Iluminados en la sombra

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    Basta nombrar a Homero, Milton y Galileo para tener presentes sus figuras augustas de hombres excepcionales, reducidos a la desventurada condición de no poder contemplar el mundo sensible. Estos tres genios fueron desigualmente desventurados, porque Homero y Milton pudieron continuar creando sus figuras literarias y modelar sus versos, dictándolos a otra persona; en cambio Galileo no podía contemplar el firmamento para arrancarle sus secretos.


    María Jesús Pérez Ortiz
    Catedrática de literatura y escritora

     Un poeta y un músico han de sentir el dolor de la ceguera que les reduce y les priva de la contemplación del mundo exterior y material que es una fuente de su inspiración, pero no les priva de la contemplación de su mundo interior que se ofrece amplio y majestuoso a su alma recogida y atenta, despertando las fibras más puras y más sonoras y revelándole sus secretos más recónditos. Homero puede ser considerado como el padre de la poesía porque los cantos de sus poemas son como ríos, caudales que proceden de lo más íntimo de los sentimientos humanos y de lo más bello de los espectáculos de la naturaleza.

     No es caso ahora hablar de la personalidad de Homero, para el mundo existió un hombre genial que careció de la vista de los ojos del cuerpo y, sin embargo, tuvo tan despiertos y tan perspicaces los ojos del alma que nos dejó unas obras maravillosas, las más altas y más felices realizaciones literarias de todos los tiempos.

     La figura de Homero ha inspirado muchas obras de arte, ya que los pintores y escultores se han esforzado en plasmar las ideas que les inspiraba una figura de tanto relieve en la historia de la humanidad.

     Igualmente es familiar a las personas cultas la personalidad de Milton, el gran poeta inglés, autor del “Paraíso Perdido”, el cual quedó ciego y tuvo que dictar sus versos a sus hijas. Realmente constituye un espectáculo emocionante el recuerdo del gran vate inglés asistido por el amor filial a fin de poder dar al mundo las lucubraciones de su pensamiento que no hubiera podido escribir con su propia mano.

     Por el contrario, el caso de Galileo es más cruel y más doloroso, porque para él la ceguera fue el hachazo que le inutilizó completamente, ya que sus trabajos científicos no podían continuar bien sin el auxilio de los ojos.



     Uno de los mejores pasajes de la “Divina Comedia”, de Dante, enseña con frase feliz y cruel que “ningún dolor es más grande que el recordar el tiempo feliz cuando se vive desgraciado”. Pero Dante, al referirse al tiempo pasado en el goce de las delicias de la vida, no tuvo en cuenta que existe otro dolor aun mayor y es el recuerdo que de sus días venturosos, pasados en el trabajo creador, tienen el artista y el genio que se ven imposibilitados de trabajar y crear.

     Tal fue la desventura de Galileo, inutilizado en la época de su vida en que su ciencia pudo ser más fecunda y más bienhechora de la humanidad.

     A la cabeza de la cruzada por la educación de los ciegos debemos poner al ilustre francés, favorecedor de los mismos, Luis Braille, nacido en Coupvray en 1809, que con su obra ha conquistado un puesto entre los mejores bienhechores de la humanidad. Perdió la vista cuando sólo contaba tres años. En 1816 entró en el “Instituto de Ciegos” de París y allí recibió instrucción adecuada.

     Pero los métodos pedagógicos eran rudimentarios porque no se disponía de un alfabeto capaz de ser leído por los ciegos. Un oficial de artillería, llamado Carlos Barbier, había inventado un procedimiento gráfico sencillo que Braille aprendió; se le acudió idear otro a base de seis puntos salientes colocados sobre dos líneas perpendiculares, creando el hoy universalmente usado alfabeto, capaz de traducir todas las ideas.

     La lucha a favor de los ciegos ha tenido episodios impresionantes y grandes proezas realizadas por hombres privados de la vista a fin de demostrar las aptitudes de los ciegos para las empresas y los cargos más variados. Una de estas proezas es la del norteamericano Francis Campbell, nacido en el condado de Franklin en 1834. Herido por una espina de acacia, quedó ciego a los tres años y medio. Fue educado en Nashville, aprendió música y fue un notable profesor, consagrándose al servicio y educación de los niños ciegos.

     Para demostrar la capacidad de los ciegos en la lucha por la vida subió al Mont Blanc, con su hijo y varios guías. La empresa, tan arriesgada, aun para los dotados de buena vista, fue celebrada por la prensa de toda Europa.

     Entre las personas afligidas de ceguera tiene un relieve especial, la célebre marquesa du Deffant. Había nacido en 1697 y ya de jovencita dio muestras de independencia. Fue un tipo del espíritu del tiempo: frívola, culta, indiferente.

