
Sombras de la República: la historia de Alejandro Pérez Martín y su familia en Jayena”: Una historia de José Gutiérrez Jiménez

Este relato se enmarca en uno de los periodos más convulsos de la historia contemporánea de España: la Segunda República, la Guerra Civil y la dura posguerra. A través de la memoria de una familia de Jayena, este capítulo reconstruye no solo los hechos históricos ocurridos entre los años 1931 y 1942, sino también el impacto humano que la violencia política, la represión y la división ideológica dejaron en la vida cotidiana de los pueblos rurales.
Más allá de los grandes acontecimientos, esta historia se adentra en la experiencia de sus protagonistas: jornaleros, autoridades locales y vecinos atrapados en un contexto de enfrentamiento creciente, donde las decisiones políticas nacionales se traducían en conflictos personales, denuncias, persecuciones y rupturas familiares irreparables.
El objetivo de este relato no es solo narrar lo sucedido, sino también preservar la memoria de quienes vivieron aquellos años desde la incertidumbre, el miedo y la pérdida. Una historia local que, sin embargo, refleja de forma universal el drama de una guerra que marcó a generaciones enteras. ( Intro: de Jesús Pérez Peregrina)
Tras el final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1930, España inició una nueva etapa política que desembocó en la proclamación de la Segunda República Española el 14 de abril de 1931. Este régimen democrático se mantuvo hasta el 1 de abril de 1939, fecha en la que concluyó la Guerra Civil Española y comenzó la posterior dictadura de Francisco Franco.
Pocos días antes de la proclamación republicana, el 12 de abril de 1931, se celebraron elecciones municipales en toda España. También en el pequeño municipio granadino de Jayena. En aquellos comicios resultó vencedor el Partido Socialista, encabezado por el vecino del pueblo Alejandro Pérez Martín, quien se convirtió en alcalde en los primeros años de la nueva etapa republicana.
Alejandro Pérez Martín había nacido en Jayena en 1875. Era padre de tres hijos: María, nacida en 1894; Antonio, nacido en 1903; y Manuel, el menor, que vino al mundo en 1911. Como tantas otras familias de la época, la suya vivía profundamente vinculada a la vida social y política del pueblo, en unos años marcados por la esperanza de cambios, pero también por fuertes tensiones sociales.
La situación social en el campo andaluz seguía siendo extremadamente difícil. En 1934 el Centro Obrero Socialista convocó en Jayena una huelga en protesta por las duras condiciones de vida de los trabajadores del campo. Entre los participantes se encontraban Antonio Pérez Maldonado, hijo del alcalde, y otro vecino del pueblo, Demetrio Espadas Orihuela. Ambos eran dirigentes de la Unión General de Trabajadores (UGT) en Jayena y en la comarca.
Sin embargo, la huelga tuvo escaso seguimiento. El fuerte dominio que los terratenientes ejercían sobre los jornaleros dificultaba cualquier intento de movilización. Muchos trabajadores temían perder el poco sustento que tenían si participaban en las protestas. Aun así, aquella convocatoria formaba parte de una huelga más amplia que se extendió por toda la provincia de Granada, motivada por la grave precariedad que sufría el campo andaluz.
En 1935 la situación en Jayena se volvió aún más dura, especialmente para los jornaleros. Los salarios descendieron, el paro aumentó y la carestía de los productos básicos se hizo cada vez más evidente. A ello se sumaban las estrictas medidas de control ejercidas por la Guardia Civil. Entre la población más humilde la pobreza era cada vez más visible. Se decía en el pueblo que un pan podía llegar a costar lo mismo que el jornal que un trabajador ganaba tras una jornada completa de trabajo.
Paradójicamente, el término municipal de Jayena contaba con unas 17.000 fanegas de terreno fértil. Sus tierras estaban regadas por el arroyo de Turillas y por los ríos Chico y Grande, lo que las hacía especialmente productivas. Sin embargo, la mayor parte de estas tierras se encontraba en manos de unos pocos terratenientes que concentraban el poder económico del municipio. Mientras tanto, la mayoría de los vecinos, especialmente los jornaleros, sobrevivían en condiciones de extrema dificultad.
