El eco de las mujeres silenciadas

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    Antonio Ramos presenta en Granada 'Andaluzas, protagonistas a su pesar', donde recupera la vida de cerca de setenta mujeres marcadas "por el sacrificio, la abnegación y el negro de lutos acumulados".

     Palmira Noguera dormía a su hijo cantándole La Internacional. Encarnación Olmedo era monja, se casó con un cura obrero y organizó la asociación de vecinos del Polígono de Cartuja. Natividad Bullejos, mujer de un líder sindical que estaba en la cárcel un día sí y otro también, se encerró en la Catedral a mediados de los setenta protestando por el paro. Son las tres heroínas anónimas que acompañaron ayer a Antonio Ramos Espejo (Alhama de Granada, 1943) en la presentación de Andaluzas, protagonistas a su pesar, un tratado de personas silenciadas por la Historia que escriben los vencedores, perdedoras al fin y al cabo. "Las cerca de setenta mujeres de las que hablo en el libro tuvieron que sacar el valor y el coraje de donde pudieron para afrontar una realidad que les era totalmente adversa", explica el periodista y escritor.

     Una de ellas fue la madre de Antonio Machado, Ana Ruiz, que se vio envuelta en la Guerra Civil acompañando a su hijo, "una mujer paciente que se acaba convirtiendo en el sostén de Machado". Una sombra negra como las mujeres de Casas Viejas. "Mataron a sus hombres y ellas se quedaron solo con el luto", cuenta.

    También aparece por Andaluzas, protagonistas a su pesar la mujer de Blas Infante. "Cuando lo fusilaron se quedó sola con cuatro hijos y tuvo incluso que afrontar dos años después el embargo de la casa donde vivía". Y tuvo los arrestos y el valor de conservar los símbolos, guardar la bandera... ¿Pagan estas mujeres las heroicidades de sus hombres? "Claro", responde Ramos Espejo. "Es como el caso de las madres del Caso Almería, que con su valor y su coraje lograron sentar en el banquillo a los criminales".


    Ramos Espejo junto a Palmira Noguera, Encarnación Olmedo y Natividad Bullejos 

     El libro toma como punto de partida la vinculación de la escritora inglesa Virginia Woolf con Andalucía. A partir de ahí, Ramos Espejo construye una obra en la que recupera los testimonios de las mujeres que han pasado por sus reportajes a lo largo de su carrera periodística, trazando un puente con las andaluzas que Woolf conoció en sus visitas a España. En su primer viaje, una anciana vestida de luto riguroso que portaba un cuenco de leche de cabra le provocó la sensación de estar ante una especie de bruja de los cuentos populares. "Ella se asustó pero siguió visitando la Alpujarra, hospedándose las últimas veces en la casa de Gerald Brenan, y poco a poco fue dulcificando su imagen de la mujer andaluza", relata. De alguna manera, Woolf se equipara con ellas cuando en la Guerra Civil, su sobrino más querido se enrola con los brigadistas y le pegan un tiro en el frente. "En ese momento ella entra en crisis, entiende qué es la guerra y se convierte en una andaluza más, se viste de luto, se encierra en casa y acaba suicidándose voluntariamente". La vida de Virgina Woolf le sirve a Ramos Espejo para recuperar la vida de mujeres alpujarreñas como Juliana, la amante de Brenan, "una heroína a su pesar porque fue violada por el escritor y vivió una odisea personal". Después pega un salto temático para hablar de las "lorquianas" y de las "marianas". Entre las primeras están la madre del poeta, doña Vicenta, Isabel García Lorca y Angelina Cordobilla, que fue la mujer que le llevó la comida al autor de Poeta en Nueva York cuando fue detenido. Ramos Espejo la entrevistó en 1975, haciendo memoria histórica cuando no existían aún esa expresión. Luego aparecen las mujeres a las que Lorca retrató en sus obras, como Francisca Cañadas, que es Paca la Coja de Bodas de Sangre. "En su caso es la esclavitud de la mujer, se escapa con su amante y la familia la tiene después prácticamente secuestrada en un cortijo, como una mujer pecadora".

     En cuanto a las 'marianas', el libro traza el perfil de Matilde Cantos, "a la que descubrí cuando vino del exilio diciendo que tenía un certificado de pobreza", recuerda el autor. "Pero acabó siendo reconocida y apoyada por sus compañeros socialistas". También aparece Sor Clara, la monja del 28 de febrero, que envió una carta al entonces presidente de la Junta de Andalucía, Rafael Escuredo, felicitándole por la aprobación de la autonomía.

     En resumen, mujeres marcadas "por el sacrificio, la abnegación y el negro de lutos acumulados". Mujeres de gritos silenciados que ahora encuentran eco en el libro de Ramos Espejo.

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