¿A quién se le ha perdido un ramal?

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    Entre la enorme herencia inmaterial que nos legó mi padre a mí y a mis hermanos, están las anécdotas de su infancia y juventud.

     Y esta que traigo a colación podría ser, con toda justicia, una pequeña aventura picaresca, de esa picaresca española que tan grandes obras dio a nuestra literatura. Es el caso que el pregonero del pueblo halló cierto día un guarrillo atado con un ramal. Siendo el hombre persona honrada, pero a la vez, teniendo hijos en edad de comer, y de comer mucho, y como los años en los que acontece esta anécdota eran los de “la hambre” el buen hombre se debatió algún tiempo, mientras el protagonista de esta historia fidedigna, el guarrillo, permanecía a buen recaudo, lejos de miradas ajenas.

     Debatido el asunto con su conciencia, y debo suponer que, con su mujer, salió a la calle con su trompeta de pregonero y a voz en cuello pregonó. ¿A quién se le ha perdido un ramal?, para concluir con voz apenas audible: con un guarrillo en la punta. De tal forma calló el hombre a su conciencia y es de suponer que sus hijos tuvieron alguna alegría en tiempos de más penurias que regocijos.

    … hay por el mundo toda suerte de gentes que ni mienten ni dicen la verdad, que tergiversan hechos y situaciones para arrimar “el ascua a su sardina” sin importarles un ardite confundir más que informar
     Como el buen padre de la anécdota, hay por el mundo toda suerte de gentes que ni mienten ni dicen la verdad, que tergiversan hechos y situaciones para arrimar “el ascua a su sardina” sin importarles un ardite confundir más que informar, mentir sin dejar de decir la verdad, aunque esta, como en el pregón del ramal, esté tan oculta y disimulada que apenas se descubra. Y, lamentablemente, esto se da en todas partes, y no únicamente en malos periodistas, políticos mendaces y toda suerte de gente que vive de la palabra. Casos se han dado también de científicos que ocultan datos en sus artículos para no dejar en evidencia una deficiente investigación, que es, tal vez, el caso más sangrante. Uno tiende a desconfiar de oficio de según qué prensa y periodistas, pero, en principio, cree que lo que se publica en revistas científicas es real, comprobable, verificable y cierto. Que casi siempre es así. Pero no siempre.

     De mí sé decir que al investigar para una mirada he tenido que dejar de escribirla al comprobar que la información previa de la que partía la idea para esta, era poco veraz o equivocada. No me importa equivocarme yo sólo, pero no estoy de acuerdo en que me equivoquen otros. Para errar me basto y me sobro y no necesito a nadie que me ayude.

    … porque lo que importa es enrarecer el ambiente, arremeter contra quienes, con su equivocaciones y logros nos gobiernan legítimamente
     Lo cual hace que quienes tenemos interés en conocer la verdad o lo más parecido a la verdad que se pueda encontrar, tengamos que estar atentos a lo que se dice y a lo que no se dice, a quien lo dice y a cómo lo dice; en definitiva: a escuchar con atención para ver si detrás de la punta del ramal hay o no un guarrillo. Aunque tampoco es que hoy día quede mucha gente con los escrúpulos morales del buen padre de esta anécdota. Más bien se da el caso de que se mienta a las claras sin importar al mentiroso quedar en evidencia, porque lo que importa es enrarecer el ambiente, arremeter contra quienes, con su equivocaciones y logros nos gobiernan legítimamente.

     Por otra parte, también quienes, contando con los votos suficientes para acceder al parlamento, ejercen la oposición, también lo hacen legítimamente y, por supuesto que su tarea es controlar a quienes gobiernan e intentar hacer que el gobierno no cometa abusos o errores en demasía. Pero para ello exijo como ciudadano y votante que las herramientas que se usan en el debate político sean la de la veracidad, la honestidad y el compromiso con el bien común. Tal vez pido demasiado, dado que los políticos que tenemos son los que hay. Pero no me cansaré de decirlo, están ahí porque les hemos votado, a unos para gobernar a otros para opositar. Somos, en última instancia, responsables de nuestra clase política, queramos o no queramos. Y esto es lo que hay.

     Atentos, pues al pregón y no nos dejemos llevar por lo primero que oímos. O que leemos.




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