
Había una vez un pueblo pequeño, tendido entre las montañas como una semilla que el viento hubiera olvidado.

Sus casas eran sencillas. Sus calles, estrechas. En la plaza había una fuente y, frente a ella, el Ayuntamiento, un edificio antiguo que parecía observar en silencio la vida de quienes entraban y salían de sus puertas.
En aquel pueblo todos se conocían.
Sabían quién había nacido allí, quién se había marchado, quién había vuelto y quién había perdido demasiado en algún invierno.
Y cuando un hombre regresaba después de muchos años, no necesitaba decir quién era.
El pueblo decía por él:
—Es uno de los nuestros.
Y en aquellas palabras había cariño.
Pero también había una trampa.
Porque los hombres solemos confundir conocer el pasado de alguien con conocer su corazón.
Un día, uno de los hombres del pueblo decidió presentarse para alcalde.
Había nacido allí.
Su padre había trabajado con las manos y su madre había ayudado a muchos vecinos cuando las cosas se ponían difíciles.
Él había jugado en aquellas calles cuando era niño, había bebido del mismo pozo y había sufrido las mismas sequías que los demás.
Cuando anunció su candidatura, muchos dijeron:
—Es uno de los nuestros.
Y él supo que aquellas palabras podían llevarlo hasta el Ayuntamiento.
Así que subió a la plaza y habló.
—No vengo de tierras lejanas —dijo—. Mis pies conocen estas calles. Mi infancia está enterrada bajo estas piedras. He vivido vuestros problemas porque son también los míos.
Habló de los jóvenes que se marchaban.
De las calles que necesitaban arreglarse.
De la escuela.
De los mayores.
Del trabajo.
Y finalmente dijo:
—Dadme vuestra confianza y haré de nuestro pueblo un lugar mejor.
Fue elegido.

Durante los primeros meses, el alcalde siguió siendo el hombre que todos conocían.
Caminaba por la plaza.
Tomaba café con los vecinos.
Preguntaba por los hijos de las mujeres.
Se detenía a hablar con los agricultores.
Y cuando alguien le pedía algo, respondía:
—No os preocupéis. Lo solucionaremos.
Pero el poder es como el agua profunda.
Desde la orilla parece tranquila.
Solo cuando uno se adentra en ella descubre cuánto puede arrastrarlo.
Pasaron los meses.
Las calles continuaron rotas.
Las obras prometidas no terminaban.
Los jóvenes seguían marchándose.
Y un día, un vecino se acercó al alcalde.
—¿Qué pasó con lo que prometiste?
El alcalde respondió:
—Las cosas son más complicadas de lo que parecen.
—Pero dijiste que lo harías.
—Estoy haciendo todo lo posible.
Otro vecino preguntó:
—¿Cuándo veremos los resultados?
El alcalde se molestó.
—¿Es que ya no confiáis en mí?
Algunos dejaron de preguntar.
No porque estuvieran satisfechos.
Sino porque les resultaba incómodo cuestionar a alguien que conocían desde niño.
—Es un buen hombre —decían.
—Siempre lo ha sido.
—Su padre era honrado.
—Su madre ayudó a todos.
Y así comenzaron a defender al hombre que recordaban mientras el hombre que gobernaba comenzaba a ser otro.
Hasta que, una tarde, una anciana se levantó en medio de la plaza.
Lo hizo despacio.
Apoyó primero las manos sobre el bastón.
Después, con un pequeño esfuerzo, enderezó la espalda.
Nadie dijo nada.
El murmullo de la plaza se fue apagando poco a poco, como si el aire mismo hubiera decidido guardar silencio.
Había vivido más inviernos que cualquiera de los que estaban allí.
Había visto marcharse a hombres.
Había visto llegar a otros.
Había aprendido que el tiempo no siempre responde a las preguntas, pero termina dejando al descubierto las mentiras.
Y también sabia algo más:
que la verdad no necesita levantar la voz para hacerse escuchar.
Se llamaba Elena.
Levantó la mirada.
Al otro lado de la plaza estaba el alcalde.
Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.
Elena lo observó.
No al hombre que era ahora.
Sino al niño que había sido.
Entonces dijo, con una voz baja, pero firme:
—Yo te conozco.
El alcalde sonrió.
Una sonrisa breve.
Casi cansada.
—Lo sé, Elena.
Ella dio un pequeño paso hacia él.
—Conozco al niño que fuiste.
El alcalde bajó la mirada por un instante.
Después volvió a mirarla.
Asintió lentamente.
—Conocí a tu padre —continuó Elena.
El silencio volvió a caer sobre la plaza.
—Lo sé —respondió él.
Ella respiró hondo.
Como si estuviera reuniendo dentro de sí muchos años de recuerdos.
—Y sé que tu madre era una mujer extraordinaria.