En este clima de tensiones social

Alejandro y su familia son perseguidos (continuación)
Tras la caída de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en 1930, España inició un periodo de profundos cambios políticos y sociales que desembocó en la proclamación de la Segunda República Española el 14 de abril de 1931. Aquel nuevo régimen democrático despertó grandes esperanzas entre las clases trabajadoras, especialmente en el mundo rural, donde la pobreza y el paro castigaban duramente a miles de familias.
Uno de los primeros intentos del nuevo gobierno por aliviar la situación del campo fue el Decreto de Términos Municipales, aprobado el 20 de abril de 1931. Aquella norma obligaba a los patronos a emplear preferentemente a los jornaleros que residían en el mismo municipio donde se realizaban las tareas agrícolas. Popularmente, esta medida pasó a conocerse como “la ley de términos”.
La ley pretendía combatir el paro agrícola que asolaba gran parte del país. En aquellos años, el desempleo en el campo era devastador. Muchas familias apenas podían sobrevivir. El jornalero trabajaba cuando encontraba trabajo, de sol a sol, y aun así el salario rara vez alcanzaba para alimentar a toda la familia. La penuria y el hambre formaban parte de la vida cotidiana de muchos hogares campesinos.
En Jayena, acostumbrado a vivir del trabajo del campo y del ganado, la aplicación de aquella ley dio lugar a la creación de un comité obrero encargado de vigilar su cumplimiento. El comité estaba encabezado por Dimetrio Espadas y Antonio Perez hijo de Alejandro, quienes asumieron la responsabilidad de defender los derechos de los jornaleros del pueblo.
Los miembros del comité recorrían con frecuencia el término municipal para inspeccionar las tierras y comprobar qué labores agrícolas eran necesarias en cada finca. Observaban si los campos estaban abandonados, si era tiempo de arar o de sembrar, o si las tierras necesitaban ser trabajadas.
Cuando detectaban que una propiedad permanecía sin cultivar o requería labores agrícolas, los dirigentes del comité se desplazaban hasta la casa de los terratenientes para informarles de la situación. En nombre de los trabajadores del pueblo, instaban a los propietarios a poner las tierras en cultivo y a contratar a los jornaleros locales para realizar esas tareas, siempre con el correspondiente pago del jornal.
Para muchas familias de Jayena, aquella labor de vigilancia significaba la posibilidad de conseguir algunos días de trabajo y llevar algo de comida a casa. Sin embargo, la actuación del comité también generó tensiones con los grandes propietarios, poco acostumbrados a que nadie cuestionara la gestión de sus tierras.
En ese ambiente de conflictos sociales crecientes, la familia de Alejandro comenzaba a situarse en el punto de mira de quienes veían aquellas reformas como una amenaza a sus privilegios.
Conflictos en la República
Durante los años de la República, Alejandro tuvo que enfrentarse a varios episodios conflictivos que reflejaban el clima de tensión política que se vivía en muchos pueblos de España. Aquellos años estaban marcados por la división entre quienes defendían el nuevo régimen republicano y quienes seguían siendo partidarios de la monarquía.
Uno de los episodios más significativos fue la denuncia presentada por varios vecinos del pueblo contra Alejandro. Lo acusaban de no llevar correctamente la contabilidad de las cantinas escolares. Sin embargo, tras aquella denuncia muchos vieron más un intento de desprestigio político que una verdadera preocupación administrativa. La paradoja de la situación era evidente: algunos de los denunciantes habían sido previamente encarcelados por orden de Alejandro, acusados de agitar el pueblo y promover actos a favor de la monarquía en un momento en que el nuevo régimen trataba de consolidarse.
No fue aquel el único incidente que alteró la tranquilidad del municipio. En otra ocasión se produjo un enfrentamiento que obligó incluso a suspender la procesión del Corpus Christi, una de las celebraciones religiosas más arraigadas en la tradición popular. Según se relató entonces, el cura del pueblo y el secretario del ayuntamiento, junto a varios vecinos, habían adornado los balcones y calles con pancartas en las que se expresaba apoyo a la monarquía.
La reacción no tardó en llegar. Un grupo de vecinos republicanos consideró aquella acción una provocación política en un momento especialmente delicado. Las pancartas fueron retiradas y, en medio de un ambiente de gran tensión, terminaron siendo quemadas. Ante el riesgo de que la situación derivara en enfrentamientos mayores, las autoridades decidieron suspender la procesión.
Estos episodios muestran hasta qué punto la vida cotidiana en los pueblos quedó marcada por la confrontación política durante aquellos años. Las disputas no se limitaban a los grandes debates nacionales, sino que penetraban en la vida local, afectando incluso a actos religiosos y a la convivencia entre vecinos.
