Yo confieso

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    Confieso que soy el culpable de la situación de la política (con minúscula) española.

     Tras lo que se veía venir de lejos, que esta gente es incapaz de ponerse de acuerdo en casi nada, el coro de los lamentadores lanza los insultos y descalificaciones de siempre. Por una parte, el actor principal en esta baja comedia, nada que ver con el género de Alta Comedia de cine estadounidense de los años cuarenta, achaca a los secundarios el fracaso, a lo que éstos le recuerdan que, en 2016, en análoga situación Pedro escribió "La responsabilidad de que el señor Rajoy pierda la investidura es exclusiva del señor Rajoy por ser incapaz de articular una mayoría”. El más elegante ha sido Rufián que ha dicho que los “ciudadanos están hasta las narices, hasta los bemoles de nosotros”, hasta los bemoles y hasta los sostenidos pasando por todas las escalas, mayor, menor y pentatónica, afirmo.

     Pero yo confieso que lejos de hacerme el ofendido no me asombro de lo que hay, confieso que yo he votado, y quien me siga más o menos sabrá que no ha sido al animal tricéfalo cuyas tres cabezas miran a la derecha. Me da igual, soy culpable igualmente de, sabiendo que votaba a gente con poca capacidad de llegar a acuerdos, haberles votado. No ignoro mi responsabilidad, en cuanto votante, de lo que ocurre, antes bien la asumo totalmente. Están ahí, conduciéndonos a otras elecciones gracias a mi voto.

     Y lo que es peor, seguiré votando a los mismos, si es que no se presentan otros mejores, y lo haré a sabiendas de que tampoco va a servir para mucho, me temo. Y no, no soy tonto, ni me gusta que me tomen el pelo.

     Ocurre, simplemente que es o esto, es decir, votar, equivocarse, volver a votar, volver a equivocarse, o gobiernos militares, como las dictaduras americanas del cono Sur. O es esto o es la dictadura de los soviets, o todas las dictaduras de izquierdas, que lo peor que tienen no es que falten libertades y derechos humanos si no que nos tratan como a niños, como a seres carentes de raciocinio, incapaces de decidir por nosotros mismos. Y nos impiden, por nuestro bien, votar. Escribir y publicar con libertad, opinar sobre casi todo sin más cortapisa que las leyes y el respeto a la verdad y los lectores. Sin políticos de derechas, de izquierdas, de centro, incluso de extrema derecha, no hay nada de eso. Hay desaparecidos, hay campos de exterminio, hay campos de reeducación, campos de trabajo, censura, gente enterrada en cunetas. Y, lógicamente entre el perfil de un señor vegetariano, que amaba a su perro y su canario, adoraba la música clásica y siempre cumplió sus promesas políticas o el de otro señor que un día dice que, con Pedro, nunca, para anteayer mismo decir aquello de “en política nunca, quiere decir hasta mañana”. Lógicamente prefiero al señor Rivera, que al perfil del primer señor que describe a Hitler. Para que no se me enfaden los lectores más de derechas, tampoco el señor Iósif Vissariónovich Dzhugashvili, más conocido como Stalin, me cae mucho mejor que el pequeño pintor de brocha gorda, creo que alguien llamó así a Hitler. Por mucho que hace poco le dedicase una mirada.

     Es decir, que por muy mediocres que sean estos políticos, siempre existe la posibilidad de no votarles, de cambiar el sentido del voto, de votar nulo o de votar cagándose en sus muelas. A eso nos invitan el próximo día diez de noviembre. Y creo que voy a ir al colegio que me toque a depositar mi voto, porque ese voto es la garantía de que pueda seguir escribiendo lo que me dicten los bemoles y los sostenidos.

     Además, sin políticos ineficaces, ¿de qué vivirían periodistas de opinión, humoristas gráficos y otra serie de gentes de eso tan bonita que se dio en llamar en los tiempos del general Franco, “la prensa canallesca y atea?

     Sigamos votando a políticos ineficaces, lenguaraces, mentirosos, mentecatos y corruptos o de lo contrario acabaremos en la República de Platón, que por muy republicano que seas, seguro que no te iba a gustar vivir en ella.

     Si, ya sé que sería mejor votar a políticos eficaces, veraces, inteligentes e incorruptibles. Lo hacemos en cada lista que votamos, nunca hay que confundir a los líderes, con la mayoría de la Clase Política (con mayúscula) a la que he defendido y seguiré defendiendo y que ha sido la artífice de la mejor época de nuestra historia, la de la democracia.




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