Hasta las narices



Utilizo por deferencia al lector y correcta urbanidad la palabra más suave, claro.

 Estamos hartos, hastiados, rebotados, en el máximo grado posible, y llenos de santa, o pecadora, que no lo sé, indignación. Y no es precisamente por la situación de ahora, ciertamente complicada, muy complicada ya de por si por la cainita división de los españoles, que ya desde los tiempos prerromanos teníamos por costumbre la práctica de la razia y el bandolerismo contra los vecinos de la tribu de al lado, por ser la más cercana. A esto se han añadido siempre, malos gobiernos, pésimos reyes y todas las plagas que le pueden caer encima a un pueblo.

 No sé si por esa razón, puede que sí, es el español pueblo poco dado a ser gobernado pacíficamente y muy amigo del anarquismo de andar por casa, que se encarna en defraudar a hacienda en lo que se pueda, burlarse de la ley lo más posible y hacer lo que le dicten sus testículos a cada ciudadano, preferentemente todo lo contrario de lo que diga el gobierno, cualquier gobierno de cualquier color. A las ciudadanas también, que en esto de la indignación y el hacer de mi capa un sayo, aquí todos y todas gastamos testículos. Y muy grandes, oiga.

 Es el caso que estamos hasta las narices de todo, pero no hacemos nada para cambiar aquello que nos hastía por otra cosa que nos ilusione, nos plazca o nos beneficie más que lo que tenemos: Los programas televisivos de tertulianos nos estomagan; pero se da el caso de que quienes los dirigen se embolsan bonitamente cifras que ya que las querría para si cualquier político de esos de los que tanto decimos que ganan. Decimos estar más que hartos de nuestros políticos, pero les seguimos votando. Continuamos viendo a unos y otros despellejarse, cuando podríamos estar leyendo, paseando por el campo, estudiando, o, simplemente no haciendo nada de nada. Tirados en la cama, con la persiana bajada y dejando pasar las horas tranquilamente. Entiendo que quien puede ver tertulias, tertulianos, másteres chefs y otros programas análogos es porque disponen de sobrado tiempo para ocupar en asuntos de menor importancia que los de ganarse el sustento. Naturalmente yo no soy nadie, para regañar a la gente ni decirle qué tiene que ver o no ver, hacer o no hacer.

Simplemente me limito a dejar constancia de que, si te quejas por tu vida, tu gobierno, tu oposición o por cualquier otra circunstancia y no haces nada para cambiar, la culpa no es del cha cha cha si no que pasa a ser directamente tuya.
 Somos absolutamente responsables de nuestras decisiones, de nuestras acciones y de las consecuencias de las mismas, porque eso es la libertad. Yo, como votante del actual gobierno soy corresponsable de sus aciertos y desaciertos, de sus logros y sus fracasos y así lo he dejado por escrito aquí mismo. En cambio, no soy corresponsable, porque no le he votado, de las supuestas irregularidades del rey emérito y sólo puedo lamentarme de que el Jefe del Estado de mi país fuese de pedigüeño por el mundo para pagar sus apetencias, gustos y placeres. Supuestamente, señor González, faltaba más

 No basta con expresar nuestro descontento, legítimo descontento, en redes sociales si no hacemos, además algo. para cambiar, en la medida de lo posible nuestra realidad. No podemos cambiar de un día para otro de políticos, ni casi ninguna de nuestras circunstancias, pero sí que es perfectamente posible a corto y medio plazo trabajar en nuestro entorno para mejorar nuestra vida y la de los demás.

 Yo, para empezar, ya hace tiempo que no me quejo de nada en las redes sociales y me limito a compartir las entradas de mis amigos con negocios locales, chistes y música. Que creo que es una forma de hacer un poco más amable la vida de mis agregados a Facebook. No es necesario ser un héroe de los de Marvel, a veces basta con que hagas tu trabajo bien y no te quejes de las cosas que está en tus manos cambiar.