El alzamiento militar en Jayena
El alzamiento militar de julio de 1936 sorprendió a los vecinos de Jayena en medio de una profunda incertidumbre. Aunque en los primeros momentos no existía una declaración oficial clara de la situación en todos los pueblos, lo cierto es que, tras el golpe de Estado iniciado los días 17 y 18 de julio, Jayena —al igual que otros municipios de la comarca de Alhama— quedó en una posición extremadamente inestable.
En aquellos primeros días se produjeron detenciones de varios vecinos identificados como partidarios de la República. El ambiente político y social se volvió tenso y confuso, con noticias contradictorias que llegaban desde distintos puntos de la provincia.
El 21 de julio de 1936 la situación cambió bruscamente. Por la carretera de Málaga, a través de Ventas de Zafarraya, penetró en la comarca una columna armada compuesta por varias compañías del regimiento de infantería nº 8, junto a carabineros, guardias de asalto y milicianos vinculados a la F.A.I. Al frente de aquellas fuerzas se encontraban los tenientes coroneles Vara y Simón Calcaño. Aquel heterogéneo contingente ocupó varias poblaciones de la comarca de Alhama, consolidando el control republicano en la zona.
Durante los días siguientes, hasta finales de julio, se produjeron distintos enfrentamientos en la comarca alhameña. La tensión militar se extendió por caminos, cortijos y pueblos, en una lucha por el dominio del territorio. En Jayena, los guardias civiles que permanecían fieles al bando sublevado resistieron durante algún tiempo, pero finalmente se retiraron el 17 de agosto, replegándose junto a simpatizantes de los sublevados hacia Padul y posteriormente hacia Granada.
Mientras tanto, la gobernabilidad del pueblo se encontraba sumida en un verdadero caos. La autoridad municipal apenas podía imponerse en medio de la presencia de milicianos y grupos anarquistas que actuaban con gran autonomía y, en ocasiones, sin respetar las decisiones de las autoridades locales.
En ese clima de tensión constante, Alejandro tuvo que enfrentarse en más de una ocasión a dirigentes de la F.A.I., situaciones que pusieron en grave peligro su vida y la de su familia. A pesar de ser un hombre profundamente comprometido con los ideales republicanos, Alejandro rechazaba firmemente el uso de la violencia. Defendía sus convicciones políticas, pero nunca a costa de la vida ni de la dignidad de los demás.
Entre los milicianos que llegaron al pueblo se encontraba un hombre conocido como Pedro, apodado en Jayena como “Pedrito el Fai”. Era originario de Málaga y pronto se hizo temido entre algunos vecinos por su comportamiento y sus abusos. Según recuerdan testimonios de la época, su presencia generó un profundo malestar en el pueblo.
Finalmente, su destino quedó sellado cuando cayó en una emboscada en el Puerto de Jayena. Varios vecinos, hartos de sus actuaciones, urdieron un engaño que terminó con su muerte, poniendo fin a la amenaza que muchos consideraban insoportable.
Jayena permaneció bajo control republicano desde agosto de 1936 hasta los primeros días de enero de 1937. Durante aquellos meses, el pueblo se convirtió en una posición estratégica de gran importancia para la defensa de la comarca y de los territorios limítrofes. Se levantaron fortificaciones y se organizaron posiciones defensivas, transformando aquel pequeño pueblo serrano en una pieza clave dentro del complicado escenario bélico de la zona.
Sucesos del 23 agosto del 36
En aquellos días convulsos de agosto de 1936, en plena descomposición del orden institucional tras el golpe de Estado, se constituyó en Jayena un comité local del Frente Popular con el objetivo de requisar las armas en manos de vecinos considerados afines a los sublevados. Las patrullas, formadas por milicianos y algunos vecinos del pueblo, recorrían las casas exigiendo la entrega de cualquier armamento.
En la tarde del 23 de agosto de 1936, alrededor de las tres de la tarde, se presentó uno de estos grupos en el domicilio de Antonio Navas Muñoz, labrador, vecino de la calle Almuñécar y conocido por su afinidad con las derechas. Al frente de la comitiva se encontraba Pedro “el F.A.I.” y milicianos vinculados a la F.A.I., acompañados de varios vecinos .
