Los 178, un lugar donde vivir

Aurora, a sus noventa y un años, enfrenta el desahucio de su hogar de siempre. Una historia sobre la vulnerabilidad, la dignidad y la pérdida ante la indiferencia de los números.

Los 178, un lugar donde vivir

A Aurora le habían dicho que tenía noventa y un años.
Ella estaba convencida de que tenía 85; cosas de su leve Alzheimer y que era muy coqueta.
Los otros seis los llevaba encima.
No sabía exactamente dónde.
Quizá en las rodillas.
Quizá en las manos.
Quizá en las mañanas en las que tardaba unos minutos más en levantarse de la cama.
Vivía sola en un tercero sin ascensor desde hacía cuarenta y tres años.
El piso tenía dos habitaciones, una cocina pequeña y un balcón desde el que se veía una parte de la ciudad.
Aurora no tenía hijos.
Tampoco hermanos.
Su marido había muerto hacía diecisiete años y, desde entonces, su familia había sido una colección de vecinos.
Don Julián, el del segundo.
Marisa, la panadera.
El chico de la farmacia.
La señora del quiosco.
Y Tomás, el gato gris que aparecía algunas tardes en su balcón sin que nadie hubiera conseguido averiguar de quién era.
Aurora decía que Tomás era suyo.
Tomás nunca había confirmado aquella afirmación.
Una mañana llegó una carta.
Aurora la abrió con las gafas puestas.
La leyó.
Luego volvió a leerla.
Después llamó a Julián.
—Julián.
—¿Qué?
—Creo que me quieren echar.
Hubo silencio.
—¿De tu casa?
Aurora miró alrededor.
—No. Del supermercado.
—Aurora...
—Sí. De mi casa.
Julián tardó unos segundos en responder.
—Voy para allá.

Dos días después, Aurora estaba sentada frente a una trabajadora social.
La mujer era joven.
Tenía treinta y pocos años.
Llevaba una carpeta azul.
—¿Tiene familiares?
—No.
—¿Hijos?
—No.
—¿Alguna persona que pueda acogerla?
Aurora pensó en Julián.
Pensó en su piso de cuarenta y cinco metros cuadrados.
Pensó en su pensión.
—No.
La trabajadora social bajó los ojos hacia la carpeta.
—Vamos a intentar buscar una solución.
Aurora sonrió.
—¿Qué clase de solución?
—Un recurso residencial.
—¿Es una casa?
La mujer dudó.
—No exactamente.
—Entonces no es una solución.
La trabajadora social levantó la mirada.
Aurora no estaba enfadada.
Eso era lo peor.
Estaba cansada.

La noche del 1 de octubre, Aurora encendió la televisión.
Hablaban del Congreso.
Hablaban de vivienda.
Hablaban de dos decretos que iban a votarse al día siguiente.
El presentador explicó que uno de ellos incluía medidas de protección frente a determinados desahucios de personas vulnerables sin alternativa habitacional. 
Aurora miró la pantalla.
—¿Vulnerable?
Julián estaba sentado a su lado.
—Eso dicen.
—¿Yo soy vulnerable?
Julián la miró.
—Tienes noventa y un años.
—Noventa.
—Noventa y uno.
—Bueno.
Aurora se encogió de hombros.
—Entonces supongo que sí.
En la televisión aparecieron imágenes de personas acampadas.
Gente con pancartas.
Gente gritando.
Gente pidiendo una vivienda.
Julián subió el volumen.
—Mañana votan.
Aurora preguntó:
—¿Y si votan que sí?
—Quizá ganemos tiempo.
—¿Y después?
Julián no respondió.
Aurora volvió a mirar la pantalla.
Mientras una telaraña de recuerdos invadió su memoria.

El 2 de octubre, Aurora se levantó temprano.
Se puso su vestido azul.
El bueno.
El que había llevado al entierro de su marido.
Julián llamó a las nueve.
—¿Has desayunado?
—Sí.
—¿Qué has tomado?
—Café.
—¿Y?
—Otro café.
—Eso no es desayunar.
—A mi edad ya no necesito tantas cosas.
Julián llegó con una bolsa de pan.
—Hoy no te vas a preocupar.
—¿Por qué?
—Porque van a votar.
Aurora lo miró.
—Precisamente por eso estoy preocupada.

A mediodía comenzó la votación.
Aurora estaba delante de la televisión.
Julián, a su lado.
Tomás dormía en el sofá.
El presentador hablaba de mayorías.
Aurora no entendía demasiado de mayorías.
Sabía contar.
Había trabajado muchos años en una tienda.
Pero no entendía cómo podía haber una mayoría de personas que estuvieran de acuerdo en que una cosa era necesaria y, al mismo tiempo, una mayoría distinta capaz de impedirla.
—¿Cuántos son? —preguntó.
—Los diputados.
—No.
Señaló la pantalla.
—¿Cuántos han dicho que sí?
Julián miró el teléfono.
—Ciento setenta y dos.
—¿Y no?
—Ciento setenta y ocho.
Aurora permaneció callada.
—Seis —dijo finalmente.
—¿Qué?
—Hay seis de diferencia.
Julián asintió.
Aurora miró sus manos.
—Seis personas.
—Sí.
—Seis personas pueden cambiar lo que pasa en una casa.
Julián no dijo nada.
Aurora volvió a mirar la televisión.
—Es curioso.
—¿El qué?
—Que para echar a una persona de su casa hace falta menos gente que para construirle una.

