
Dicen que el Aburrimiento no siempre fue un enemigo. Hubo un tiempo en que era pequeño, casi invisible, y caminaba de la mano de las personas como un viejo amigo silencioso.

Se sentaba contigo cuando no había nada que hacer. No hablaba, no distraía, no ofrecía respuestas rápidas. Solo estaba. Y en ese estar, algo curioso ocurría: la mente empezaba a moverse.
Al principio, incomodaba. Era como un vacío. Pero si uno no huía, ese vacío comenzaba a llenarse solo. Aparecían ideas, recuerdos olvidados, preguntas raras, historias que nadie había contado. El Aburrimiento, sin saberlo, sembraba cosas.
Por eso lo llamaban —aunque pocos lo entendían— el Sembrador.
En aquellos tiempos, los niños inventaban mundos con una piedra y un palo. Los adultos encontraban soluciones mientras miraban el cielo. Las canciones nacían en silencios largos, y los sueños crecían en tardes sin rumbo.
Pero entonces llegó el Ruido.
No vino de golpe. Primero fue un susurro: pantallas pequeñas que prometían compañía, distracción inmediata, respuestas sin esfuerzo. Luego crecieron. Se hicieron más brillantes, más rápidas, más insistentes. Traían historias hechas, risas enlatadas, mundos ya construidos donde no hacía falta imaginar nada.
La gente dejó de sentarse con el Aburrimiento.
Cada vez que él se acercaba, alguien encendía una pantalla. Cada vez que intentaba quedarse, era expulsado por un flujo infinito de imágenes, sonidos y notificaciones. Ya no había silencio suficiente para que sembrara.
El Aburrimiento empezó a marchitarse.

Y aquí comienza nuestra historia:
Aquella noche, Ana no podía dormir.
—Papá… me aburro.
Su padre sonrió en la penumbra, como si hubiera estado esperando esa frase desde hacía tiempo, como si en ella se escondiera algo importante.
—Entonces esta es la noche perfecta —dijo, acomodándose a su lado—. Voy a contarte algo importante: el día en que el aburrimiento murió… y por qué quizá no fue una buena noticia.
Ana frunció el ceño.
—Eso no tiene sentido. ¿Cómo va a morirse algo así?
—Eso creímos nosotros también —respondió él con calma.
Se acomodó mejor, como quien se dispone a contar algo que no cabe en una explicación rápida.
—Hubo un tiempo, Ana, en que el Aburrimiento no era un enemigo. No nos gustaba demasiado, claro… pero tampoco huíamos de él. Aparecía en las tardes largas, en los viajes sin distracciones, en los silencios incómodos.

Ana lo miró con curiosidad.
—¿Y qué pasaba?
—Continuó el padre—. Al principio molestaba. Era como un hueco en el pecho, como no saber qué hacer con uno mismo. Pero si te quedabas… si no salías corriendo… ese hueco empezaba a llenarse.
—¿De qué? —susurró ella.
—De cosas tuyas. De ideas, de preguntas, de historias. El Aburrimiento era como un sembrador invisible. No traía nada hecho… pero dejaba semillas.
Ana hizo una mueca.
—Ya… pero esto es distinto. Es aburrimiento de verdad.
Y, casi por reflejo, alargó la mano hacia el móvil de la mesilla.
El padre no se lo quitó.
—Claro que es de verdad —dijo—. Por eso sirve.
La mano de Ana dudó un instante… y luego tomó el móvil.
La pantalla se encendió: luz, colores, movimiento.
Tres segundos.
Lo apagó.
—No me apetece eso —murmuró, dejándolo boca abajo.
El padre sonrió apenas.
—Y poco a poco —siguió— dejamos de soportar ese momento. Inventamos un mundo donde nunca más tuviéramos que sentirlo. Pantallas, sonidos, historias listas. Cada vez que el Aburrimiento se acercaba… lo expulsábamos. No dejábamos tiempo para el Aburrimiento.