Antonio Navas, hombre de carácter firme, se negó a entregar las armas que poseía. Aquella negativa, en un contexto de tensión extrema y ausencia de garantías, fue suficiente para desencadenar su muerte a manos de los milicianos.
Avatares de una familia destrozada
El 25 de enero de 1937 las tropas sublevadas ocuparon el pueblo de Jayena, bajo el mando del capitán Fernández Sánchez. Desde ese momento se iniciaron operaciones destinadas a asegurar el control de la zona y “limpiar” los cortijos de los alrededores, mientras que desde Padul se realizaba otro reconocimiento ofensivo en dirección a la Venta del Fraile. Al mismo tiempo, desde Albuñuelas partía una columna que efectuaba un laborioso reconocimiento por la sierra en dirección al mismo objetivo.
La toma del pueblo se produjo con escasa oposición. Ante el avance de las fuerzas sublevadas, muchos vecinos republicanos abandonaron el municipio buscando refugio en territorios todavía bajo control gubernamental. Familias enteras emprendieron la huida desde Jayena hacia la costa, con la esperanza de alcanzar las zonas republicanas que conducían finalmente hacia Almería.
Aquella marcha fue dura y penosa. La realizaban principalmente mujeres, niños y ancianos. Algunos tenían la suerte de contar con la ayuda de un burro o un mulo en el que podían cargar sus escasos enseres; otros caminaban simplemente con lo puesto. Avanzaban de noche para evitar peligros, soportando temporales de invierno, mal tiempo y caminos embarrados. La mayoría iba mal vestida y casi descalza. Los meses de diciembre de 1936 y enero de 1937 habían sido especialmente lluviosos, lo que hacía aún más cruel aquella huida.
Entre las familias que abandonaron el pueblo se encontraba la de Alejandro. Temía las represalias de quienes le guardaban rencor por el tiempo en que había sido alcalde, así como de algunos caciques locales a los que durante la experiencia republicana se les había aplicado la ley de laboreo forzoso.
Alejandro emprendió la marcha junto a su familia saliendo del pueblo por el paraje conocido como el Molino del Pan, en dirección a Otívar y la costa, territorios que todavía permanecían en manos republicanas.
Sin embargo, cuando llevaban ya algunos kilómetros caminados, Alejandro tomó una decisión inesperada. Se detuvo y dijo a los suyos que él no continuaría el camino y que regresaría al pueblo. Estaba convencido de que no había cometido ningún delito ni había hecho nada ilegal, y creía que nada tenía que temer. Decidió volver a Jayena.
Regresó acompañado por parte de su familia, pero su hijo Antonio tomó una decisión distinta. Antonio decidió continuar el camino hacia zona republicana. Le acompañaban su esposa, Ángela, y sus tres hijos pequeños: Antonio, que llevaba el nombre de su padre y contaba apenas tres años; Manuel, de un año; y el más pequeño, Alejandro, de pocos meses de vida, llamado así en honor a su abuelo.
Antonio consiguió finalmente llegar a Otívar, donde encontró refugio en la casa de un amigo de su padre Alejandro.
Así comenzaba para esta familia una dura separación, marcada por el miedo, la incertidumbre y las consecuencias de una guerra que estaba destrozando hogares y destinos.

Alejandro: persecución y muerte en Jayena (febrero de 1937)
Tras la ocupación de Jayena el 25 de enero de 1937 por las tropas sublevadas, el pueblo quedó bajo control militar durante unos días. Sin embargo, el 3 de febrero, estas fuerzas abandonaron la localidad, dejando en su lugar destacamentos de milicias de Falange Española de las JONS.
Estos pelotones fueron desplegados por todos los pueblos de la comarca de Alhama con una misión clara: ejercer la represión, detener a dirigentes del Frente Popular y perseguir a cualquier vecino identificado con la causa republicana. En Jayena, los falangistas se instalaron en la conocida “casa grande” y en viviendas de terratenientes afines al nuevo poder.
Una vez asentados, comenzó una persecución sistemática. Las denuncias entre vecinos, motivadas en muchos casos por rencillas personales o afinidades políticas, señalaron a quienes habían defendido la República. Entre ellos destacaba Alejandro y su familia.
Alejandro, junto a su hijo Antonio y otros vecinos, había sido un activo dirigente de la UGT y un firme defensor de la República. Aquella implicación le granjeó el respeto de unos, pero también el odio de los sectores más conservadores del pueblo, especialmente de los caciques locales. Esa fue, en gran medida, la causa de la persecución que sufrió.