El alcalde permaneció inmóvil.
Por primera vez, su sonrisa desapareció.
Sus ojos se humedecieron apenas.
Y durante un instante, bajo la mirada de toda la plaza, dejó de ser el alcalde.
Volvió a ser solamente aquel niño.
El niño que Elena todavía podía ver.
Entonces Elena señaló el Ayuntamiento.
—Pero no conozco al hombre que está sentado allí.
El alcalde dejó de sonreír.
—Soy yo.
—No —respondió la anciana—. Ese es precisamente el problema.
La plaza quedó en silencio.
—El hombre que yo conocí podía equivocarse y solo tenía que hacerse responsable de sus propios errores.
Señaló el edificio.
—Ahora tus errores afectan a todo el pueblo.
El alcalde frunció el ceño.
—Pero sigo siendo el mismo.
—No —dijo Elena—. Antes eras nuestro vecino. Ahora eres nuestro gobernante.
—¿Y qué diferencia hay?
La anciana lo miró.
—Antes te mirábamos como a un hombre.
Hizo una pausa.
—Después de elegirte empezamos a mirarte como si fueras una respuesta.
Nadie habló.
—Y cuando uno cree que otro tiene todas las respuestas, poco a poco deja de hacerse preguntas.
El alcalde preguntó:
—Pero yo quiero el bien del pueblo.
—Lo creo —respondió Elena.
—Entonces, ¿por qué dudas de mí?
La anciana miró hacia las montañas.
—Porque querer el bien no basta.
El alcalde permaneció callado.
—También hay hombres que aman mucho el fuego —continuó ella— y, sin embargo, terminan quemando su casa.
Algunos vecinos bajaron la mirada.
Entonces Elena dijo:
—Antes te mirábamos como a un hombre. Después de elegirte empezamos a mirarte como a alguien que debía saber qué hacer por todos.
El alcalde preguntó:
—¿Y qué hicimos mal?
Un hombre del fondo protestó:
—Pero nosotros confiamos en él.
Elena sonrió.
—Confiar no significa cerrar los ojos.
Aquella frase quedó suspendida sobre la plaza.
Como una campana después de haber sido golpeada.
Desde aquel día comenzaron las preguntas.
—¿Por qué?
—¿Cuánto costó?
—¿Quién decidió?
—¿Cuándo se hará?
—¿Dónde está el dinero?
Y cada pregunta era pequeña.
Pero muchas preguntas juntas son como muchas gotas de lluvia:
terminan abriendo la tierra más dura.
Al principio, el alcalde se enfadó.
No levantó la voz.
Todavía no.
Pero su rostro cambió.
La mandíbula se le tensó.
Sus ojos se endurecieron.
Y miró a Elena como si, por primera vez, aquella anciana hubiera dejado de ser una voz del pasado para convertirse en una amenaza.
—No podéis cuestionarlo todo.
Elena permaneció quieta.
Lo miró durante unos segundos.
Después, muy despacio, negó con la cabeza.
—Podemos.
El alcalde frunció el ceño.
—¿Por qué?
Elena dio un pequeño paso hacia él.
El bastón golpeó suavemente las piedras de la plaza.
Una vez.
Y otra.
Entonces levantó la mirada.
—Porque el poder que te dimos...
Hizo una pausa.
El silencio se extendió entre ellos.
—...sigue siendo nuestro.
El alcalde no respondió.
Por un instante, pareció buscar una respuesta.
Pero no la encontró.
Guardó silencio.
Y aquel silencio fue más elocuente que cualquier discurso.
Poco después, empezó a ocurrir algo peor.
Al sentirse cuestionado, el alcalde dejó de defender sus decisiones.
Y comenzó a buscar culpables.
Primero fueron unos pocos.
Después fueron muchos.
—El problema son ellos —decía.
Y entonces levantaba la mano.
Despacio.
Como si necesitara que todos mirasen primero antes de señalar.
Extendía un dedo.
Señalaba.
—Son ellos los que quieren destruirnos.
Después dejaba caer la mano.
Y durante un instante no decía nada.
No hacía falta.
La frase quedaba suspendida en el aire, creciendo entre nosotros, buscando un lugar donde quedarse.
A partir de entonces, cualquiera que hiciera un reproche, cualquiera que se atreviera siquiera a poner una duda sobre la mesa, dejaba de ser alguien que discrepaba.
Ya no era un vecino.
Ni un compañero.
Ni uno de los nuestros.
Era un enemigo.
Al principio, algunos dudaron.
Después, otros comenzaron a asentir.
Y, poco a poco, las miradas cambiaron.
Ya no se miraban unos a otros como vecinos.
Empezaron a mirarse como enemigos.
El hermano discutió con el hermano.
El vecino con el vecino.
El amigo con el amigo.
Una palabra llevó a otra.
