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El jardín de las preguntas

Había una vez un viajero que escuchó un rumor extraño, en la cima de una montaña existía un jardín donde crecían las respuestas, decían que quien encontraba el árbol concreto comprendería el sentido de la vida, el destino, el amor, la muerte y el tiempo.

Después de muchos años de camino, llegó al jardín, era inmenso, silencioso y estaba lleno de árboles distintos. Cada uno llevaba una placa.

 ¿El primero decía “quién eres?”.
 El viajero sonrió, aquella era una pregunta demasiado sencilla. siguió adelante.

 El segundo decía” ¿qué desea realmente?”, también lo ignoró, él había venido por las grandes respuestas, no por preguntas tan personales.

El tercero preguntaba.
–¿Qué haría si supieras que nadie te recordará?, el viajero sintió un leve escalofrío, continuó caminando hasta llegar al centro del jardín, allí encontró un anciano sentado junto a un árbol sin hojas.

    • He venido por las respuestas, dijo el viajero.

El anciano negó con la cabeza. 
    • Aquí no crecen respuestas.
    •  pero todos hablan de este lugar.
    •  Es cierto, solo que nunca escuchas la historia completa, aquí crecen preguntas.

 El viajero se enfadó. 
    • He cruzado desiertos para hacer preguntas que ya conocía.
 El anciano sonrió.
      - no, has cruzado de cierto creyendo que las conocía.
 entonces le entregó una semilla.

     - ¿Qué es esto?
     -La pregunta que te corresponde.

 El viajero la observó, pero la semilla estaba en blanco.
     - No dice nada.
     - Porque todavía no has vivido suficiente para leerla.
 confundido, emprendió el regreso.

  Con los años amó, perdió amigos, vio nacer a una hija, enterró a sus padres, fracasó en proyectos que creía imprescindibles y descubrió alegrías diminutas, el olor de la lluvia, una conversación sincera, el silencio compartido.

  Una noche recordó la semilla, la sacó del bolsillo, ahora aparecían unas palabras.
“¿Qué significa haber vivido bien?”.

  No encontró respuesta, pero por primera vez no sintió frustración y la plantó.

  Pasaron meses hasta que brotó un pequeño árbol, cada primavera cambiaba de pregunta.

  ¿Qué puedes ofrecer que no pueda comprarse?, “cuánto de tu miedo llamas destino?”,   “¿ cuántas veces confundiste conformidad con felicidad?”, “¿ perdonar cambia el pasado o libera el futuro?”, “¿ que permanece cuando desaparecen los títulos, el dinero y aplausos?”.

 El árbol nunca daba respuestas, sin embargo, el hombre notó que cada vez que se atrevía a vivir una pregunta, cambiaba su manera de mirar el mundo, descubrió que el destino no era un camino dibujado de antemano, si no la figura que aparecía al unir miles de decisiones pequeñas.

 Encontró al mismo guardián que parecía no haber envejecido.

    • Ahora entiendo, dijo el viajero.
      - ¿Encontraste las respuestas?
 El anciano sonrío.
    •  No.
    •  entonces, ¿qué encontraste?

 El hombre miró al horizonte.
      - descubrí que las preguntas importantes no existen para ser respondidas. 

El anciano se levantó.
    •  Ahora puedes ver el último árbol.
 Detrás del jardín había un árbol inmenso, invisible para quien llegaba por primera vez, en su tronco solo había una pregunta.

“¿Cuándo llegué el último día, podrá decir que viviste según tus propias respuestas y no según las de otros?

  El hombre cerró los ojos y no respondió, porque comprendió que esa pregunta solo podía contestarse viviendo el resto de su vida.  y cuentan que, desde entonces cada persona que sube aquella montaña, no vuelve con una verdad absoluta, sino con una pregunta nueva y quizás sea el mayor regalo de la existencia, no porqué la vida nos entregue todas las respuestas, sino porqué nos enseña a formular las preguntas capaces de convertirnos en quienes estamos llamados hacer.

Un relato de Rita Muñoz Cervantes

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