Tras un tiempo oculto, Alejandro decidió regresar a Jayena y se refugió en su casa de la calle Almuñécar, que aún no había sido ocupada. Vivía con miedo constante, aunque se esforzaba por no transmitir esa angustia a su familia.
Una fría mañana de febrero de 1937, encendió la lumbre en la chimenea. El humo delató su presencia. Un vecino, al percatarse, acudió a la “casa grande” para informar a los falangistas, donde también se encontraban varios partidarios del nuevo régimen y el médico del pueblo.
Tras recibir el aviso, un grupo armado salió en su busca. Avanzaron por el cobertizo, la calle San José y la plaza Colón. Alejandro, advertido previamente de que irían a detenerlo, había salido de su casa. Fue entonces cuando lo divisaron cruzando la calle Almuñécar.
Desde lo alto de la cuesta de la plaza Colón, se escucharon los gritos: “¡Tírale, tírale!”. Los disparos no tardaron en alcanzarlo, dejándolo gravemente herido en el suelo.
Sus perseguidores descendieron hasta donde yacía. Allí, cuando la vida se le escapaba, el médico del pueblo sacó su pistola y, según recuerda su familia, pronunció unas palabras que han quedado grabadas para siempre:
—“Alejandro, rojo, ¿creías que te ibas a escapar?”
Acto seguido, le disparó varias veces a quemarropa, rematándolo.
La familia de Alejandro, que vivía a escasos metros, acudió entre gritos y llantos al lugar. Apenas pudieron acercarse. Los falangistas los apartaron violentamente, empujándolos y amenazándolos con correr la misma suerte si no se marchaban.
El cuerpo sin vida de Alejandro fue envuelto en una manta y trasladado por el grupo de falangistas. Lo llevaron carril abajo, hasta el cruce del río Grande con el río Chico, donde fue enterrado en un prado, bajo el molino de aceite.
Alejandro tenía 60 años. Murió por defender unos ideales y unos principios en los que creía.
Aquí se da la paradoja de que el 25 de julio de 1936 el medico fue herido y fue evacuado por Alejandro hacia Agron para que lo curaran.
La vuelta de Antonio, hijo de Alejandro, de Otívar a Jayena
A Antonio, hijo de Alejandro, le alcanzó la noticia de la muerte de su padre mientras se encontraba en Otívar. La pérdida le golpeó con dureza, y sin pensarlo demasiado decidió regresar a su pueblo, Jayena, acompañado de su mujer y sus tres hijos.
A su llegada, Antonio optó por esconderse en casa de un vecino, temeroso del ambiente que se respiraba en el pueblo. Mientras tanto, su esposa y los niños volvieron a habitar la vivienda familiar, intentando recuperar, en medio del miedo, una apariencia de normalidad.
No pasó mucho tiempo antes de que Antonio Recio Martín, conocido como “Lagarto”, tuviera conocimiento de que Antonio Pérez se encontraba oculto en casa de aquel vecino. Al enterarse de que falangistas se dirigían en su busca, corrió apresuradamente para advertir al dueño de la casa. Con insistencia, le pidió que lo echara, asegurándole que iban a matarlo si lo encontraban allí.
Ante la inminencia del peligro, Antonio Pérez abandonó el escondite y regresó a su propia casa, donde se reunió con su mujer, Ángela, y sus tres hijos.
Pero la calma duró poco.
Una madrugada, entre golpes violentos en la puerta y voces autoritarias, varios guardias civiles y falangistas irrumpieron en la vivienda. Sobrecogido y sin margen de reacción, Antonio abrió. Le comunicaron que debía acompañarlos.
Salió de su casa con el corazón encogido, dejando atrás a Ángela, rota en llanto, rodeada de sus hijos pequeños. Aquella escena —la detención en plena noche, ante la mirada desconcertada de sus hijos— quedó grabada para siempre como una herida imposible de cerrar.
Ángela, cubriéndose con una toquilla negra para protegerse del frío de la madrugada, salió apresurada hacia casa de su cuñada María. Entre lágrimas, le comunicó que la Guardia Civil se había llevado a su marido.