Aquella tarde se habló mucho.
El Gobierno defendió los decretos.
La oposición explicó sus motivos para rechazarlos.
Unos dijeron que las medidas no resolvían el problema.
Otros dijeron que eran necesarias para proteger a las personas vulnerables.
Otros hablaron de propiedad.
Otros, de alquiler.
Otros, de mercado.
Otros, de seguridad jurídica.
Y otros, de justicia social.
Las posiciones de los distintos grupos fueron públicas y quedaron recogidas durante la sesión parlamentaria. El primer decreto terminó con 172 votos favorables y 178 contrarios; el segundo, con 166 favorables y 184 contrarios. 
Aurora escuchaba.
Después apagó la televisión.
—¿Ya está?
—Ya está —dijo Julián.
—¿Y ahora?
Julián miró hacia la ventana.
—Ahora habrá que ver.
Aurora asintió.
—Siempre hay que ver.

Al día siguiente llegó el hombre del juzgado.
Con él venían diez policías y un cerrajero.
También estaba la trabajadora social.
La misma de la carpeta azul.
Aurora abrió la puerta.
—Buenos días.
—Buenos días, señora.
El hombre miró sus papeles.
—¿Es usted Aurora García?
—Sí.
—Venimos a ejecutar el lanzamiento.
Aurora miró al cerrajero.
—¿Usted es el que cambia las cerraduras?
—Sí.
—¿Sabe que esta cerradura la puso mi marido?
El hombre negó con la cabeza.
—No.
—La puso él.
Aurora sonrió.
—Le costó bastante.
El cerrajero no supo qué decir.
El que parecía el jefe de policía miró al suelo.
La trabajadora social cerró los ojos durante un instante.
Entonces Aurora preguntó:
—¿Puedo llevarme la puerta?
Nadie entendió la pregunta.
—Es que ha estado conmigo cuarenta y tres años —explicó.

Bajaron las escaleras.
Aurora llevaba una bolsa.
Dentro había una fotografía.
Un jersey.
Sus medicamentos.
Y una llave.
La última.
Julián estaba abajo.
—Ven conmigo.
Aurora lo miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tú no tienes sitio.
—Ya encontraremos sitio.
—No.
Aurora le puso una mano en el brazo.
—No quiero que mi casa se convierta también en tu problema.
Julián comenzó a llorar.
Aurora le dio un beso en la mejilla.
—No llores.
—¿Qué voy a hacer?
—Seguir.
—¿Y tú?
Aurora miró hacia arriba.
Hacia la ventana de su tercer piso.
—Yo también.
Pero no sabía cómo.

Durante las semanas siguientes Aurora pasó por tres lugares.
Un piso de emergencia.
Una habitación compartida.
Y finalmente una residencia.
En la residencia había camas limpias.
Comida caliente.
Una televisión.
Y treinta y siete personas que habían llegado allí después de perder algo.
Uno había perdido la casa.
Otra, a su marido.
Otro, la memoria.
Otra, el trabajo.
Aurora descubrió algo:
la pobreza no siempre se parece a la pobreza.
A veces tiene noventa y un años.
A veces tiene una pensión.
A veces lleva un vestido azul.
A veces conserva una llave de una casa que ya no existe para ella.
Y casi siempre aprende a decir:
«Estoy bien».
Aunque no lo esté.

Una noche, Aurora preguntó a la cuidadora:
—¿Tú tienes casa?
—Sí.
—¿Es tuya?
La chica sonrió.
—Alquilada.
Aurora asintió.
—Entonces también estás esperando.
—¿Esperando qué?
Aurora miró hacia la ventana.
—Que alguien decida cuánto vale que sigas dentro.
La chica no contestó.
Porque, por primera vez, había entendido que Aurora no estaba hablando solamente de ella.

Aurora murió tres meses después.
No hubo nadie en la habitación.
A las seis y cuarto de la mañana, la cuidadora entró para despertarla.
Aurora estaba quieta.
Sobre la mesilla había una fotografía de su marido.
Y una llave.
La cuidadora cogió la llave.
No sabía qué abría.
Preguntó a Julián. A quien había llamado cuando encontró la carta manuscrita en un cajón de su mesita.
Julián lo supo inmediatamente.
—Su casa.
—¿La conservaba?
—No.
—Entonces, ¿para qué la quería?
Julián miró la llave durante un largo rato.
—Porque algunas personas necesitan conservar una llave para recordar que alguna vez hubo una puerta que era suya.

El día del entierro llovió.
Fueron siete personas.
Julián.
La cuidadora.
Dos antiguas vecinas.
Marisa, la panadera.
El hombre de la farmacia.
Y una mujer que nadie conocía.
La mujer se acercó a Julián.
—¿Era Aurora?
—Sí.
—Yo no la conocía.
—Entonces, ¿por qué has venido?
La mujer señaló la llave.
Julián la llevaba en la mano.
—Porque yo también estoy esperando mi desahucio.
Nadie dijo nada.
Y quizá entonces comprendieron todos lo que Aurora había sabido desde el principio.
Que aquello nunca había sido solamente su historia.
Que no había sido una anciana.
Ni una casa.
Ni una cerradura.
Ni siquiera una votación.
Era una sociedad entera intentando decidir cuánto sufrimiento podía soportar antes de considerar que ya era demasiado.
Julián cerró la mano alrededor de la llave.
Y por primera vez desde que conocía a Aurora entendió por qué ella nunca había querido tirarla.
No era la llave de una casa.
Era la llave de una pregunta.
¿Cuántas personas tienen que quedarse sin hogar para que una sociedad comprenda que el problema no está en las personas que pierden su casa, sino en una sociedad que ha aprendido a llamarlo “un procedimiento”?
La lluvia siguió cayendo.
Y, en algún lugar de la ciudad, alguien estaba cambiando una cerradura.
Otra vez.

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