No lo llamaré nostalgia

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    El tiempo pasó, ha pasado. Nos ha pasado a todos los que contemplemos en una tele en blanco y negro y en una España gris el primer entierro.

     Una losa de 1.500 kilos sellaba los restos mortales del recién fallecido Francisco Franco y esa losa podía, perfectamente, ser el símbolo de lo que caía sobre las espaldas de todos los españoles en ese 1975. Que era, básicamente, miedo. Unos temían que muerto el dictador las hordas marxistas se hiciesen con el poder, al menos en la calle; otros temían que el Búnker, seguido por el Ejercito se dedicase de nuevo a la caza del rojo, de manera profiláctica. También había, todo hay que decirlo, algunos españoles que pensaban que fuese como fuese el devenir, lo que estaba por venir sólo podía ser mejor que lo que dejábamos atrás.

     Ahora sé, o creo saber, gracias a mis lecturas de la historia de la transición, que todo estaba más o menos preparado para un cambio suave de la dictadura a la democracia. Un cambio auspiciado por los omnipotentes y omnipresentes Estados Unidos y por sectores del Régimen que asumían que, muerto Franco, las cosas no podían seguir igual y contactaron con las fuerzas políticas de oposición más moderada para pergeñar las cosas para transitar del Régimen de Franco a la democracia. No hace mucho apareció publicada en la prensa una reseña de esos contactos de los servicios de inteligencia de Carrero Blanco con dos ilustres protagonistas de la Transición. Felipe y Guerra.

     Naturalmente no salió la cosa al gusto de todos, afortunadamente tanto unos como otros tragaron con sapos poco digeribles: Los franquistas más recalcitrantes con la legalización del Partido Comunista de España y los comunistas, a cambio, se tragaron la bicolor y al Rey. En busca del bien común, de un espacio de convivencia pacífica, más o menos pacífica, en la cual todos los españoles pudiesen habitar sin excesivos sobresaltos. Los socialistas renunciaron al Marxismo tras la “espantá” de Felipe, creo que aún con chaqueta de pana y entre todos nos pusimos a intentar no fastidiarnos los unos a otros más de la cuenta.

     Hubo también quienes no cesaron en sus pretensiones, que no eran la de la convivencia pacífica en una España relativamente habitable, si no la vida idílica de los caseríos y los bosques en una Euskadi soñada. Mucho más soñada que real. Hubo, cierto es, terrorismo de extrema derecha, recuerdo ahora los asesinatos de los abogados laboralistas de Atocha, recuerdo al conserje de la revista El Papus, Juan Peñalver destrozado por un paquete bomba fascista el 20 de noviembre de 1977. Y sé que olvido, pero no voluntariamente, otras víctimas de la ultraderecha española. No nos ha sido fácil llegar hasta aquí y prefiero los sueldazos de los políticos a los balazos de los fascistas españoles o de los terroristas vascos.



     No voy a seguir contando lo que todos sabemos, por haberlo vivido, al menos los que en el primer entierro de Franco teníamos la edad suficiente para darnos cuenta de que vivíamos un momento histórico e irrepetible. Los dictadores se mueren sólo una vez, por muchas veces que los desentierren y vuelvan a enterrar.

     Ahora lo que conviene es que el teniente Daró pueda reposar en un lugar donde sus nietos puedan ir a llevarle flores y, si les apetece enterrarlo con la tricolor sobre el féretro; ahora lo que quiero es que la placa del Grupo de Viviendas “Vivar Tellez” (véase https://alhama.com/digital/myblog/otra-mirada/7929-pervivencia-del-franquismo) sea retirada de la fachada que ocupa, en mi barrio; ahora lo que quiero es que, una vez reubicados los restos de Franco, hagamos lo posible por recuperar el clima de convivencia, tolerancia y respeto que presidió eso que se llama Transición, que dio lugar a la Constitución que, precisamente porque no nos acaba de gustar a nadie por entero, es aceptable por todos, o casi todos, porque siempre habrá gente que piense que se pudo haber hecho mejor. Para unos condenando a los comunistas a la ilegalidad, para otros mandando al Rey de vuelta a Roma.

     Por lo demás bien está lo que bien acaba y lógicamente me felicito de que, al menos en este caso, se hay cumplido la Ley de Memoria Histórica. Las leyes están para cumplirlas si son justas o para intentar derogarlas si no lo son. Tampoco está de más poner al dictador en su sitio, que no es el de quien cayó por una de las dos España, si no de quien murió en su cama.

     No lo llamaré nostalgia, pero mis trece años ya no van a volver, como tampoco lo van a hacer ninguno de los cuarenta y cuatro que hemos vivido desde el primer al segundo entierro del dictador Y que creo que ha merecido la pena vivirlos, disfrutarlos, padecerlos. Porque no tengo la menor duda de que son una de las mejores etapas de la Historia de España. Con todo lo que está cayendo, con la clase política que tenemos, incluida. Es la historia de nuestras vidas, a fin de cuentas.





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