En la oscuridad de la noche, ambas mujeres recorrieron las calles de Jayena en busca de ayuda. Llamaron a puertas, imploraron auxilio, pero no encontraron respuesta. Muchos vecinos, afines a los sublevados, ignoraron su desesperación. El silencio y el miedo pesaban más que la compasión.
Con las primeras luces del día, Antonio fue subido a un camión junto a otros vecinos detenidos. Todos ellos fueron trasladados a la prisión provincial de Granada.
Las mujeres que quedaron en el pueblo, años después, aún recordaban aquellos días con amargura:
“Nos humillaban y se burlaban de nosotras. Los mismos vecinos nos sometieron a todo tipo de vejaciones por tener a nuestros maridos en la cárcel o huidos en la zona roja.”
Ángela y María regresaron a sus casas sin respuestas, abrazándose a sus hijos, demasiado pequeños para comprender por qué se habían llevado a su padre.
En aquellos días, la vida en Jayena transcurría bajo una sombra constante de miedo e incertidumbre. El dolor y la tristeza se extendían por muchas familias. Había detenidos, desaparecidos, asesinados.
Y en medio de todo, solo quedaba una opción: sobrevivir en silencio, evitar miradas, resistir… esperando tiempos mejores.
El dolor de Angela y María en días posteriores va en aumento ya que también es detenido el hermano de María; el detenido esta vez es Manuel (hijo de Alejandro) y es conducido también a la prisión provincial de Granada.
Antonio sigue en prisión y es trasladado con frecuencia de una cárcel a otra, hasta que llega a la de Burgos en donde permanece ingresado dos años, hasta que es trasladado de nuevo a la de Granada.

Angela y sus hijos son desposeídos de su casa
Angela, madre de tres hijos, Antonio, Manuel y Alejandro, quedo en una situación de extrema vulnerabilidad tras la detención de su marido Antonio – la dejo al frente de su hogar en medio de un clima hostil y cargado de tenciones políticas.
El caso de Angela como se ha indicado es el de la mayoría de las mujeres de jayena en 1938, como consecuencia del nuevo orden impuesto por Franco. El hambre y la carestía de vestido se vieron acrecentados, eran tiempos de silencio y de un pueblo dominado por el blanco y negro; el blanco de las heladoras y frías noches invernales; y el negro dominante del luto que vestían bastantes vecinas del pueblo.
La vida golpeaba doblemente a esta mujer; a las duras condiciones sociales y económicas de la época para sacar adelante a los hijos, se le sumaba la pérdida de ingresos en el hogar por encontrarse su marido en las cárceles franquistas.
Los días transcurrían con desasosiego y angustia; esos momentos que atravesaba Jayena no parecían tener fin; Angela siempre vestía de negro de pies a cabeza, con un pañuelo negro que le cubría la cabeza; sus hijos nunca la vieron vestir de color.
Angela fue citada un día en el ayuntamiento por el nuevo alcalde F.G.M. nombrado por las autoridades franquistas tras el asesinato de Alejandro. La citación no dejaba entrever el alcance de lo que estaba por venir.
Era el 13 de abril de 1938 cuando se produjo la notificación. En dependencias municipales, y bajo la autoridad del alcalde, se le comunicó oficialmente la incautación de todos sus bienes inmuebles. El motivo alegado no dejaba lugar a dudas: ser esposa de quien había sido considerado dirigente del frente popular. Se encuentran presentes en esa trágica comunicación el mencionado alcalde y el comandante de puesto de la guardia civil de jayena (A.S.L.), con la presencia de dos testigos A.R.R. y A.G.G.; actuando de secretario J.R.R.
Se le incauta la casa mencionada en dicho acto, que consta de un piso de alzada con varias habitaciones y un corral. Esta información ha sido extraída de un documento oficial de la época que existe en poder de la familia.
Todos los semovientes, efectos personales e inmuebles propiedad de Antonio Perez Maldonado y Angela Moles Corral quedan a disposición de la autoridad militar.
Muerte, de Angela
Tras la incautación de la casa y los bienes de Angela y Antonio, la vida quedo reducida a la pura supervivencia. Angela, sola y sin recursos, se vio obligada a buscar sustento donde podía, entregándose a las faenas del campo con una determinación que solo nace de la necesidad y el amor por sus hijos. Cada jornal era un día ganado al hambre, cada amanecer una nueva lucha por mantenerlos con vida mientras su marido cumplía ya tres años largos en la cárcel.
