
Un dicho que cobra sentido con los años.

Hay por ahí un dicho muy nuestro, que escuché por primera vez, cuando apenas tenía 8 años. Es decir, cuando aún estaba en mi plena infancia. Que no entendí entonces y que tardé todavía bastantes años en entender. El dicho era tan escueto y simple, como: “De abuelos ricos, nietos pobres”. Y yo me decía: - “si esto no puede ser. Mi abuelo es pobre y yo soy pobre, pero el abuelo de mi amigo Manolo es rico y él también es rico. ¡Pues anda que los helados de la Catalina que le compraba su abuelo todos los domingos, de los de dos pesetas…! Y a mí el mío, sólo alguna fiesta de guardar y de dos reales.
Después me olvidé del dicho y no volví a escucharlo hasta después de estar licenciado del servicio militar. El usuario del dicho, del que luego lo escuché decenas de veces, ya casi como un latiguillo, lo conocíamos como Paquito “El Lojeño”, agricultor y comerciante del pueblo, con poca escuela (como la gran mayoría en aquel tiempo), pero con mucho ingenio inteligente y mordaz ironía. No era éste el único pensamiento que sintetizaba con un dicho tan escueto y acertado. Era amigo mío y le escuché otras sentencias tan rotundas y sarcásticas, como: “no pidas a quien pidió, ni sirvas a quien sirvió”; “ave que vuela, a la cazuela”; o “el que fue servilleta antes que mantel, no te fíes de él”.

El cambio de la agricultura y el destino de los jornaleros
Se iniciaba entonces el cambio paulatino, pero radical en El Llano, de transformación al regadío. Desde 1958, con los Planes de Estabilización Económica de los nuevos tecnócratas del gobierno y el desarrollismo posterior, se llegó al fin del proteccionismo y de la autarquía, dejando al campo en una delicada situación de incompetencia de precios en el mercado libre.
La solución para los grandes propietarios y latifundistas, fue la rápida mecanización, con subvenciones públicas, de esa agricultura. Esto tuvo un fuerte doble efecto; por un lado recuperó su capacidad competitiva al disminuir drásticamente los costos en mano de obra y por otro arrojó al paro a cientos de miles de jornaleros del campo, que hubieron de emigrar masivamente a los centros fabriles que en el norte y noreste de España, se abrieron a una nueva realidad.
En El Llano, las cosas transcurrieron de forma ligeramente diferente: la composición de minifundio en la estructura de distribución de la tierra y la ausencia de grandes propietarios, impedía una mecanización eficaz, que nunca se dio, aunque llegara a beneficiarse del uso de cosechadoras o tractores. El resultado fue que el cereal en El Llano, y todos los cultivos de secano, dejaron de ser competitivos, ya que tampoco podían costear mano de obra ajena, con lo que en los años sesenta, cientos de jornaleros quedaron en el paro.
En El Llano, ante esta situación, los pequeños y medianos agricultores, inician la transformación al regadío, en la modalidad de huerta, en una coyuntura muy favorable a los nuevos hábitos de consumo y cambio de costumbres dietéticas. Apostaron con sus escasos recursos, por la nueva agricultura y hoy regentan empresas prósperas y modernas del sector de la horticultura, con cooperativas y empresas de comercialización competitivas y bien estructuradas.
Los mayores propietarios del Llano, esperando superar lo que suponían una crisis pasajera, tardaron demasiado en reaccionar con la transformación de sus tierras al regadío, llevándolos en ocasiones a una crisis económica definitiva.
Mientras tanto, los jornaleros más avezados, se lanzan a la emigración masiva a Europa o interior: País Vasco, Cataluña, Madrid o la Costa del Sol. Bastantes, con suerte y tesón, hicieron allí fortuna y sus hijos (los nietos de aquellos jornaleros que vivieron la miseria y privación total de los años de posguerra), gozan hoy de un nivel de vida más que aceptable y muchos, incluso prosperaron espectacularmente en la construcción, la logística, la enseñanza o en su aventura al extranjero.

Setenta años después, el dicho vuelve a cumplirse
Setenta años después, parece que de nuevo podamos verificar en El Llano, aquel viejo y eterno dicho de mi amigo Paquito “El Lojeño”: “De abuelos ricos, nietos pobres”. Los nietos de aquellos jornaleros que en los años cincuenta y anteriores, con los de los modestos y pequeños agricultores a los que tampoco “llegaba la sal al agua”, se empeñaron con energía en transformar su paupérrima situación económica y con tesón e ingenio, lograron traer la prosperidad a su familia.
Dentro de una prosperidad al alza generalizada, quizás los hijos y nietos de los más acomodados de aquellos tiempos, se confiaron en exceso y no pusieron suficiente empeño en su progreso económico y profesional. A poco que demos un repaso generalizado por la realidad social del Llano, podremos ver que, los mayores contribuyentes a la Hacienda Pública de hoy no se corresponden con los hijos o nietos de los propietarios mayores de hace 70 años.
Juanmiguel.
Vídeo didáctico-narrativo