
Había una vez un pequeño valle donde vivía un rebaño muy unido. Su pastor había sido un hombre bueno, paciente y atento.

Conocía a cada oveja por nombre, sabía cuáles preferían la sombra y cuáles buscaban siempre el sol, cuáles necesitaban descanso y cuáles disfrutaban caminar un poco más. Bajo su guía, los animales crecían fuertes, daban buena lana, leche abundante y lo seguían con confianza a cualquier sitio.
Un día, este pastor decidió irse a estudiar a otro pueblo para aprender nuevas formas de cuidar a su rebaño. El valle, entonces, recibió a un pastor nuevo.
Este nuevo pastor había oído que el rebaño era dócil y fácil de manejar. Por eso, el primer día tomó su bastón y quiso dirigirlos por un camino distinto al que estaban acostumbrados. Pero el rebaño, fiel a su memoria y a su ritmo, jalaba para donde siempre iban. El pastor, impaciente, empujaba para el lado contrario.
Los animales comenzaron a confundirse.
Los más viejos murmuraban entre ellos:
— ¿Es que nadie le dijo que un rebaño contento produce mejor carne y leche?
— ¿No sabe que un rebaño feliz sigue a su pastor sin necesidad de golpes?
Incluso los perros pastores, que tantos años habían guiado y protegido al grupo, intentaron advertirle. Le mostraban con ladridos y movimientos cómo mantener la armonía, pero el pastor no les prestaba atención. Estaba convencido de que él ya sabía suficiente.
Poco a poco, el rebaño empezó a revelarse. Algunos se alejaban, otros se detenían, otros simplemente ignoraban las órdenes. Para ellos, era incomprensible que el pastor no permitiera pastar en el lado soleado de la loma, donde cada mañana calentaban sus cuerpos para espantar el frío. Y aún más incomprensible era que ignorara a los más jóvenes y dejara de atender a los más viejos, que tanto necesitaban cuidado.
El pastor, frustrado, no entendía por qué ese rebaño —del que le habían dicho maravillas— no obedecía como él esperaba.
Un amanecer, mientras el valle todavía estaba cubierto por la bruma, se sentó en una roca y suspiró. Observó al rebaño temblar de frío lejos del sol, vio a los mayores caminando con dificultad y a los pequeños sin guía ni aliento. Por primera vez, escuchó sus balidos con verdadero interés.
Entonces comprendió:
- No era un rebaño difícil.
- Era un rebaño que necesitaba ser escuchado.
Incluso el mejor campo y el mejor pasto no sirven si no se mira el corazón de quienes lo habitan.
A partir de ese día, el pastor decidió aprender del rebaño, de los perros pastores y del valle mismo. Con el tiempo, el rebaño volvió a confiar, volvió a ser fuerte y a caminar —no donde el pastor los empujaba, sino adonde todos podían avanzar juntos.
Porque un buen pastor no se impone: acompaña.
Y un rebaño contento siempre encuentra el camino correcto.
Moralejas
- Quien guía con escucha y empatía construye confianza; quien intenta imponer sin comprender, solo genera resistencia.
- Un buen liderazgo no se ejerce desde la fuerza, sino desde la atención a las necesidades de quienes nos siguen.
- Antes de juzgar el comportamiento de otros, conviene entender lo que necesitan y lo que han vivido.
- El conocimiento se vuelve sabiduría solo cuando se combina con sensibilidad y respeto.
- La armonía se logra cuando se acompaña, no cuando se obliga o se prohíbe.
- Cada grupo —humano o animal— prospera cuando se siente visto, escuchado y cuidado.