Jesús ante Pilatos

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    Pilatos ante la presencia de Jesús se debate en un mar de indecisiones; primero se jacta de “tener poder para soltarle o crucificarle” (Jn, 19, 10) y luego reconoce su inocencia: “No encuentro culpa alguna en este justo”, esto es, no hay ley aplicable a lo que me decís.


    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     “Me lo habéis presentado como alborotador del pueblo y, habiéndolo interrogado, no encuentro en él ninguno de los delitos que alegáis. Y ni aun Herodes, pues me lo ha vuelto a enviar. Nada, pues, ha hecho que merezca la muerte”. Es decir, saca en consecuencia que su pretendida realeza no menoscaba la supremacía del César. Se da cuenta de que aquel hombre que le presentan como un rebelde político es, en el fondo, políticamente inofensivo.

     Entonces, ¿por qué da a elegir al pueblo entre un culpable cierto (Barrabás) y uno que sabe inocente (Jesús)? Y si lo considera inocente, ¿por qué, entonces, lo manda azotar? ¿Merecía algún castigo o lo hace por aplacar a la masa? Esa “media injusticia” primera no es un tormento para arrancarle confesión alguna, ni un preludio de la subsiguiente ejecución (como era costumbre proceder con los condenados a muerte), ya que la sentencia no había sido dictada todavía. Es, pues, una pena independiente. Y ¿qué delito “más pequeño” merecía este castigo? Quizá pensase Pilatos justificar así la falta de peligrosidad social de aquel supuesto rey, haciendo tomar a risa, al ver el pueblo su caricatura escarnecida (“Ecce homo”), la acusación que presentaba. Mas de cualquier modo, y por esa misma causa, faltó al más elemental deber de ecuanimidad como tal juez.

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     No quiere condenarlo; su inocencia es manifiesta, pero ante la insistencia de la multitud, no se atreve tampoco a libertarlo. ¿Qué hacer entonces? Su diplomacia política le dicta una salida que a él se le figura airosa: el lavatorio de manos. De este modo reconoce públicamente su inocencia y, por si luego resultase culpable, se cura en salud al mismo tiempo. Por otro lado, contenta al pueblo-así lo piensa- y evita la producción de un desorden público que podría traer, incluso para él mismo, funestas consecuencias, como ya había ocurrido anteriormente con Judas el Galileo, cuyo ejemplo no quiere ver repetido.

     Pilatos comete la primera equivocación al enfrentar a la masa con su propia repugnancia por el Sanedrín: debería haber dejado libre a Jesús en cuanto se convenció de su inocencia, pero no lo hizo y ahí empezó su culpa.

     Cuando está parlamentando con los representantes del pueblo llega la muchedumbre para solicitar la libertad de un preso político mediante “acclamationes”, según la costumbre pascual. No es extraño figurarse que entre la gente se encontrasen algunos compañeros de Barrabás, que influyeran para pedir la libertad de éste, encarcelado como culpable de rebelión y asesinato. Pero, Pilatos continúa en sus dudas: “¿Y qué he de hacer con éste, al que llamáis Cristo?”. Es el segundo error; sólo falta ya que alguien se enfrente contra su demostrada indecisión para que toda la muchedumbre se convierta en una voz unánime: “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”

    Y, es curioso; la Ley de las XII Tablas prescribía: “Vana es la voz del pueblo y no debe escuchársela cuando pide que un criminal sea absuelto o un inocente condenado”.

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     Ante la persistencia del Procurador, el clamor va creciendo. A los sanedritas podía haberlos despachado sin muchas complicaciones, pero con la masa excitada eso resulta imposible. El pueblo se da cuenta y hace ya cuestión de honor arrancarle a Pilatos la sentencia de muerte hacia aquel hombre que días antes habían aclamado jubilosos. Y Pilatos, por fin, cede en el momento en que advierte que prolongar tal situación sería ya inútil y hasta peligroso, pero antes se permite una ironía: “¿A vuestro rey voy a crucificar?”. La muchedumbre le contesta: “¡No tenemos más rey que al César!”. Aquel pueblo, tan celoso de su independencia, abjuraba así de un golpe de siglos y siglos de esperanzas mesiánicas.

     Pilatos, cogido entre la duda del temor y la injusticia, es el más repulsivo símbolo de la suprema indecisión. Y al cabo, por mucho que se lave las manos, no podrá nunca borrar de su conciencia la tremenda responsabilidad de aquel asesinato. Por eso ha merecido entrar “con todos los honores” (y no Judas, ni Anás, ni Herodes, ni Caifás) en el Credo litúrgico redactado por los Apóstoles:”Padeció bajo el poder de Poncio Pilatos…” Y aquel funesto lavatorio habrá quedado como símbolo de la más triste cobardía para el resto de los siglos.



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