El miedo nos incapacita

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    Se puede llegar a morir de miedo, pero no es habitual hacerlo.

     Lo que sí es totalmente cierto es que el miedo resulta absolutamente incapacitante para llevar una vida que, sin ser maravillosa, porque ninguna vida lo es nunca, sea, al menos, gozosa, serenamente alegre y plena. Tal vez por eso en este tiempo en el que disfrutamos, al menos los del lado bueno del planeta, de muchas más cosas de las que necesitamos de verdad, vivimos mucho peor, tal vez por la economía, que dicen que hace que algunos hijos van a vivir peor que sus padres, tal vez por la fatal situación de que hay trabajadores pobres, es decir, trabajadores cuyo salario no alcanza los poco más de ocho mil euros que parece ser que alejan de la pobreza. Yo mismo, y no me gusta personalizar, soy pobre. Pero lo he sido toda mi vida y no me asusta esa pobreza digna en la que vivo. No he tenido nunca claro que sea compatible ser trabajador y no se pobre, o que esos algo más de ocho mil euros, que resultan ser menos de 600 euros mensuales, sitúen a nadie por encima de la pobreza.

     He escrito líneas arriba que la pobreza en la que vivo no me da miedo, ni me disgusta en exceso, un miedo menos que tengo que afrontar, tampoco tengo miedo a perder un empleo, que no tengo y que de tenerlo seguramente sería como todos los que he tenido: mal pagado y temporal.

     Nos están controlando con el miedo, con los muchos miedos que crean o, que, sin crearlos, aumentan y magnifican prensa, redes sociales y movimientos bien intencionados, eso no lo pongo en duda. Primero fue el miedo a las vacas locas (¿se acuerdan de que íbamos a morir todos con el cerebro hecho gigote?); después fue la gripe aviar, esa en la que pereceríamos víctima de las aves de corral. Ahora es el consumo de carne rojas, o negras o blancas el que pone en riesgo al planeta y nuestra salud. Y los plásticos. No estoy afirmando que no seamos parcialmente responsables de la epidemia de plásticos, pero sí creo que con dejarlos de fabricar y vender se solventaría el problema, mucho más que con poner en nuestro ánimo el miedo a un planeta plastificado. El miedo al cambio climático, el miedo a comer, el miedo a no comer, el miedo a mirar a una mujer, el miedo de una mujer a que la miren, el miedo a los extranjeros, el miedo a los pobres, el miedo a los aranceles, el miedo a las exportaciones de productos que aquí cultivamos, el miedo a no exportar los productos que aquí cultivamos. El miedo a no tener una pensión digna al llegar a la vejez, el miedo a no llegar a la vejez, el miedo, en definitiva, a vivir con miedo.

     Con el miedo controlan nuestra forma de vivir, mucho más que con esas ‘cuquis’ de las páginas que visitamos (el miedo a que nuestra privacidad sea el negocio de Google, Facebook, wasaps…) con el miedo a los extranjeros, los menas, los pobres, nos incitan a votar a partidos de extrema derecha, con el miedo al cambio climático nos piden que votemos a ecologistas y animalistas bien intencionados, no lo dudo.

     En ningún momento quiero afirmar que el cambio climático o el aumento excesivo de plásticos y emisiones de gases nocivos no sea real. Lo que sí pretendo es invitar o al menos invitarme yo mismo, a hacer frente a todos esos miedos mediante la información adecuada sobre esos peligros, la serena reflexión y las iniciativas que hace años que llevo practicando y aconsejando por aquí: Disfrutar responsablemente de los bienes necesarios, pero no caer en el consumismo que, desde siempre es una de las cadenas que nosotros mismos hemos forjado y nos ponemos. Uso del trasporte público mucho más que del privado, reciclado de plástico, vidrio y papel y cartón, una dieta lo más equilibrada y completa posible “coma de todo, pero poco, y ande mucho” me recetó, receta oral, una vez mi médico de atención primaria. Y sobre todo aceptar buenamente que no tenemos en nuestras manos de ciudadanos de a pie la solución a problemas que, desde luego, no hemos creado nosotros como consumidores de los productos que nos venden, nos impone, más bien. Más allá, claro, de la responsabilidad de aceptar o no el consumismo, más allá de aceptar o no vivir con miedo a la vida, con miedo al miedo.

     Ahí cada uno es responsable de la actitud que asuma y del resultado de la misma. Pero creo que vale la pena intentar vivir con menos, menos consumo, menos odio, menos resentimiento, menos envidia y menos miedo. Seguro que nuestro cuerpo nos lo agradece. Y nuestra mente.



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