Ana miró el móvil.
—¿Como esto?
—Exactamente como eso.
Hizo una pausa.
—Y el Aburrimiento se fue quedando sin lugar. Nadie lo escuchaba. Nadie se quedaba el tiempo suficiente con él. Se volvió débil… pequeño… hasta que un día desapareció.
Ana abrió los ojos.
—¿Y entonces todos fueron felices?
El padre soltó una pequeña risa.
—Eso creímos. Pensamos que éramos libres porque podíamos elegir entre miles de cosas… pero eran elecciones engañosas, porque todo ya estaba hecho.
Ana lo miró sin entender del todo.
—¿Y qué perdimos?
El padre la miró con suavidad.
—Perdimos el camino hacia nosotros mismos.
La habitación quedó en silencio.
—Porque cuando nunca te aburres —continuó— nunca te ves obligado a escucharte. Nunca te haces tus propias preguntas. Nunca inventas desde cero. Solo eliges entre lo que otros ya imaginaron.
Ana bajó la mirada.
—Entonces… ¿somos un poco prisioneros?

El padre asintió lentamente.
—A veces, sí. Prisioneros de un ruido constante que nos hace creer que estamos viviendo mucho… cuando en realidad apenas nos dejamos estar.
El ruido no solo distrae —añadió después—. También engaña. Nos hace sentir que somos libres porque todo está disponible, porque todo responde, porque todo entretiene. Pero esa libertad es superficial. No nace de dentro, sino de fuera. Y cuando todo ya está dado, elegir deja de ser libertad… y se convierte en inercia.
Ana escuchaba en silencio.
—Por eso el aburrimiento asusta tanto —dijo él—. Porque cuando el ruido se apaga, ya no hay dónde esconderse. Y aparece la única libertad que no se puede fingir: la de empezar a crear desde cero.
Silencio.
Uno de esos que ya no piden huir.
Ana se movió un poco.
—Papá…
—¿Sí?
—Sigo aburrida.
—Bien.
—¿Bien?
—Muy bien.
Ana resopló.
—No le veo lo bueno por ningún lado.
—No tienes que verlo todavía —respondió él—. Solo quédate un poco más.

El tiempo pasó sin prisa.
La oscuridad, la respiración, el techo.
Y algo, muy lentamente, empezó a cambiar.
—Papá…
—Dime.
—Creo que está pasando algo raro.
—¿Ah, sí?
—Es como si mi cabeza… empezara a hacer cosas sola.
El padre no respondió enseguida.
—Suele pasar cuando no la interrumpes.
Ana se incorporó un poco.
—Se me ocurrió una historia.
—Cuéntamela.
Dudó, como si aún no supiera si era suya o le estaba siendo entregada.
—Va de una ciudad donde las sombras se escapan por la noche… y una niña tiene que salir a buscarlas antes de que el sol las borre para siempre.
El padre cerró los ojos, satisfecho.
—Entonces no murió.
—¿Quién?
—El Aburrimiento.
Ana volvió a tumbarse. Esta vez el techo ya no estaba vacío.
—Papá…
—¿Sí?
—Creo que lo entiendo un poco.
—No hace falta entenderlo del todo.
—¿Entonces?
—Solo vivirlo.
Ana sonrió.
Y sin darse cuenta, se quedó dormida imaginando sombras corriendo por calles silenciosas.
A la mañana siguiente, escribió su primera historia.
La misma que acabas de leer
Reflexión
A veces creemos que el aburrimiento es un enemigo, cuando en realidad es una puerta.
Una puerta incómoda, sí. Una que no tiene colores brillantes ni promesas inmediatas. Pero detrás de ella no hay vacío… hay encuentro.
El problema no es aburrirse. El problema es no darnos el tiempo suficiente para atravesar ese momento en el que no pasa nada… para descubrir que, en realidad, ahí empieza a pasar todo.
Porque cuando evitamos el aburrimiento constantemente, evitamos también escucharnos, preguntarnos, inventar.
Y sin darnos cuenta, dejamos de crear nuestra propia historia… para vivir dentro de las historias de otros.
Quizá la verdadera libertad no está en tener siempre algo que hacer…
sino en poder quedarnos quietos el tiempo suficiente como para descubrir quiénes somos cuando no estamos huyendo de nosotros mismos
Quizá por eso, de vez en cuando, no estaría mal hacer algo aparentemente inútil:
Quedarnos.
Sin huir.
Sin llenar el silencio.
Y permitir que, en ese espacio, vuelva a aparecer lo más importante:
Nosotros mismos.