La ley de la jungla

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     Ahí fuera, entendiendo por “fuera”, lo no humano, está todo bastante claro, aparentemente, al menos. Los animales más adaptados a su entorno sobreviven mejor que los inadaptados, y no existen otras leyes que las propias de la naturaleza, que, creo que no es la primera vez que lo escribo, es una madre bastante cruel.

     Aquí dentro,, entendiendo por “dentro”, lo humano y cultural las cosas, al menos en teoría son de otra manera y las leyes e instituciones de la cultura mitigan el excesivo rigor de la ley natural; de forma que todos pueden disfrutar de un discreto paso por este mundo. Es decir, no todos nacen igual, en las mismas circunstancias, pero la educación, el acceso a la cultura, los servicios sanitarios adecuados y el goce de todas las creaciones culturales que los seres humanos poseemos, nivelan de algún modo esas diferencias iniciales dando a todos la oportunidad de hacer de uno mismo lo que uno quiera ser; o casi.

     Básicamente a esto se resume el estado del bienestar, a que sea el estado, el que ponga los servicios esenciales para que esta lucha por la vida que es la humana existencia resulte para todos llevadera. Naturalmente hay gente a la que esto no le gusta, esa gente que habla de “papá estado “en tono despectivo y es partidaria de que cada uno tenga lo que se merece, lo que consigue con su trabajo y esfuerzo personal sin mediación del estado, o, mejor dicho, con la mediación del estado para garantizar su propia seguridad. La suya y la de sus bienes. Luego lo de la enseñanza gratuita, para todos, lo de la sanidad pública de calidad y todo lo demás está claro que es un derroche de mis impuestos, tirar el dinero. Si yo puedo pagarme la mejor educación y la mejor sanidad y todo lo bueno, y aún lo excelente que la vida tiene ¿Para qué quiero al estado?.

     Este es el modo de pensar imperante ente quienes nos mandan y quienes nos gobiernan, que no son los mismos, no. Por eso la educación, para quien la pueda pagar, las pensiones futuras, para quien contrate un plan de pensiones adecuado, el derecho a la salud, se compra en clínicas privadas. Nos dejan, eso si el derecho al trabajo, a un trabajo escaso, cada vez peor pagado y con menos derechos y hablan de que “hay que ser competitivos” optimizar la empleabilidad de los desempleados” “flexibilizar el rígido mercado de trabajo español” y otras ideas parecidas como la de no pagar ni el salario mínimo en determinados casos.

     Como yo, cuando me pongo, me pongo y a mi a liberal no me gana nadie propongo que el trabajo sea retribuido según el libre criterio del empleador atendiendo a razones de producción y necesidades de la empresa, de forma que en determinados casos, si la empresa va bien, se cobre poco y en los casos en que vaya mal, no se cobre nada. Naturalmente, como esto nos es la jungla, sino que se supone que es la civilización y la cultura, de algo tiene que comer el trabajador y su familia, por lo cual, también propongo la implantación de una renta básica de ciudadanía que permita a todos los mayores de 18 años tener las necesidades básicas cubiertas. De esta manera el trabajo será un derecho real y no una obligación impuesta por la necesidad y el ciudadano podrá elegir libremente si se está “todo el día en el bar” como dijo Duran Lleida o, por el contrario trabajará en aquello que realmente le guste por un sueldo menor al mínimo establecido, por ejemplo o incluso lo hará a título gratuito si el trabajo le entusiasma.

     De este modo con las necesidades básicas cubiertas por el estado, con los impuestos de todo, si, con los impuestos, toda la ciudadanía será verdaderamente libre para votar a quien desee y habrá verdadera democracia que es el gobierno que los hombres y mujeres libres se otorgan a sí mismos, creo recordar de cuando iba al cole. Lo de ahora es una democracia relativa, porque, quien tiene como única preocupación la acuciante necesidad de pagar la hipoteca, de conseguir un trabajo, como sea y al precio que sea, tiene su libre albedrío muy disminuido.

     En nuestras manos está elegir si queremos vivir “aquí dentro” donde las leyes nos permiten vivir libremente o “ahí fuera” donde solo podemos, el mejor de los casos, ser explotados. En el peor vernos en la puta calle, en todos los sentidos.

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