¡Usted no sabe con quién está hablando!

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     Entre los muchos personajes y personajillos que habitan en nuestra geografía existe el que podríamos clasificar como malfondinga prepotentis y que casi toda la gente sencilla ha tenido que sufrir alguna vez.

     Uso aquí el término gente sencilla para referirme a la que es natural, espontánea y obra con llaneza; este tipo de gente se encuentra en todas las clases sociales y entre todas las profesiones, del mismo modo que el malfondinga prepotentis abunda en todas partes, pero con especial virulencia entre quienes por alguna razón destacan algo de la mayoría. Es ese tipo de gente que a la menor oportunidad dice eso de; “¡Usted no sabe con quién está hablando!”. Podría parecer que ese tipo de comportamientos propios de otras épocas en las que unos eran la élite y otros éramos súbditos y ciudadanos; pero la verdad es que aún queda mucha gente que piensa que por razón de su cargo, situación social, cultura o cualquier otra razón que crea meritoria, está por encima de los demás.

     El espécimen es especialmente conocido entre todos los que trabajan en las distintas administraciones cara al público y casi siempre pretende obtener trato de favor por razón de sus conocimientos, influencias o, simplemente por pertenecer a determinado grupo profesional o familia, más o menos relevante o conocida, olvidando ese principio básico y fundamental de que en democracia, por imperfecta que esta sea, todos somos iguales, al menos a la hora de votar y el voto de un excelente pastor de ovejas cuya labor redunda en beneficio de todos, tiene el mismo valor que el del más encumbrado personaje de la política, el balompié o el famoseo en general, por citar gente de renombre y fama una veces y prestigio otras.

     Lo que resulta llamativo es que las más de las veces al descubrir el sujeto quien es seguimos ayunos de con quien estamos hablando dado que por lo general quien de tal modo se dirige a los demás de modo prepotente y ,casi siempre despectivo, tampoco es que destaque tanto como para que tenga que ser conocido.

     Pienso que la educación, la cortesía las buena maneras son esenciales en el trato cotidiano y que “buena presencia y modales, abren puertas principales” como dice un antiguo refrán. Pero tampoco nos debe sorprender mucho que en esta época en la cual los cachorros del franquismo andan crecidos, sigan aún vigentes actitudes de desprecio a quienes consideran un par de escalones por debajo de ellos, esos malfondingas prepotentis que todos alguna vez hemos tenido que sufrir. Ante ellos, una cierta dosis de paciencia y el recordarles que si no sabemos con quién estamos hablando no es culpa nuestra, sino más bien de ellos por no haberse presentado en debida forma según los usos de la cortesía y la buena crianza, o es que, simplemente son unos perfectos desconocidos, oiga. Que también puede ser.

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