Featured

Economía y autoconsumo en nuestros pueblos en los años 50

Juanmiguel Ortigosa nos invita a viajar a los años cincuenta y sesenta para recuperar la memoria de la vida cotidiana en El Llano: una época marcada por la escasez, el autoconsumo y el trueque, pero también por las costumbres, los personajes populares y las pequeñas historias que forman parte de nuestra identidad. Un testimonio entrañable de cómo la transformación agrícola y la llegada de nuevos hábitos cambiaron para siempre la vida de nuestros pueblos.

La generación bisagra: testigos de dos sociedades

 Cuando hace tiempo decía en un relato que, a las personas entre los 65 y los 80 años, se nos puede considerar como «la generación bisagra», no creo que andara muy equivocado porque efectivamente, sin pertenecer de lleno a la generación que le tocó vivir las terribles consecuencias de la posguerra, con su hambruna, represión política y revanchismos personales, austeridad total en usos y costumbres y ajustado alineamiento con los postulados morales y éticos del nacional catolicismo, sí que nos acercamos plenamente en nuestras vivencias y recuerdos a aquella realidad de la que podemos dar testimonio directo.

 Y sin que se nos pueda considerar plenamente contemporáneos de las nuevas generaciones que surgen en España, de las libertades, la post- verdad y las nuevas tecnologías, sí que servimos de conexión y enlace entre estas dos sociedades, estas dos realidades tan diferentes entre formas y modos de vida, económicas, de consumo, de sacrificio y de auto exigencia. Y por eso mismo, porque sin sufrir todas las circunstancias negativas de aquella época, ni disfrutar plenamente de las posibilidades de ésta, pero ejerciendo vida plena en las dos, creo que estamos legitimados para decir como era aquella sociedad a las generaciones actuales, gozando de suficiente credibilidad y sin que se nos considere desde una supuesta vocación de «abuelo cebolleta», que cuenta las historias y batallitas retro de nuestra época.

2. Una economía de subsistencia: vivir de lo propio y comprar lo imprescindible

 En el pueblo y en El Llano, como en tantos pueblos de la España rural sobre todo, se vivía una economía de autoconsumo, subsistencia y trueque, donde el dinero era casi un bien desconocido y que se usaba estrictamente para completar la dieta comprando los escasos productos que no daba nuestra limitada economía agrícola y ganadera: aceite, sal, especies, azúcar, miel de caña, café, bacalao y algún pescado o almejas, así como alguna fruta del tiempo que no se daba en la zona (uvas, naranjas y poco más) además de algunos bienes de equipo, vestido y calzado. Eso sí, a un atuendo por año y ya ibas bien... y casi siempre para la feria de septiembre. En el calzado, las botas o zapatos de Julio Minino o Cristóbal, para los varones y los «machuchitos» zapatos de Segarra (un suplicio de sobaduras) para las mujeres y eso cada dos o tres años.

 Y ahí terminaban los «impust» de aquella sociedad rural, porque el resto era autoconsumo puro y duro y en el que, como después veremos, se daba incluso el trueque, como en la época del medioevo.

 Así, en una casa tipo de campesino con algunas tierras propias o en arrendamiento, como colono, se autoabastecía de: trigo para elaborar su propio pan, garbanzos y lentejas para el puchero (la olla) y el potaje diarios, la leche de la cabra o cabras propias, los huevos de las gallinas del corral y todos los productos de la matanza anual, elaborados de uno o varios cerdos, previamente cebados en la propia casa durante unos meses con cereales propios, y según número y poder económico de la familia que, suponía el grueso del abastecimiento de viandas comestibles para todo el año, acompañada de la mínima dieta de carne propia proveniente de algún choto al año de la cabra, algún gallo o gallina vieja, con la que se preparaba puntualmente un arroz, pepitoria o estofado con patatas, algún conejo casero de los criados con hierba en el propio corral o la procedente de alguna caza semifurtiva, junto a algunos frutos secos de temporada (nueces, castañas, almendras o bellotas), y alguna hortaliza habitual en la zona en aquella época, rábanos lechugas, cebollas acelgas, ajos... así como alguna fruta de temporada como membrillos, manzanas, uvas negras o miel de colmenas propias.

