El cromo del soldado letón

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    Entre los sencillos placeres de los niños de nuestra generación se encontraba el coleccionismo de cromos.

     Y es el caso, que mi hermano topó en una de esas colecciones con un soldado letón. Curioso como era, y afortunadamente es, diose a la tarea, ardua tarea para un niño de un barrio obrero barcelonés de los años setenta, de buscar el país llamado Letonia. No debía confiar mucho en mi cultura geográfica, porque no me preguntó. E hizo bien, tampoco yo por la época debía saber que Letonia era una de las repúblicas que entonces constituían la URSS.

     Pero supongo que la infructuosa búsqueda le debió servir para algo, siempre consultar libros, “fatigar bibliotecas” en la felicísima frase de Borges, sirve para algo, o para mucho, y el ejercicio de mirar, indagar, buscar, investigar crea hábitos altamente saludables. Hábitos que, llegada la edad adulta, y en mi caso casi la senecta, ayudan a que el paso de las horas y los días en este forzado auto exilio sanitario no es que sea leve. Es que resulta placentero. Después de una larga conversación con buenos amigos situó la lectura en la clasificación de los placeres cotidianos.

    ...mis relaciones con las inteligencias artificiales que me facilitan la consulta pronta del dato concreto que necesito en cualquier situación son satisfactorias
     No echo de menos ni aquella Barcelona predemocrática y preolímpica, ni aquella España más bien en blanco y negro, lo digo por el color del NODO que veía en el Cinema Lux, creo recordar que se llamaba así ese cine de barrio en el cual empecé amar el cine. No añoro aquello y mis relaciones con las inteligencias artificiales que me facilitan la consulta pronta del dato concreto que necesito en cualquier situación son satisfactorias. Pero, afortunadamente mis hermanos y yo aprendimos a emplear libros, diccionarios y enciclopedias, allí donde se podían encontrar. Y no tanto para obtener buenas notas, o ayudar a situarnos en la vida en una situación de ventaja, algo que es obvio que no hemos conseguido del todo. Pero el placer de la caza del dato concreto, de la referencia adecuada y exacta, o más o menos exacta, pervive aún en nosotros.

    Pero sí estoy seguro de que el uso de las tecnologías de la información y la comunicación arrincona de algún modo a los libros de toda la vida
     No voy a suponer que los niños de hoy no consultan libros, enciclopedias o diccionarios porque tengo el número suficiente de amigos enseñantes como para dejarme llevar por la creencia de que un buen maestro no puede enseñar con cualquier ley de educación. Pero sí estoy seguro de que el uso de las tecnologías de la información y la comunicación arrincona de algún modo a los libros de toda la vida o digitales. Ya sea en papiro, en pergamino, en celulosa o en bits, lo importante es el contenido de los libros. Lo que cuentan, lo que enseñan del mundo y del propio lector al que a ellos accede.

     Creo que son perfectamente compatibles los formatos analógicos y los digitales y que en el proceso de buscar información de urgencia gana la muchacha esa de Google que le preguntas cualquier cosa y te responde. Pero para una búsqueda sosegada, tranquila y sin prisa el acudir a libros antiguos o modernos, con olor a libro viejo o a libro nuevo; el deleitarse en páginas nuevas o viejas, el ir de un dato a otro, de un libro a otro, en definitiva, es una magnifica manera de pasar una tarde lluviosa, fría y oscura. Precisamente esas son las tardes más idóneas para esos placeres. Si uno no puede compartir café caliente y agradable conversación con gente amiga.

    Precisamente esas son las tardes más idóneas para esos placeres
     Y ahora creo que le debo al lector una explicación de la mirada de hoy, que no es otra que la de superar el reto que me propuso mi hermano de escribir una mirada sobre el cromo del soldado letón. Aunque muy seguro no estoy de que el soldado que aparece sea un soldado letón de 1920, que es el que salía en el cromo, parecerlo, lo parece.

     Por otra parte, no es la primera vez que escribo sobre una idea propuesta por otra persona. Pero de eso ya hablaré en otro tiempo. Con las inmortales palabras del camarero de “Irma la dulce” “Pero esa es otra historia...”


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