Periodismo libre


Por lo leído, ayer fue el día mundial de la libertad de prensa, y, como en el día de la madre, el padre o el amor creo que todos los días deben ser el día del periodismo libre.


 De medios escritos, hablados o televisados libres, independientes y honestos al servicio de la verdad al menos, de lo más parecido a la verdad posible. Pero basta reflexionar algo sobre el asunto para llegar a la conclusión de que andamos por España bastante lejos de ese periodismo. Si es que alguna vez hubo en algún sitio ese tipo de periodismo. Cada periodista que escribe para ganar la nómina, escribe lo que quiere con total libertad, siempre que lo que escribe coincida con la forma de pensar de quien paga esa nómina.

 Pero eso es lo de menos. Siempre ha sido así, desde el inicio del periodismo y no vamos a cambiarlo nosotros ahora. Lo peor de todo es que por mucho que los pocos periodistas honestos que quedan, aquellos capaces de reconocer que no son neutrales y de reconocer abiertamente de que pie cojean, se esfuercen en escribir noticias veraces, contrastadas y verificables, basta con un sólo bulo en las redes sociales para que la verdad, o aquello que más se parezca a la verdad, quede sepultado bajo un alud de comentarios, comparticiones y exageraciones. El público está dispuesto a creer lo que refuerza lo que ya cree y a ignorar, lo que se opone a su creencia con un espíritu totalmente acrítico. Y si el público cree que los caudales públicos se van en mantener en la riqueza, el ocio y la abundancia a los extranjeros; y a los españoles se nos niega el pan y la sal, poco se puede hacer para erradicar ese pensamiento alentado por redes sociales y almas xenofóbas.

 Pero es que además, creo que ya lo dijo Larra, el público no lee, ahí están los periódicos de papel, cada vez más desatendidos del lector, que se contenta para su información con lo que rebaña de las noticias de las redes sociales, los rumores difundidos por el wasap y, como mucho en Granada, que es lo que tengo más cerca, la apresurada lectura de los titulares del decano de la prensa de los bares granadinos, en los cuales parece obligatorio además de la tapa contar con el diario al cual me refiero y que no quiero nombrar, pero al cual todos podemos poner nombre. No se leen periódicos y no se contrasta suficientemente lo poco que se lee. Pero eso no nos impide opinar sobre Dios y el Diablo, sobre lo divino y lo humano, sobre jueces, juicios, sentencias y sobre todo aquello de lo que carecemos, yo el primero, de la más mínima información. Y no seré yo el que abogue por que se ponga fin a esa práctica de opinar libremente sobre lo que se tercie. Que ya vivimos otra época en la cual para hablar de ciertas cosas había que mirar a derecha e izquierda, delante y detrás, para verificar que no o hubiese quien escuchase por la vecindad y bajar la voz. Me alegro por tanto de que ahora podamos gritar en voz bien alta lo primero que se nos pase por el ánimo, las meninges y la faringe. Por mucho que lo que gritemos sean ¡vivan las caenas! O, ya sin gritar “El PP no está tan mal como dicen”.

 Ciertamente cada uno puede y debe opinar con total libertad, luego está nuestra labor de lectores de intentar contrastar lo leído, u oído por otros medios de los que dispongamos y, una vez realizado el esfuerzo que eso conlleva, ver el grado de credibilidad que se otorga a la información, la propaganda, la desinformación o la deformación de la realidad que se nos ofrezca.

 De mí sé decir que como obtengo mis medios de subsistencia gracias a la generosidad del gobierno del PP, como oportunamente me recordó, en mi calidad de pensionista, Rafael Hernando, no debo de acudir al mercado cada día a poner en alquiler mi pluma y escribo lo que pienso con total libertad y honestidad, lo cual, en modo alguno, implica que presuma de escribir La Verdad. Como mucho escribo lo que yo pienso que es la verdad, o que se aproxima más a la verdad. Que tal y como están las cosas y los medios de comunicación tampoco está tan mal.