El cansancio, sin embargo, fue abriendo paso a la enfermedad. Angela comenzó a debilitarse hasta que un día no pudo levantarse, Postrada en la cama, permaneció varios días rodeada de sus tres hijos, demasiado pequeños para comprender del todo la tragedia que se cernía sobre ellos, pero lo bastante mayores para sentir el miedo.
El 30 de septiembre de 1941 a las diez de la mañana, Angela murió. Tenía solo 33 años.
Dejo atrás a tres niños: Antonio, de 9 años; Manuel de 5 y Alejandro, de apenas 4 y a un marido ausente, encerrado entre muros, ajeno en ese instante al golpe irreparable que acababa de quebrar su familia.
Aquel día no solo murió una madre. Se trunco el sostén de un hogar ya castigado, y tres niños quedaron solos frente a un mundo demasiado duro para su edad.
Según sus familiares, Angela murió de pena, tantas desgracias y encontronazos le deparo la vida que acabo agotada y hundida. En la partida de defunción que me aporta su nieta Angela, podemos observar que su fallecimiento fue debido a una peritonitis.
De esta manera tan precaria, acaba la vida y sufrimiento de Angela a tan corta edad. Los hijos de la difunta y Antonio comienzan una nueva peregrinación, siendo acogidos en esta ocasión por su abuela materna, Angela.
A la muerte de Angela, su cuñada María y su marido deciden visitar a Antonio en la cárcel para darle la trágica noticia de la muerte de su esposa. Queda abatido por la lamentable noticia, y llorando desconsoladamente se pregunta, ¿Quién se encarga y que va a pasar ahora con mis hijos … Su hermana María y el cuñado lo consolaron y le repetían ¡No te preocupes, que estamos nosotros ¡Antonio llevaba ya cinco años de cárcel. Durante la madrugada del 27 de mayo de 1942, a las cinco de la mañana acuden unos guardias civiles acompañados de unos falangistas, nombraron a Antonio junto a un grupo de presos.
El grupo en el que salió Antonio estaba formado por 15 personas, son subidos a un camión y viajan sentados junto a un pelotón de guardias y falangistas con sus mosquetones entre las piernas. Durante el trayecto, los presos van cruzándose miradas temerosas; los guardias observan a los infortunados y les retan con un cigarrillo entre los labios. El camión se dirige hacia la colina roja de la Alhambra, en ese mismo cerro se encuentra el cementerio de Granada, son bajados del camión y situados en fila junto a las tapias del camposanto.
El jefe del pelotón manda abrir fuego sobre los quince hombres indefensos y desamparados. Antonio cae muerto entre una nube de polvo provocada por las ráfagas de los disparos realizados por los falangistas y beneméritos. Los 15 cadáveres yacen privados de vida y cual maniquís desmadejados parecen ovillos de trapos viejos, el jefe del pelotón hace su tétrico paseo entre los cuerpos y le iba pegando un tiro de gracia sin ninguna piedad, en la nuca de los ejecutados.
Como una rueda y un círculo que se cierra, Manuel hijo de Antonio en los últimos años de su vida, le alcanza su salud para ver como una de sus nietas recoge el testigo de su abuelo Alejandro y su padre Antonio. ¡Las vueltas que da la vida!

Vanesa Gutiérrez Pérez sigue los pasos que dejo su tatarabuelo Alejandro, sale elegida alcaldesa de Jayena en las elecciones municipales de 2015 por el mismo partido, el PSOE.
Desempeña su cargo desde 2015 hasta 2023, asume la joven vecina el cargo 84 años después de haberlo hecho su tatarabuelo.
Con la muerte de Alejandro de su hijo Antonio y de su mujer Angela, hacemos una pausa en este relato. Sus vidas, marcadas por la tragedia y la dureza de aquellos años, quedan atrás como testimonio de una familia golpeada por la historia.
Dejamos aquí este capítulo, no como final, sino como un silencio necesario antes de continuar.
Invitamos ahora al lector a adentrarse en el siguiente capitulo, titulado “Los hijos de Antonio: entre dos bandos”, donde la historia prosigue en un escenario aún más incierto y peligroso: el de la posguerra.
En él, sus hijos se verán atrapados entre dos bandos enfrentados, el de la guardia civil y el de los guerrilleros, conocidos como maquis, en la sierra Almijara.
Las actas de incautación de los bienes inmuebles de Antonio y Ángela