3. El pan, rey absoluto de la alimentación y la economía

 Como el rey absoluto de aquella dieta de autoconsumo y subsistencia, estaba el pan. Ya conocemos el dicho que predice: «donde hay harina, no hay mohina» y como hemos dicho, casi todo su proceso de elaboración, se realizaba al trueque: la conversión del trigo en harina en los molinos de la zona, se pagaba con «maquila», una pequeña cantidad del trigo a moler, se le entregaba previamente al molinero, como pago por el servicio.

 Luego se elaboraba el pan en la casa, amasando la harina y añadiéndole la levadura que, no era más que un trozo de masa fermentada ya, del anterior amasado y se llevaba a los hornos de «poya» (con «y») que entonces no era una grosería, sino una especie de «maquila», una porción de masa, que cobraba el hornero por el servicio de cocción, aunque en aquel tiempo ya, la mayoría de la gente pagaba una pequeña cantidad de dinero por este concepto.

 Fueron hornos de «poya» los de la Clemencia del Horno, Pepe Hornero o el de La Lucía. Estas hornadas de pan, se solían elaborar en cantidad suficiente para diez o quince días; se transportaba al horno en tableros de madera, con quince o veinte piezas.

 Porque otra «norma» de economía de aquellos años, que se seguía a rajatabla en la zona era, no comer nunca el pan del día, porque no saciaba, por lo que para alimentarse, había que comer el doble de pan. Esta norma la regulaba «con rango de ley», el refrán muy usado entonces: «comer el pan del día, es llamar a la ruina».

 Yo diría que lo de que no alimentaba como el de varios días era, porque el pan recién hecho está tan suculento que, te zampabas un pan de una sentada, y no te saciabas, pero alimentar, ya ves si alimentaba...!. Lo que sí era cierto, era lo de la ruina, porque te zampabas la hornada tú solito en tres días.

 En torno al pan, el bien más preciado de aquellos años (y creo que de siempre) se movía una abundante actividad económica en el pueblo: tres o cuatro hornos de «poya» y otros dos de elaboración y venta de pan (el mastrén de Cayetano y el horno del Molino). Además de prestar servicios de «poya», los servidores del horno y del obrador, los leñadores que acarreaban a diario leña y aulagas para calentar el horno, etc.

 Pero además, había familias que sin ser titulares de horno, elaboraban pan en su casa con métodos artesanales, que luego llevaban a los hornos de «poya» y posteriormente ponían a la venta al público en su propia casa. Así, La Chinala, que además repartía por las viviendas del pueblo; la Concha de Juan Luis, la Julia de Roperillo, la «Ropera Vieja», la Eugenia de Pedro Nieto, entre otras, que yo recuerdo.

4. Del puchero a las migas: una cocina de aprovechamiento

 Al pan le seguía en importancia dietética, las leguminosas (garbanzos, lentejas y judías) para el puchero que se cocía a diario en la «pava» y algún potaje de entre semana.

 Y todo se complementaba y casi se completaba con los productos de la matanza: hueso añejo y tocino, para la olla (el puchero o cocido), algún chorizo para aderezar el potaje; morcilla, asadurilla y chicharros, para acompañar en el desayuno y manteca y torreznos de la papada del cerdo, para elaborar tortas, rosquillos y mantecados y para hacer y acompañar a las migas, que junto a las gachas, con miel y «coscurrones» de pan frito, (donde se pudiera), eran otros platos habituales en la dieta.

 En las migas, ya desde los tiempos de la Reconquista, se daban dos variantes: las migas cristianas, en las que el pan se freía con manteca y se acompañaba con torreznos y chorizo del cerdo (que en su origen era para alardear de principios cristianos y anti musulmanes), y las migas moriscas, elaboradas con aceite de oliva, y acompañadas de sardinas o bacalao asado al fuego, al tener restringidos los productos del cerdo. Ambas variantes se acompañan para aliviar su sequedad, con melón, granada o naranja.

5. Tiendas, vendedores ambulantes y el bullicio de la plaza

 Evidentemente, había productos de primera necesidad que había que adquirir con dinero en la tienda o a vendedores de «al por mayor», como el aceite, sal o vinagre que, se solía comprar en cantidades mayores, para abaratar los costos y conseguir mejores precios. Así, el aceite en pellejos de quince o veinte litros (arroba y media, aprox.) el vinagre, también en pellejos o damajuanas de cinco o diez litros o la sal en saquitos de diez Klgs, y avalada también esta compra, por la ley del refrán: «comprar "por unto", es comer de balde».

