Bandoleros de leyenda

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     Resuenan aún los ecos de las fechorías y andanzas de gentes que en siglos pasados cambiaron la miseria de sus vidas por la efímera libertad que daban la desesperación, un trabuco, una faca y una jaca.

     Quien más, quien menos recordamos a Curro Jiménez, hemos oído hablar de José María el Tempranillo o de los Siete Niños de Écija, que capitaneados por Luis de Vargas, “el que a los pobres socorre y a los ricos avasalla”, dice el poeta, campearon por Sevilla la Llana, primero como guerrilleros contra los franceses, después como bandoleros contra el hambre la miseria y la opresión absolutista de Fernando VII.

     Eran otros tiempos, hoy se atraca, no con el trabuco y la navaja, sino casi con el BOE en la mano. No exponiendo la vida por caminos y sierras, si no desde los cómodos despachos climatizados y enmoquetados que pagamos entre todos.

     Hoy los desesperados, los desahuciados, los que no tienen lo más elemental para una vida, no ya digna ni decorosa si no, simplemente soportable, carecen incluso de ese último recurso al que recurrir, el de tirarse al monte, con el arma a las espaldas y nada que perder. Naturalmente no estoy proponiendo que sea esa la solución. No en el monte o la sierra, si no en la calle, armados con la ley y el derecho es donde debemos librar nuestras batallas. Simplemente divago sobre el cambio de las costumbres y como los antaño viriles bandoleros que exponían la vida, de hecho casi todos la perdieron de forma violenta, han dado paso a presuntos ladrones de guante blanco que presidiendo organismos mandan trabajar más, cobrar menos, y casi callar, mientras ellos trincan, mangan y afanan, palabras estas vulgares, pero que todos entendemos; con modales exquisitos, trajes de buen corte y excelente paño y sin más arma que una pluma imagino que de las más caras y lujosas.

     Ciertamente nos queda el consuelo de tener caminos y carreteras seguras. Es decir todo lo seguras que permiten su estado que, en algunos casos dista mucho de ser idóneo. Pero al menos sabemos que llegaremos a nuestro destino sin que una partida de bandoleros dé el alto a nuestros vehículos para robarnos a mano armada. Hoy, los únicos que nos paran en la carretera son los agentes de la Benemérita en cumplimiento de su deber.

     Y es que para sacarnos los cuartos, las mitades, y hasta las asaduras, si se tercia, los nuevos presuntos bandoleros recurren no a trabuco sino a privatizaciones, recortes, subida de impuestos, bajada de salarios y pensiones y todo, en nombre de nuestro futuro bienestar. Dicen, sin rebozo que esta medidas que ahora se toman, pronto las agradeceremos, allá en un futuro, más o menos cercano que cuanto más se acerca, más alejan ellos.

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