El sentimiento eufórico de la vida

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    No es lo mismo “sentirse bien” que estar sano”. En la inmensa mayoría de las criaturas coinciden o se superponen ambos factores: la sanidad corporal y, a su lado, el sentimiento de la propia salud.

    María Jesús Pérez Ortiz
    Filóloga, catedrática y escritora

     Hay, no obstante, enfermedades que cursan de manera “latente”, de tal suerte que el enfermo no tiene conciencia de la enfermedad, ni el médico es capaz de descubrir un solo síntoma que le arrastre a formular el verdadero juicio diagnóstico. Otras veces el sentimiento eufórico de la vida coincide con un estado ruinoso del cuerpo o con la disolución de las actividades más nobles del espíritu. ¿Qué explicación cabe dar a este sentimiento, que contrasta, de manera tan viva, con la ruina corporal del hombre que lo experimenta? Habría de aceptarse la explicación que más armonice con nuestras creencias. Es como si una mano providente y benéfica tratase de endulzar los últimos momentos, prestando al enfermo y al moribundo el apoyo necesario para la postrera despedida. Pero para el médico y para el biólogo hay una explicación más luminosa. El sentimiento de bienestar que surge en el horizonte espiritual del enfermo no es más que una de tantas “ilusiones” de los sentidos, o mejor, una agradable alucinación del sentido interno de la vida. Así como hay ensueños placenteros y alucinaciones de contenido agradable en el dominio de los sentidos externos, alucinaciones plásticas y musicales, también el sentido interno de la vida sufre a veces desarreglos, momentáneos o duraderos, que se ofrecen a la conciencia como una alucinación bienhechora, que ayudará a sortear el último el último paso de la existencia. Hay otra forma de alegría extrafisiológica que constituye una variante del sentimiento eufórico de la vida: el placer del éxtasis.

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     En mis estudios sobre el éxtasis místico comprobé, su íntimo parentesco con el éxtasis musical, con la fascinación amorosa y con el éxtasis histérico. En el estado de éxtasis, tan diáfanamente descrito por Sta. Teresa de Jesús, el cuerpo está como muerto, sumido en la más absoluta impotencia de obrar; pero el alma goza de una inefable alegría y se “duerme arrobada en el goce de Dios”, según expresión de la Santa. Parejo estado descubrimos en el éxtasis musical, que de manera tan delicada describió Camilo Manclair en “La religión de la Música”. Lo que domina en todas las variantes del éxtasis es el mismo abandono, igual en sueño paradisíaco, algo así como una silenciosa alegría que se difunde por todo el cuerpo, según expresión de una enferma que caía espontáneamente en éxtasis y de cuyo delicioso estado no hubiera querido nunca despertar. Lo esencial para alcanzar el éxtasis está en cerrar el diafragma del espíritu, hasta dejar sólo un pequeñísimo agujero que nos permita ver o sentir de cerca al Creador, o fundirnos en la esencia misma del arte musical. Gracias a un estado de concentración o de autosugestión, va estrechando lentamente el campo de su visión interior, el diafragma de su ojo interior, de manera que sólo queda dentro de su cámara el placer de la contemplación de Dios (en los místicos), o el puro goce estético (en el éxtasis musical), o la imagen del amado (en la fascinación amorosa), o en fin, la inefable sensación de sentirse como absorbido en el nirvana. En estas condiciones queda el alma como aislada del mundo y del propio cuerpo. Poco importa cuáles sean los procedimientos utilizados para alcanzar el éxtasis. Conviene aislarse del mundo, cerrando las ventanas de los sentidos, o dejando sólo abierto el ventanal por donde se cuelan los estímulos capaces de despertar el éxtasis. El camino para lograrlo es el de la “oración” para los místicos cristianos; la senda de la “renunciación”, del aniquilamiento de todo deseo; y el camino de la “contemplación estética” para los místicos del Arte. Los ascetas brahmanes contribuyen a provocar el éxtasis permaneciendo largo tiempo inmóviles, las manos y los pies cruzados, mirando fijamente a un punto brillante. El místico árabe Abubeker-ben-Tofail preconizaba realizar rápidos movimientos giratorios, hasta caer casi desvanecido.

     Lo esencial está, como se dijo, en ocluir el diafragma del espíritu hasta dejar un pequeñísimo agujero que permita sólo ver y sentir a Dios, y que ciegue, al mismo tiempo, la luz necesaria para divisar los objetos y representaciones del mundo y todos los recuerdos que dormitan en el iconario de la memoria.



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