Vejez, divino tesoro

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    Cuando el hombre alcanza la vejez, los hijos, normalmente, son ya mayores de edad. La fuerza centrífuga de la vida los ha dispersado, y cada uno de ellos compuso su vida al margen de la de sus padres.


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Es la hora en la que el sentido crítico de los hijos les convierte en jueces examinadores de sus padres, de la etapa en la que vivieron a su sombra. A ese examen al que no habrían podido proceder antes, faltos de la necesaria objetividad, lo hacen ahora y se preguntan si fueron suficientemente queridos, suficientemente protegidos o si los cauces por los que se les encaminó para abrirse camino eran o no acertados.



     A los hijos suele quedarles una especie de nostalgia del hogar en que nacieron y siempre recordarán, entre sonrisas, las diabluras de las que fueron marco y los castigos de los que se hicieron acreedores. Es verdad que no son difíciles de olvidar los besos de la madre, pero lo que no se olvida nunca es aquella bofetada con la que se castigó la desobediencia, la mentira o, simplemente, el desaseo. Porque en la revisión de los años en que convivieron bajo la tutela paterna, si ésta pecó de relajada o rigurosa, el hijo toma nota, lo apunta para la hora del saldo, aquella en la que, por ley natural, los autores de sus días les preceden en el triste camino de la tumba. No siempre inspira el fallo benevolencia. A veces una punta de rencor lo afila, pero, ciertamente, lo normal no es eso, sino que, al contrario, los reproches se diluyan y perdonen.

     Siendo la norma habitual que los padres se conduzcan con rectitud y amor, quedará de ellos en la memoria de los hijos un tierno y melancólico recuerdo. De todos modos, cuando la vejez se prolonga más de la cuenta, pueden empezar los problemas. Pesar sobre los hijos dificultando sus viajes, sus veraneos, su movilidad y – lo que es peor todavía- suponer una carga para sus presupuestos económicos porque las jubilaciones no dan para más, es poner a prueba los resortes del egoísmo que en ocasiones se disparan brutalmente. Resulta realmente dramático observar el desahogo de los que acompañan a sus viejos progenitores a las residencias de ancianos. Se deshacen de ellos como bultos pesados y, mientras toman el coche que les conducirá a la montaña o al soñado mediterráneo de las vacaciones estivales, un “uff” delator se les escapa del pecho. En los días en que escribo estas líneas, plena estación veraniega, algunos periódicos dan cuenta del abandono de los ancianos progenitores que asfixian la economía o desvencijan el tiempo de aquellos a los que moralmente les correspondería el deber de guardarlos.



     Una de las frases hechas más crueles de nuestra lengua es aquella que dice: “Ni se muere padre ni cenamos”. Literariamente es una frase perfecta. No sobra ni falta una sola palabra y es difícil encerrar en tan poca mayor filosofía. Por extensión puede decirse: “Ni se muere padre ni veraneamos; ni se muere padre ni heredamos; ni se muere padre ni se vacía la casa”.

    El anciano, sujeto pasivo, es digno de compasión y su vejez, condicionando el disfrute juvenil de sus herederos, será amarga.

     Desde un punto de vista equitativo sobre los hijos pesaría el deber de devolver a quienes le trajeron a la vida, cuando la suya se extingue, las mismas solicitudes y sacrificios que éstos se impusieron por ellos, pero esa reciprocidad se da raramente y no existe tribunal alguno apelable.

     Y, sin embargo, es un requisito para conseguir en la vejez, la ambicionada serenidad, que los hijos, aun sin ser expresamente requeridos, formen esa especie de sentimental biombo que les guarezca de soledades y de ingratitudes.



     Los hijos –tomando como norma- cuando nos necesiten y cuando los necesitemos, porque la continuidad perenne no es usual. El destino ha zarandeado a unos y otros barajando sus lugares de residencia, trasplantándolos a lugares lejanos. Sin embargo, sea cual sea esa separación, lo normal es que subsista un vínculo de mayor o menor firmeza que los mantenga unidos y que, a caso en detrimento de la correspondencia epistolar, cada vez menos frecuente, los hilos del teléfono mantenga a todos informados sobre las alteraciones de la demografía doméstica, casamientos, partos, enfermedades, muertes...Desaparecieron los bucles infantiles, huyó la juventud de los rostros, ya marchitos, pero allí están los jóvenes y los viejos reunidos en torno de aquel al que asalta una grave crisis de la que, lisa y llanamente, desfallece. Es en estos trances en los que la vida corre peligro, cuando los padres precisan del socorro de los hijos, y aun se dan por satisfechos con su simple presencia.



     La aguja oscila en sentido opuesto cuando son los hijos los que buscan el consejo, la ayuda o el consuelo de los padres. Felices aquellos si sus progenitores se encuentran todavía en condiciones de atender sus cuitas profesionales, sus menesteres económicos o servirles de refugio sentimental, que no es éste el menos de los servicios que está en sus manos prestarles.



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