña parcela cedida por el cura al lado de la iglesia de Banat, paseando con sus cabras por las afueras del pueblo, mientras recordaba en voz alta los inviernos de la Sierra Tejeda y recitaba poemas y refranes, chistes y anécdotas antiguas de las gentes de su pueblo, de Alhama de Granada.

     Así era mi amigo Juan, así lo recuerdo y lo seguiré recordando.

     Salud y alegría compañero, allí donde estés.

     Seguimos, Juan.

     Enrique Tudela

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    Enrique Tudela, autor de este escrito.

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