¡Pues claro que sí!

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    Mis hijos son míos, mi mujer es mía, mi patrimonio es mío, mi empresa es mía, mi patria es mía.

     Y, por tanto, niego al estado social-comunista el derecho a intervenir en la educación de mis hijos, que son míos, en cómo debo administrar mi patrimonio, a mi mujer, a mi empresa y a mi patria. Y, por supuesto, a mis obreros, que son míos. Niego al estado social-comunista potestad para decir lo que debo o no debo gastar en mis obreros.

     Son cosas sencillas y fáciles de entender La excesiva intromisión del Estado es una rémora para la libre empresa y para la creación de riqueza (nuestra empresa, nuestra riqueza). Afortunadamente algunos de nosotros ya hace tiempo que comprendimos esta verdad y es por eso que toda nuestra producción la realizamos en países en los que se hacen las cosas como Dios manda, mi Dios y, por eso están libres de rigorismos, legalismos y trabas burocráticas que entorpezcan el lícito enriquecimiento de quienes hemos sido designados por Dios para amasar grandes fortunas que demuestran que somos gratos a la gracia de Dios y sus beneficiarios. Dios quiere que seas rico y si no lo eres es porque lo has ofendido gravemente.

     Naturalmente que son necesarias algunas estructuras mínimas del estado para garantizar el Orden y la Ley; pero de ahí a pretender legislar sobre cómo se han de educar mis hijos, sobre todo si se les educa en valores tan contrarios al orden natural y la ley de mi Dios, media un abismo. Nuevamente también aquí se da la perfecta solución gracias a los colegios privados, para los muy pudientes y a los concertados para los de medio pelo, que con las a las contribuciones de las arcas públicas, (no todo en el Estado es malo) ayudan a educar a quienes están llamados a regir, y a aquellos que han de servirlos en esta tarea, en las leyes del Orden, de Dios, del Libre Mercado y de la Patria. Y en el desprecio más profundo a todo lo que signifique igualdad, solidaridad, diversidad o cualquier de esos conceptos de los que piensan que es posible un mundo mejor. ¿Mejor que este?

     Es por eso que, aunque educado como soy, me repele algo la tosquedad y las formas un tanto soeces de esos chicos de Vox, pero me solidarizo con el pin parental. No es de recibo que los hijos de los menestrales, los únicos que van a la enseñanza pública, se eduquen en la creencia de que la libertad, la igualdad, el respeto y la tolerancia a todos, piensen lo que piensen; es lo correcto. Por cierto, hablando de los chicos de Vox, bien que se aprovechan los pillines de los resortes del Estado para vivir sin dar un palo al agua. Mal ejemplo por otra parte.

     Coincido también con los chavalillos del PP y con los residuos de Ciudadanos, ¡que dinero más mal gastado, por cierto ¿en qué es necesaria una incesante campaña de derribo al gobierno que ahora se reúne los martes en la Moncloa? Existe el peligro de que funcione, de que de algunas respuestas que sean del gusto de la chusma, y, por tanto, que se consolide y, lo que es peor, que vuelva a repetir victoria en las próximas elecciones. No es que nada de eso, a mí me preocupe especialmente. A quienes, como yo, tenemos garantizado nuestro futuro, el de nuestros hijos, el de nuestras putas y el de los hijos de nuestras putas lo que puedan hacer o dejar de hacer estos chicos rojillos, realmente nos importa muy poco. Es por una cuestión de elegancia, básicamente. No sé si recuerdan la escena en la que el personaje interpretado por Sídney Poitier le da un guantazo al blanco, protestante, anglosajón y muy rico, delante del policía, cuando le pregunta que, si ha visto eso, el policía responde que sí, ¿y qué piensa hacer?, no lo sé, responde el policía. En ese momento a ese viejo caballero del sur se cae el mundo roto a pedazos. Pues algo así nos pasa a nosotros.

     Desde que ese buen muchacho que fue Felipe González nos alejó del peligro de los comunistas, nunca, jamás, habían entrado comunistas en el Consejo de Ministros. No nos preocupa, pero no deja una sensación rara y desagradable, como si el mundo en el que hemos crecido empezara a resquebrajase un poco. Y no lo podemos consentir.


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