 El café-café, que se compraba siempre en pequeñas dosis, porque era muy caro y el café de cebada que sí se compraba con largueza, para darle color a la infusión mínima de café, pero obviamente, no más sabor, aunque luego los cafeteros de «quiero y no puedo» más avezados, decían: «es que el café solo, está demasiado fuerte y revolviéndose el de cebada le da un toque especial de aroma y más suave». Pero algunos cafeteros como Galeote, el marido de Candelaria, «que quería y podía», insistía machaconamente: «el café bueno se hace con café y más café».

 Son los años de los vendedores ambulantes por antonomasia: decenas de «berceros» de la costa se instalaban por las mañanas en la plaza de España para vender sus mercancías, transportadas en mulo o borrico y consistentes en dos o tres banastas de uvas, naranjas, chumbos y algunas verduras, cebolletas y poco más, que competían en el bullicio de aquella plaza de entonces, desde las ocho de la mañana, con los jornaleros esperando ser contratados, los «pescaeros», el puesto de melones, al aire libre y algún charlatán o timador de turno, de los que solían caer por El Llano de vez en cuando.

 Por las calles y plazas, paseaban sus carros de mano o canastas con mercancías, los vendedores ambulantes de productos locales de norias y huertas primitivas del Llano.

 Recuerdo a Bolaños y Matacibiles, los inefables berceros que, diariamente venían desde Ventas, con su carro-plataforma, cargado de vituallas de huerta de algunas norias de pueblo vecino; la Lucía de la Noria, con productos de la noria de su padre, el entrañable y bondadoso «Eromo»; Joseico Monilla y su mujer Matirboni, dos santos laicos, con verduras de la noria de «Villarral» o López el de «la teta gorda», porteador de tableros de pan, rosquillos y mantecados a los hornos de «poya», o pregonando el pescado por calles y plazas o vendiendo caramelos con su lata de carne de membrillo, con aquel entrañable pregón de: «¡López el de la teta gorda, vendo caramelos a perra gorda!».

 Vendedoras de ropa, como la María «la China», o María «la Herrerilla» que, paseaban el Llano, andando, con el bulto de ropa a cuestas.

6. El hambre y la escasez: cuando hasta una botella era un tesoro

 Fueron los durísimos tiempos de la escasez, que ya se prolongaba en demasía para los más pobres, cuando medio pueblo mendigaba diariamente al otro medio: «un poquito de pan por Dios», que recibía la casi generalizada respuesta de «perdona por Dios».

 Era el tiempo de la absoluta escasez, no sólo de productos de primera necesidad que no daba el terreno, como el aceite, sino también, hasta de la ausencia de envases domésticos adecuados para su compra y guarda, como botellas, damajuanas, aceiteras de latón, etc., como ilustra esta anécdota sufrida por una persona muy querida y recordada en el pueblo, Carmen la «Baldomera», hija de «Mayorao» y Carmen de «La Collá» y mujer de «Baldoma»:

 Habiendo mandado a su hijo Miguel, muchacho inocente y algo simple, pero bondadoso y bueno, a comprar aceite a la tienda de Candelaria, al niño, se le «fue el santo al cielo» y con sus juegos rompió la botella de cristal que llevaba para llenar, antes de llegar a la tienda.

 Avisada la madre, ésta monta un pequeño drama con lloros y quejas al enterarse de la suerte de la botella. Una vecina, aplicando un razonamiento lógico le dice:

 — Pero Carmen, dale gracias a Dios que la botella estaba vacía todavía, lo peor hubiera sido que hubieras perdido el aceite.

 A lo que incontinente, le responde Carmen:

 — ¡Claro, por eso lloro, porque si sólo se hubiera derramado el aceite, podría reponerlo, pero... ¡de dónde apaño yo otra botella de cristal para ir a por más aceite! ¡Qué mala suerte tengo!

 Y es verídico...

7. Los churreteros: la leche de cabra puerta a puerta

 Lentamente fuimos mejorando en el consumo y la leche, los huevos y otros productos, ya no eran exclusivamente de crianza propia, sino que se adquirían de criaderos profesionales y ganadería especializada.

 Una estampa típica en las calles del pueblo en aquellos años, la componían los «churreteros», vendedores ambulantes de la leche de cabra que, iban por las calles con su hato de ganado, ordeñando sus cabras delante de la clientela, en su propia puerta.