     Fundó un salón que pronto resultó el más distinguido de la época, donde se reunían los grandes ingenios de su tiempo.

     Una carta de la marquesa a Montesquieu, en 1752, revela que iba perdiendo la vista, pero ella vio llegar la ceguera con serenidad. Cuando comunicó a Voltaire que su ceguera ya era total, recibió una carta de consuelo que le decía, entre otras cosas de alta literatura: “Vos sois la persona por la cual siento el respeto más tierno y la amistad más inalterable”.



     La literatura y la música han dado un gran contingente de ciegos que han sabido realizar obra notable a pesar de su ceguera.

     Músicos notables afectados de ceguera fueron Haendel, Salinas, Stanley, Paradis, Delius, Corbet, Joaquín Rodrigo...

     Caso especial es el del gran compositor contemporáneo inglés Federico Delius, nacido en Bradford, ducado de York, en 1863. Escribió muchas obras de diversos géneros musicales, lo mismo cuando gozaba de la vista que cuando quedó ciego. Sus obras se caracterizan por un amplio sentido de la naturaleza y el crítico musical W. J. Turner dice de ellas: ”La reputación de Delius se ha hecho lentamente pero con seguridad, y hoy es tenido por todos los músicos y críticos como uno de los más eminentes compositores ingleses. Sus obras están saturadas de cierta seriedad y de cierta atmósfera de pacífica resignación y nostalgia”.

     Ente los músicos españoles ciegos es célebre Francisco de Salinas, no solamente por el mérito de sus obras, que fue grande, y por su habilidad en la ejecución, que fue muy notable, sino por haberle inmortalizado el insigne poeta fray Luis de León en una de sus mejores odas.

     Salinas nacido en Burgos en 1512, quedó ciego a los diez años, mas consiguió ser un completo humanista. Fue poeta y filósofo y demostró gran erudición en todas las demás formas del pensamiento y del arte. Pero su aspecto capital y su profesión fue la música. No solamente era ejecutante feliz en el órgano y el clavicordio, sino que poseía una gran erudición musical, es decir, que era lo que hoy llamamos un gran musicólogo.

     Estudió en la Universidad de Salamanca, siendo nombrado profesor de música de la misma. Sus obras resultaron muy notables, no sólo por su técnica musical, sino por su profundidad filosófica y su belleza de expresión.



     Salinas fue amigo de fray Luis de León, también catedrático de Salamanca, y el altísimo poeta gustaba de oír tocar a Salinas los temas que le sugería su mundo interior y la percepción de la vida a través de su sensibilidad caracterizada por la ceguera.

     Fruto de la admiración que fray Luis sintiera por Salinas y su música es la oda que Milá y Fontanals llamó “Hermosa paráfrasis cristiana de la estética de Platón” y de la cual Menéndez Pelayo decía que estaba amasada con frases de insuperable serenidad y belleza, y que era luz para el entendimiento y regalo para la fantasía.

     El título “A la música del ciego Salinas” ya indica que fray Luis de León tenía presente las características que a su música daba el hecho de que Salinas fuera ciego: “¡Oh, suene de continuo,/ Salinas, vuestro son en mis oídos/ a cuyo son divino/ despiertan mis sentidos,/ quedando a lo demás adormecidos!”.

     La historia nos habla de otros muchos ciegos célebres. Mencionaremos, sólo someramente, algunos de ellos: Demócrito, médico, filósofo y físico, iniciador de la teoría atomística, que, según la tradición, se cegó voluntariamente; el célebre Diógenes, que vivió en el siglo IV antes de Cristo; Prescott, americano, historiógrafo y estilista, que escribió destacadamente sobre asuntos relacionados con la Historia de España, muerto en 1859.

     Entre los españoles, Just y Valentí, ciego desde los 27 años, que dedicó su vida a aliviar la suerte de sus compañeros de desgracia y fundó en Alicante la primera biblioteca pública para ciegos; Lamas Carvajal, poeta y periodista gallego (1849-1906); Pérez Galdós (1840-1920), que cegó ya viejo; Rodríguez Pinilla, poeta (1856), y un larguísimo etcétera de ciegos ilustres... Sin duda, miles y miles.

     Sin embargo, ¡cuántos habrá que la pluma no ha captado, sublimes por su sacrificio o excelsos por su inteligencia, que vivieron en este mundo civilizado o en la parte del mundo virgen todavía a la curiosidad humana, y que igualan o superan en méritos a los inmortalizados por los compiladores de biografías de ciegos ilustres!



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    Una sección de María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora.

     
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