Una acusación respondió a otra.
Y cada discusión fue abriendo una grieta.
Una grieta pequeña al principio.
Casi invisible.
Pero que, con el tiempo, se hizo más profunda.
Mientras tanto...
El alcalde observaba.
No intervenía.
No necesitaba hacerlo.
Mientras unos señalaban a otros...
Mientras el pueblo se partía lentamente en dos...
Y mientras todos discutían sobre quién tenía la culpa, el poder permanecía sentado tranquilamente en su silla.
Hasta que Elena volvió a levantarse.
—¿Quién eligió al alcalde? —preguntó.
Todos levantaron la mano.
—¿Quién le entregó el poder?
Todos volvieron a levantarla.
La anciana hizo una última pregunta:
—¿Y quién le entregó también vuestra capacidad de pensar?
Nadie levantó la mano.
Elena sonrió.
El alcalde se acercó.
—Entonces, ¿no soy responsable de lo que ocurre?
—Eres responsable de gobernar —respondió ella.
Después miró al pueblo.
—Y ellos son responsables de no olvidar que el poder que te dieron sigue siendo suyo.
El alcalde preguntó:
—¿Qué debo hacer entonces?
—Gobierna.
—¿Y ellos?
—Que despierten.
Aquella noche el alcalde no pudo dormir.
Miró desde su ventana la plaza vacía.
El Ayuntamiento permanecía oscuro.
Fue entonces cuando comprendió algo que nunca había alcanzado a entender cuándo comenzó su campaña.
Aquello que entonces confundía con poder no era más que una responsabilidad.
Y aquello que creía que lo hacía más grande no hacía sino mostrar quién era realmente.
Había creído que el poder hacía grande a un hombre.
Ahora sabía que no era así.
El poder no engrandece.
Tampoco empequeñece.
Simplemente revela.

Muestra quién eras cuando nadie te miraba y quién decides ser cuando, por fin, todos te obedecen.
Porque un hombre no se vuelve grande por tener poder.
Se vuelve grande cuando, teniéndolo, recuerda que nunca dejó de pertenecer a los demás.
El poder no hace grande a un hombre.
Solo hace más grandes sus virtudes cuando las tiene y más visibles sus defectos cuando no las tiene.
Pasaron los años.
El pueblo no se volvió perfecto.
Ningún pueblo lo es.
Volvieron a equivocarse.
Eligieron bien algunas veces y mal otras.
Hubo nuevos alcaldes.
Algunos fueron honestos.
Otros no tanto.
Pero algo había cambiado para siempre.
Ya nadie decía:
—Es uno de los nuestros.
como si aquella frase fuera suficiente.
Ahora, cuando alguien decía:
—Es uno de los nuestros.
Elena, ya muy anciana, respondía:
—Precisamente por eso debemos pedirle cuentas.
Porque ser del pueblo no convierte a nadie en dueño del pueblo.
Conocer a una persona desde niño no significa conocer cómo usará el poder.
Amar a alguien no significa justificar sus errores.
Y confiar no significa dejar de mirar.
Un día, uno de los jóvenes preguntó a Elena:
—Entonces, ¿en quién debemos confiar?
La anciana sonrió.
—En nadie ciegamente.
El joven se sorprendió.
—¿En nadie?
—Puedes confiar en una persona —dijo ella—, pero nunca debes entregarle tu conciencia.
—¿Y qué debemos hacer?
Elena señaló la plaza.
—Elegir.
Después señaló el Ayuntamiento.
—Vigilar.
Y finalmente señaló su propia cabeza.
—Pensar.
El joven sonrió.
—¿Eso es suficiente para ser libres?
La anciana miró las montañas.
—No.
—¿Entonces?
—Es lo necesario para no dejar de serlo.
Y aquella fue la última lección que dejó al pueblo.
Enseñanza final
Un pueblo no pierde su libertad el día en que elige mal a un gobernante.
La pierde el día en que deja de preguntarle.
Porque elegir a alguien para que nos represente no significa entregarle nuestra voluntad.
Confiar no significa obedecer.
Admirar no significa justificar.
Y pertenecer al mismo pueblo no convierte a nadie en dueño de la verdad.
El poder no pertenece a quien lo recibe.
Pertenece a quienes, por un tiempo, deciden ponerlo en sus manos.
Por eso, quizá la verdadera libertad no consista en encontrar al gobernante perfecto.
Quizá consista en que ningún gobernante pueda convencernos de que ya no necesitamos pensar.
Porque un pueblo que piensa puede equivocarse.
Un pueblo que pregunta puede equivocarse.
Un pueblo que elige puede equivocarse.
Pero mientras conserve el valor de mirar, preguntar y volver a elegir,
nunca tendrá que arrodillarse ante su propio error.

Vídeo didáctico-narrativo
Comentarios