De gastronomía española



Hubo un tiempo, Graníkides, en el cual en las cocinas del Imperio sólo se guisaban lentejas.

 Y no era la actual variedad de lentejas, las que si quieres las comes, y si no las dejas, que eran las lentejas a diario, durante todo el año, durante más o menos cuarenta años. No es que no hubiese garbanzos, habichuelas o cualquier otra clase de legumbres, es que las lentejas eran obligatorias y todo lo demás estaba prohibido; prohibido comer otras legumbres, prohibido hacer proselitismo de los garbanzos, prohibido, reunirse para hablar de judías pintas. Pero no prohibición de multa. Cárcel, muerte o exilio eran las alternativas a quien osase poner en tela de juicio las excelsas bondades de la alimentación a base de lentejas. Nutritivas, con mucho hierro y con dos caras, una al Sol, la otra a la sombra. El no va más.

 Pasó el tiempo y gracias a la presión de quienes desde dentro de España y desde fuera de ella, apostaban por una gastronomía más variada, sana, equilibrada y gustosa se llegó al consenso de ofrecer una carta en la cual tuviesen cabida otras sensibilidades y paladares y entre todas las ofertas que se ofrecian, la gente solía escoger mayoritariamente entre el queso azul o la salsa rosa, que podían acompañar a otros productos a elegir, pero que casi nunca eran elegidos.

 Naturalmente la gente también se hartó de queso azul y salsa rosa alternándose en el plato, de modo que los grandes cocineros de la cocina nacional, observa Graníkides que nunca en el restaurante se ve al cocinero si no a los camareros que ofrecen y sirven el condumio, idearon otras formas de aliñar y componer los guisos con lo cual aparecieron las naranjas barcelonesas, después las berenjenas y, más tardíamente el brócoli que en este caso más que brócoli es las viejas lentejas de siempre con otro marketing. Con esa llegada de nuevos ingredientes lo que se pretendía era romper el enorme desgaste que queso azul y salsa rosa sufrían a la hora de presentar la carta.

 Llegados a este punto, bien sabes, amigo Graníkides, que el pueblo español al que no tienes ni la suerte ni la desgracia de pertenecer (esto es como las lentejas de dos caras, se es español para lo bueno y lo malo), el pueblo español decía es el más rompe-huevos a la hora de escoger plato. Nos dividimos entre los que prefieren la tortilla con cebolla y los que odian la tortilla con cebolla, entre los puristas de la paella valenciana o los partidarios del “arroz con cosas” los que prefieren carne, los que optan por pescado, los vegetarianos, los veganos y las santas madres que nos parieron a todos. Una casa de locos es España a la hora de elegir qué comer, como bien saben los camareros que tiene que atender las comandas. Del café, ni hablamos. Y, con todo, doy gracias cada día por la variedad de comestibles y bebestibles con que hay en España.

 Pues es el caso que, como sabes, en la última quedada nacional para comer todos juntos han sido más los que han pedido salsa rosa con berenjenas y tropezones varios que los que han optado por la mezcla de queso azul, brócoli y naranjas. Comistrajo que debemos comer a diario en Andalucía hasta la próxima quedada autonómica y que a mí me resulta estomagante y me da arcadas, y a mucha gente ya le está ocasionado serios problemas de salud, pero de esto ya hablaremos otro día. Pero me lo como, con lo especialmente repugnante que me resulta el olor del queso azul, me lo como.

 Y en esas estamos a ver que guiso sale de la salsa rosa y las berenjenas con tropezones, y que no va a ser nada fácil aliñarlo porque incluso algunos partidarios de la salsa rosa piensan que el aporte de las berenjenas, de la variedad roja, va dar a la salsa un tono rojo, más que rosa.

 De mí sé decirte, aunque creo que lo sabes, que no soy especialmente aficionado al guiso que pueda salir, pero que cuenta con mi bendición, si es que sirve de algo, igual que contó con mi voto. Porque desde la ventana de Andalucía veo que el queso azul y la naranja con toques de brócoli quieren imponer de nuevo las lentejas obligatorias y el que quiera otra cosa, que la pague de su bolsillo. Y con las cosas de comer no se juega, me ha dicho siempre mi madre, de cuya sabiduría gastronómica jamás he dudado Y cuando lo he hecho me he arrepentido.