Una ráfaga helada

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    Manuel, un hombre con aspecto de clase trabajadora y temeroso de quien, seguro de su honradez sabe que a veces eso no es suficiente en esa España de valores “imperiales”.

     Una tarde de primavera de 1959 Manuel rebuscaba en sus bolsillos a ver si aparecía alguna moneda más que sumar a las pocas pesetas que tenía en su monederillo. Estaba haciendo la mili como celador en un hospital militar cualquiera y calculaba si le llegaría para un par de vasos de vino cuando, al acabar su guardia saliera de paseo, con los que atenuar el tedio, la soledad y, sobre todo, esa sensación de estar perdiendo el tiempo absurdamente mientras llegaba el momento en que le dieran “la verde”.

     En ese momento llega a la puerta del hospital, donde se halla Manuel, un hombre con aspecto de clase trabajadora y con ese ademán humilde y temeroso de quien, seguro de su honradez sabe que a veces eso no es suficiente en esa España de valores “imperiales”.

    El hombre comienza a hablar con tono suplicante:
    - Buenas tardes, no sé si aquí podrán ayudarme.

    Manuel le contesta:
    - Buenas tardes, buen hombre, yo sólo soy un simple soldado, pero cuénteme qué necesita y entraré a hablar con alguien que tenga más capacidad de decisión que yo.

    - Verá, tengo un hijo gravemente enfermo y llevo toda la tarde buscando el medicamento que necesita, que es muy caro y yo tengo poco dinero, en algunas farmacias que me conocen no lo tienen y en dónde no me conocen, lógicamente, no me fían. Estoy desesperado, quien podría prestarme no quiere y quien querría no puede. No se me ocurre otro sitio donde pueda ir y he llegado hasta aquí como última opción.

    Manuel, conmovido por las palabras del atribulado padre, intenta tranquilizarlo:
    - Deme la receta y espere aquí un momento. Yo lo dejaría pasar, pero no me lo permiten. A ver si puedo hablar con alguien que pueda ayudarle.

     Entra mientras va pensando a quién podría exponerle el problema de ese hombre humilde por el que enseguida sintió esa empatía propia del que sabe lo que cuesta ganarse el pan. El médico de guardia (era un hospital pequeño y sólo había uno) había tenido una operación urgente durante la noche, así que mejor no molestarlo y exponerse a un broncazo. Ingenuamente se le ocurre que el capellán, en aplicación de los preceptos cristianos, lo ayudará, si está en su mano, de modo que llama a la puerta de su despacho:
    - Da usted su permiso, mi capitán.
    - Adelante.

     Manuel entra y en pocas palabras resume el problema. Se encuentra con una mirada dura y despiadada como nunca ha visto en su vida:
    - No vuelva a molestarme jamás con pequeñeces. Aquí estamos para ayudar a militares y sus familias y no podemos despilfarrar ese medicamento tan caro con quien no tiene derecho a él, da igual si lo tenemos o no, eso no es de su incumbencia. Dígale a ese hombre que no podemos ayudarle.

     Manuel siente cómo una ráfaga helada le atraviesa el alma. Siente miedo, ira, impotencia. Miedo, no del capellán, sino del demonio que éste esconde en su alma. Desearía darle una lección de verdadero cristianismo a ese ser que se atreve a llamarse ministro de Dios, pero sabe que eso en nada va a ayudar al pobre hombre que espera en la puerta y que podría conducirle a él mismo a uno días de calabozo, en el mejor de los casos, de manera que opta por lo más sensato:
    - Disculpe, mi capitán, yo sólo he intentado ayudar.
    - Usted no es quien para intentar ayudar a nadie, limítese a cumplir órdenes. Retírese.
    - A sus órdenes, mi capitán.

     Mientras se dirige a donde le espera el acongojado hombre, sigue temblando de impotencia. Avergonzado dice:
    - Lo siento mucho, buen hombre, pero me han dicho que no pueden hacer nada por usted.

     No quiere contarle las verdaderas palabras que lo han fustigado. Lee en sus ojos que se las guardaría para él, pero eso sólo aumentaría su abatimiento.

     El hombre, al borde de las lágrimas, responde:
    - No se preocupe, usted ha intentado ayudarme. Gracias.

     Manuel piensa que ese hombre no puede irse absolutamente de vacío. Saca del monedero lo poco que tiene.
    - Tome, es poco, pero es todo lo que tengo. Le servirá de una pequeña ayuda.
    - No, por favor, ya se ve que es usted de familia trabajadora, no puedo aceptarlo.
    - Cójalo, no se preocupe por mí. Dentro de unos días mandarán un giro desde mi casa. (No esperaba ninguno, ni dentro de unos días ni en todo lo que le quedaba de mili).
    - Bueno, se lo acepto, si no llega para el medicamento, bastará por lo menos para los avíos para una sopica para el niño. Muchísimas gracias y que Dios le bendiga.
    - De nada y que su hijo se cure.

     El hombre, esboza una medio sonrisa triste y mientras se aleja piensa que ese soldado, de condición humilde, pero, a todas luces de gran corazón, ha intentado abrir una rendija en una puerta demasiado pesada. Como suele ocurrir, los desposeídos son los que al final prestan la ayuda que pueden.

     Manuel, mientras lo ve marcharse, piensa que esas pocas pesetas son mucho más útiles convertidas en un caldo para la criatura que en un poco de vino para él.

     Manuel no era consciente de ello, pero había visto, no el corazón de las tinieblas, sino la tiniebla más absoluta en el corazón del capellán. El frío que sus palabras metieron en su alma nunca se fue del todo, pero hay mucha diferencia entre tener frío en el alma y tener un alma fría. Manuel, a quien nunca se le borró del todo la pena que sintió por el abatido padre ni el desprecio que le causaba el capellán, le contaba, de vez en cuando, esta y otras historias a sus hijos. Algunas duras, otras, menos duras, alguna que otra alegre, pero todas aleccionadoras.

     Nota del autor: Este mini relato está basado en hechos ciertos, pero recreados con suposiciones que, probablemente, también son ciertas. Por supuesto, el capellán es un caso aislado. Que cada cual lo extrapole o no, a su criterio.

    Prudencio Gordo Villarraso.



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