 Así no había sospecha de que la leche estuviera «cristianizada», pero claro, como reza nuestro dicho, «en el despacho va la ganancia» y la leche iba sin agua, eso seguro, pero también es seguro que, al ordeñar con tanto ímpetu y energía, y con tan «sana intención», el cuartillo de la medida se llenaba 3/4 de leche y 1/4 de espuma. Y es que en asuntos de medida, siempre se ha dicho que, «lo que no va en lágrimas, va en suspiros».

 El primer «churretero» que recuerdo vendiendo leche con ese sistema, fue Manuel «Fantasías», represaliado de la posguerra, como Félix Herrero, que ante su marginación como trabajador por cuenta ajena por los patronos del pueblo, creó su propia cabaña de cabras lecheras, por cierto las más hermosas que recuerdo y se dedicó a la venta de su leche, callejeando en busca de clientes.

 Algo después, recuerdo a Joseillo «El Perlas», durante muchos años, antes de dedicarse al mundo del transporte. Unos años después, aparece Pepito «La Vera», que quizás llegara a ser el más representativo del sector. Mientras, Julio Eliseillo, «Balletas», y Julio «La Pura», operaban por la parte noroccidental del pueblo.

8. La revolución del regadío y el cambio de vida en El Llano

 Mediados los sesenta, los acontecimientos y la vida, evolucionaron rápidamente. Terminados los años del proteccionismo a los precios agrícolas, especialmente al cereal, se provoca la crisis y ruina del sector cerealista en El Llano, imposibilitado de reaccionar por su carácter minifundista y poco competitivo ni apto para la mecanización.

 Parte del sector, atina a evolucionar hacia la transformación al regadío, iniciándose en todo El Llano una revolución económica, laboral, agrícola, de hábitos, dietética, cultural y de visualización y empoderamiento de la mujer que, inicia su incorporación masiva al trabajo de la huerta.

 También como he dicho, evolucionan los hábitos dietéticos y se inicia el consumo de verduras y hortalizas, antes casi ausente de nuestras dietas y se va abandonando el monopolio del puchero diario, subiendo el consumo de carne y huevos.

9. Los pequeños lujos de una nueva prosperidad

 El incipiente dinero que empieza a aflorar de la nueva actividad de la huerta, va a democratizar hábitos y costumbres y que toda la gente tenga acceso al disfrute de los pequeños lujos que hasta entonces estaban reservados a algunos más privilegiados y así poder gozar de: «Lili», con su canasta de cacahuetes, entre las mesas de los bares y tabernas o Muñoz (Espinillo) repartiendo con su batea, fijada al portamantas de su «bici», piononos, herreduras, tacos de cena, merengues o tortas de bizcocho, los inolvidables dulces de la Dulcería Local y completar el panorama en verano, con los siempre anhelados y refrescantes helados de «Las Catalinas» con sus «bombonas» de «helado mantecado» o de Joseillo Lebrija, con su carrito, pregonando y vendiendo su helado por las aceras, en las calurosas tardes del estío.

10. Adiós al pan casero: nuevas costumbres y más consumo

 Se va abandonando el hábito del pan amasado en las casas y cocido en los hornos de «poya».

 Ahora el pan se compra en las tiendas o se canjea trigo en las tahonas por vales de unidades de pan, porque la mujer tiene menos tiempo para las tareas domésticas, por su incorporación al trabajo remunerado de la huerta.

 Aunque las matanzas familiares y tradicionales siguen siendo la base de la dieta, ésta se amplía y diversifica en nuestros pueblos.

 La leche, aún muy lejos del «tetrabrik», los batidos lácteos o los «danones» (yogurt) se adquiere ahora en las vaquerías del pueblo, con lechera de plástico y exenta de espuma, aunque ahora podías tener la duda de si sería mora o cristiana, como si no fuera suficiente garantía el personal que la servía: Antonio el de Leandrico y su mujer, Eugenia; Antonio el de la Tapia y Julia y Manuel Palique y Carmen «La Porteña», junto a algún otro más, como Rafalillo «Esulca», Paco «El Calabrés», Antonio Rando o Joseillo «El Yico», garantizaron el suministro de leche al pueblo durante casi dos décadas.

