Necesitábamos a Pablo Iglesias

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    Es norma del libro de estilo de esta casa no aplicar el don, salvo casos excepcionales.

     Pero dado que el político al que aludo es vicepresidente del Gobierno de España, le aplico el don. Don Pablo Iglesias Turrión. Político del que en su momento dudé, no de él personalmente, nunca dudé de su integridad personal, si no del movimiento que encabeza, como gran aficionado a la lectura de literatura de intriga, veo intrigas en todas partes.

     Consecuentemente en las primarias voté a quien pensaba que podía alejar el peligro de verlo en el gobierno. Así lo manifesté por escrito en esta casa y en la otra, el periódico de papel Comarca de Alhama, que no sé porque dejó de editarse o si lo sé, no es ahora el momento de contarlo.

     Me equivoqué, como la paloma del poema de Alberti y ahora estoy convencido de que no es sólo el gobierno, o Pedro Sánchez, el que necesita a Pablo Iglesias, sino que es la mayoría de la población española la que lo necesita. Incluso los que le reprochan que se comprara un chalet, un nuevo delito a incluir en el Código Penal: “El que siendo de izquierdas e hiciere pública manifestación de ello, comprare chalets o viviere de forma holgada, será condenado al desprecio de la población y denigrado por los plumíferos apesebrados a sueldo de sus amos”.

     Necesitamos a alguien capaz de enfrentarse, política y legislativamente a todas las políticas austericidas, que ordenadas por una parte de Europa, han depauperado a los españoles, a la sanidad y la educación públicas de los españoles y que, llegados a este momento en el que ahora estamos y, peor aún a la crisis que vendrá o ya está llegando, hacen y harán que todo sea mucho más complicado si se continúan aplicando las recetas de los partidarios del recorte de lo público, de los que odian pagar impuestos porque supone un mínima merma de sus ingresos, de los neo conservadores y de toda la gente pronta a recetar apretaduras de cinturones y mucho trabajo, mal pagado, para los demás, mientras en sus fincas de caza o sus yates se dedican al dulce no hacer nada (en italiano “dolce far niente”, suena mejor”) mientras disfrutan de sus pensiones vitalicias y sus ingresos por pertenecer a consejos de administración varios. Y que conste que no me refiero a nadie en concreto que no sean Aznar y González, paradigmas vivientes de esa gente a la que me refiero.

     Necesitamos que se haga comprender a toda la población que las políticas aplicadas por ese tipo de gente, cuyos dioses son Thatcher, Reagan o Tony Blair, por citar a los más recientes, son las que nos han traído a que el sistema sanitario español, que fue de los mejores, pero nos lo robaron, esté llorando, él, sólo, lo que no fuimos capaces de defender todos. Hacen falta políticas de más gasto público, más subsidios, más renta de ciudadanía, para que todos puedan disponer de algo que llevarse a la boca hoy, y mañana ser capaces de levantar de nuevo sus tiendas, sus bares sus pequeños talleres. Ya escucho al coro de casandras de follargueta (los de fuera de Granada consulten la Granadapedia) gritar hasta desgañitarse, “Anatema, anatema, social comunismo, ruina, hambre”, mientras se rasgan las vestiduras y expelen hiel, espumarajos y mala baba en sus columnas a sueldo. No seré yo quien niegue que esto puede ser cierto a largo plazo, pero como las políticas contrarias nos han llevado a donde estamos, prefiero las que provocan menos dolor a la clase a la que pertenezco, la trabajadora.

     Por tanto, desde aquí ya dejó bien claro que apoyo totalmente a cualquier ley, reforma o iniciativa que, dado que lo de primero crear riqueza y luego repartirla da muy mal resultado, porque se reparte muy mal, fomente el reparto de la pobreza, que es lo que nos espera. Pero una pobreza digna, que permita a cada ciudadano vivir sin penurias económicas y disfrutar de unas sanidad y educación públicas de excelencia, mejor que de calidad. Trabajo, sí, iniciativa privada, sí; pero sin dejar fuera a toda la gente que se va a tener que enfrentar a lo que va a venir sin recursos, económicos, sin trabajo y sin mucha esperanza. No debemos repetir los errores de la crisis del 2008. De aquellos polvos, vinieron estos lodos pestilentes.

     Al que por esto le plazca calificarme de comunista, social comunista o de extrema izquierda, favor que me hace. Por otra parte, todo esto lo tengo escrito ya desde mucho tiempo atrás, pero no es mal momento para repetirlo.




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