La presencia de la muerte en la poesía de Antonio Machado

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    El poeta que sintiera el carácter efímero del tiempo y su poder destructor, por consecuencia lógica, la muerte constituyó motivo de constante preocupación. Tiempo y Muerte son inseparables, llamando al primero “homicida” porque nos arrastra a nuestro fatal acabamiento:”…el tiempo, el homicida/que nos lleva a la muerte…”


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Además, Machado, en el contexto de la filosofía contemporánea, pensaba el ser como “ser para la muerte”: “Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita/son las desesperantes posturas que tomamos/para aguardar…Mas Ella no faltará a la cita…” Clara y determinante expresión poética del sentimiento de la existencia, de la finitud de lo temporal, de la desesperación no desgarrada y gesticulante, a lo Unamuno, sino contenida y callada: “Ya nuestra vida es tiempo…” Desalentada visión del mundo y el espanto de pensar que con la muerte, desaparecen todos los sueños que fueron gratos al corazón: “¿Ya ha de morir contigo el mundo mago/donde guarda el recuerdo/los hálitos más puros de la vida, /la blanca sombra del amor primero, //la voz que fue a tu corazón, la mano/que tú querías retener en sueños, /y todos los amores/que llegaron al alma, al hondo cielo? //Y ha de morir contigo el mundo tuyo, / la vieja vida en orden tuyo y nuevo?/¿Los yunques y crisoles de tu alma/trabajan para el polvo y para el viento?”

     La muerte le nublaba la hermosura del mundo. Por eso, muchas veces, al sentir que invisible le rondaba implacable, las cosas se le deformaban ante los ojos y se le convertían en recordatorios de su fatal presencia: “De balcones y ventanas/se iluminan las vidrieras,/con reflejos mortecinos,/como huesos blanquecinos/y borrosas calaveras.”

     En el poema “Daba el reloj las doce…”, la presencia de la muerte es tan viva que el poeta cree percibir, en las doce campanadas del reloj, tiempo y muerte fundidos. Doce golpes de azada en tierra, los golpes con que alguien cava una tumba como preámbulo de la muerte: “Daba el reloj las doce…y eran doce golpes de azada en tierra…/… ¡Mi hora!...-grité-.”Ese reloj, con su tic-tac constante, le marca los pasos que avanzan hacia la muerte. Es curioso lo que los poetas ven y oyen en las cosas. Porque, junto al trágico reloj de Machado-símbolo de muerte-, hay, en la poesía española, otro reloj, el de “Las doce en el reloj”, de Jorge Guillén de Cántico, que simboliza, por el contrario, cuanto hay de hermoso en la vida, concebida como plenitud.

     Machado, al igual que Unamuno fue también un “agónico” de la existencia, un alma con hambre de Dios y sed de eternidad, aunque sin la rebeldía unamuniana; siempre a la espera de una certeza, de una fe que acabase con la”…amargura/de querer y no poder/creer, creer y creer!”; un alma, en fin, “siempre buscando a Dios entre la niebla…”



     Sin embargo, no todo fue niebla y sombra en el camino machadiano, porque para seguir viviendo, se refugiaba en el consuelo de los sueños, en ese residuo luminoso que el fluir del tiempo deja al pasar, en ese “HOY ES SIEMPRE TODAVÍA”, porque a pesar de sus dudas, sabía que el alma triunfaba siempre contra las arremetidas del olvido y la muerte: “El alma. El alma vence…/al ángel de la muerte y al agua del olvido…” Pero, más allá de los sueños, sentía latir en lo más profundo de su conciencia, una afirmadora voluntad de salvación, una voluntad de vivir: “Caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar…”Encontramos aquí un comienzo de absurdo: un ser cuya base existencial es la de ser-que-camina, situado en un mundo donde “no hay camino”. Paradoja viviente, producto del absurdo de un universo caótico donde se puede ser y no ser, al mismo tiempo: caminante en un mundo sin camino. Pero la oposición ciega de dos fuerzas antagónicas tiene una solución dinámica: “no hay”, pero “se hace”, la carencia se supera por la acción, sobre el vacío se construye, y de la nada surge la obra: “se hace camino al andar”; solución machadiana, vitalista, de acción y de optimismo creador.

     El que tales palabras escribía no podía ser un hombre sin esperanza. Porque si su vida y su poesía fueron el diálogo angustiado y solitario de un hombre con su tiempo, también es verdad que aquel diálogo solitario no era otra cosa que la preparación para ese otro diálogo, el último, el inefable, intemporal y definitivo, con Dios en la eternidad: “quien habla solo espera hablar a Dios un día…”; el Dios que Machado definía como un “Tú universal”, objeto de comunión amorosa entre los hombres, la única y verdadera compañía que puede liberarnos a todos de la tremenda soledad de ser hombres.

     Estamos acostumbrados, por nuestra cultura occidental, a que la idea pesimista, el sentimiento doloroso, se exprese mediante la crispación, el desgarro. Por eso, cuando el dolor o la tristeza se vierten en los moldes de la serenidad y la contención, experimentamos una profunda emoción. Por eso nos conmueve Antonio Machado.




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