11. Los semaneros: comprar a plazos y pagar también en especie

 También en esa época, aunque ya venían desde principios de la década anterior, mediados de los cincuenta y hasta bien entrados los ochenta, teníamos nuestros especiales y particulares «chinos» que, nos ofrecían y para pagar en cómodos plazos, todos los útiles, muebles, aparatos y manufacturas, sobre todo ropa, que pudiéramos necesitar o desear: los «Semaneros».

 Éstos, lo mismo te podían facilitar una chaqueta, como una mantelería, para la niña que se casa pronto, unos pantalones de pana, un reloj de pulsera, una sartén o unas sillas de anea.

 Cuando en 1957, la cosecha récord de cereales, hizo saltar la contención salarial que, en la siega llegó también a récord histórico, triplicando el valor de los salarios, provocó el que todos los jornaleros que se vieron con unos ahorrillos extra, participaran de la fiebre de querer tener un reloj de pulsera.

 Los «semaneros», aquel año se pusieron las botas encargando relojes para su nueva clientela. Desde ese año, se acabaron los abusos de algunos propietarios, de meter «los diez minutillos de "cuelo"», al final de la jornada.

 Llegada la hora en punto, ya había dos o tres jornaleros de la cuadrilla señalando con el dedo tieso sobre la esfera de su flamante reloj y repicando nerviosos, cual si fueran pájaros carpinteros.

 Esto posiblemente inspiró a nuestro ingenioso e inigualable, Manuel Canario «El Viejo», a crear la sentencia autóctona: «el que quiera saber la hora que es, que se meta un "probe" en el bolsillo». Aludiendo a que a partir de ese año en las cuadrillas de trabajo, en cuanto pasaba un segundo del horario de jornada, varios jornaleros a la vez, reclamaban «la hora» al dueño.

 Era una forma de compra-venta tan especial, que a veces adquiría la forma de trueque, porque los «semaneros», como su nombre indica, una vez asentado el artículo de encargo a nombre del cliente en el libro de semanería, pasaba una vez a la semana por su domicilio, para cobrarle la cuota prefijada, con la particularidad de que esta cuota a veces, podía pagarse en especies: huevos, queso, un gallo o choto, una cierta cantidad de cereal o de leguminosas, etc.

 Desempeñaron un papel importante en la economía social y en el acceso a los bienes de consumo de las capas más modestas de la población.

 En aquellos años detentaron semanerías muy populares, entre otros, Joseillo la Eulalia y su hermano Luis, Rafalillo Migueleo, Felipillo o Antonio «El Semanero».

 Emigrantes nuestros del Llano a otras zonas de España, también crearon sus propias «semanerías» en esas regiones, con voluminosos libros de clientes, que le permitieron hacer una pequeña fortuna. Así, los hermanos «Calorinos», Rafael y Emilio, junto a Miguel Carloto, en Plasencia; Paco el de Miguelico y Pepe el de Las Delicias, en Galicia, Paco Millona en Cuéllar, Segovia; Eduardo Santos, hijo de Salvador, en Barcelona y muchos otros que no recuerdo.

 Las «semanerías» en El Llano, más o menos murieron con Franco, aunque parezca una paradójica coincidencia, dado que todos fueron unos señalados antifranquistas.

12. De los plátanos de Canarias a la televisión: el fin de las distancias

 Mucho antes, llegarían al Llano los primeros plátanos, que el vendedor desde su furgoneta, pregonaba como «¡plátanos de Canorias!» (de Canarias, sería también el «menda»), cuyo recuerdo aún nos saca una sonrisa.

 Y cambiamos de «chino» para surtirnos de los más variados artículos, con el inefable y entrañable Antonio «Huevos Gordos», que nunca quedó claro, ni siquiera para él, si era por los hermosísimos huevos de selección de granja que traía o porque alguna ama de casa de la clientela, furtivamente en la playa le hubiera visto los atributos a aquel santo varón.

 La televisión, como ventana virtual al mundo, fue aminorando la brecha entre el mundo rural y el urbano. Los intercambios y relaciones reales se intensificaron, hasta casi anular las diferencias.

 Después vendrían los años del consumismo, las libertades, las nuevas tecnologías y la globalización total. Y desaparecieron definitivamente las barreras.

Juanmiguel Ortigosa Palma.

Radio Alhama en Internet - RAi

Vídeo didáctico-narrativo

 

Comentarios