Featured

Los últimos pastores

Jayena, pueblo de sierra, pueblo de pastores.

Jayena, enclavado en la falda de la sierra de Almijara, es un pueblo moldeado por la montaña y el paso del tiempo. Pero más allá de su belleza natural, sus gentes y sus costumbres forjaron durante siglos una identidad única: la de un pueblo de pastores.

 Aquí, durante generaciones, la vida giró en torno al ganado. No había horarios, ni domingos, ni días festivos. El pastoreo era una forma de vida tan dura como digna, que exigía el esfuerzo colectivo de toda la familia: hombres, mujeres, niños y ancianos. En cada casa, las cabras o las ovejas eran más que un sustento; eran parte de la familia.

 Aquel Jayena de antaño, de calles polvorientas y corrales abiertos, tenía en el balido de una cabra o el ladrido de un perro su banda sonora diaria. Hoy ese mundo se desvanece. Apenas quedan dos o tres pastores que mantienen viva esa forma de vida ancestral. Entre ellos resiste con nobleza uno de los últimos guardianes de esa tradición: Cándido Heredia Román.

La herencia del ganado

 Cándido Heredia Román no eligió ser pastor; lo fue desde siempre, como si lo llevara escrito en los huesos. Nació en el seno de una familia humilde y trabajadora, como tantas en Jayena. Su padre, también llamado, Cándido Heredia, era marchante de ganado.

 Un hombre de campo, con mirada fina para reconocer un buen animal, acostumbrado a recorrer cortijos y sierras comprando ovejas y cabras, que luego llevaba al pueblo para su cría o sacrificio.

 En la casa de los Heredia, el ganado no era un trabajo: era la vida. Desde que tuvo uso de razón, Cándido hijo convivía con animales en el corral, escuchaba los tratos entre su padre y otros pastores, y ayudaba en las tareas con una naturalidad que no se enseña, se hereda. Las tardes transcurrían entre el polvo de los caminos, el eco de los balidos y el olor inconfundible de las cuadras.

 Su madre, mientras tanto, era la encargada de vender la carne que el padre sacrificaba. Iba casa por casa por las calles de Jayena ofreciendo carne fresca y sabrosa, fruto del esfuerzo familiar. Aquella imagen de la madre con su canasto de carne en la mano y la dignidad en la frente es parte del recuerdo de todo un pueblo. Cándido y sus hermanos crecieron a orillas de los ríos de Jayena, cuidando los animales que su padre traía desde los rincones más recónditos de la sierra de Almijara.

 Ya de joven, Cándido, supo que su vida seguiría el camino de su padre. No hubo dudas, no hizo falta pensarlo demasiado: lo suyo no era ningún otro oficio. Lo suyo eran las ovejas y las cabras, los amaneceres con niebla, las lluvias de invierno y las madrugadas con el cayado en la mano.

 Y así fue. Se casó con Loli, su compañera de camino, pero ni el matrimonio ni los nuevos tiempos lograron apartarlo de su vocación. Cambió las cabras por ovejas, como ya lo hicieron sus antepasados.

 Hoy en día mantiene su rebaño con una mezcla de orgullo y melancolía, sabiendo que cada jornada es una batalla por conservar algo que se pierde. Pocos entienden el valor de lo que representa Cándido. No es solo un pastor: es el testigo viviente de un legado que se extingue. Su vida, como la de muchos antes que él, está tejida con hilos de tierra, sudor, esfuerzo y amor por los animales.

 Representa a esos hombres que supieron leer el cielo y el suelo, que se guiaban por las estaciones y que hicieron del pastoreo una sabiduría cotidiana.

Epílogo: de un mundo que se apaga

 Hoy, cuando los jóvenes prefieren otros caminos, cuando la globalización ha desplazado a lo rural, cuando los móviles han sustituido a los silbidos entre cerros, la figura de, Cándido Heredia Román, se eleva como un faro en mitad de la bruma del olvido. Es uno de los últimos. Uno de los que aún camina tras las ovejas por los senderos de la sierra, con la calma de quien conoce el valor del silencio y el poder de la tierra.

 Jayena fue, durante siglos, un pueblo de pastores. Y mientras hombres como Cándido sigan existiendo —aunque solo sean dos o tres, aunque sean los últimos— la memoria de ese Jayena seguirá viva, latiendo entre los riscos de la Almijara y el murmullo de los rebaños.

Radio Alhama en Internet - RAi

 

Si estás registrado en Facbook puedes comentar aquí: