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“Es que he tenido que llevar la burra al borrico”

El cura, fingiendo indignación para aguantar la risa, lo increpa: -”¡Hombre, Antonio, por Dios, que estamos en la casa del Señor!”...

   En mi libro de relatos “El Llano en la memoria”, publicado en 2022, cuento una parte de “la vida y milagros” de D. Juan Narváez, cura párroco de Zafarraya, allá por los inicios de los años cincuenta. Fue un genuino representante de la época del Nacional-Catolicismo, cuando la Iglesia y el Régimen de Franco se identificaban tan plenamente que el cura del pueblo era una de las máximas autoridades locales, y donde sus directrices morales y de comportamiento, eran “sugerencias de ley”. En aquellos años y hasta 1958, párrocos de los municipio del Llano eran nombrados  por el obispado de Málaga, porque eclesiásticamente, pertenecíamos a dicha diócesis. Este cura llegó a ser tan popular entre la gente, que el Ayuntamiento en su despedida, lo homenajeó, nombrándolo “Hijo adoptivo del pueblo”. 

   Yo tenía en ese tiempo, entre 7 y 10 años y ciertamente lo adoraba, porque tenía un don especial para tratar a los niños, jugaba al fútbol de maravilla y dotaba a la catequesis de tanto atractivo, que muchos niños nos sabíamos ya el catecismo, de memoria. Pero tenía el mismo ascendiente sobre los jóvenes y también  sobre los ya menos jóvenes, a los que comprometió con las actividades de la iglesia, que como ocurre en los pueblos, siempre era una actividad más participada por las mujeres. Y es que, definitivamente, este hombre tenía carisma de líder y gracejo de gitano. Luego con el tiempo y con mi madurez de carácter y pensamiento, no fue más que un reaccionario populista que defendió y participó de las “excelencias culturales” del Régimen. Aunque sigo reconociendo su empatía de comportamiento y su carisma personal.


 
   Pero como quiera que fuere, es cierto que tenía una fuerte ascendencia sobre niños y jóvenes, sobre todo aquellos que no habían pisado la iglesia ni para dar un recado. Es el caso, que engatusó (dicho en el buen sentido de la palabra), a toda esta gente con atractivos  surrealistas como procesiones, novenas  o “Viacrucis”, (el de aquel año cerrado a mujeres), donde procesionan al “Cristo Crucificado”, en noche cerrada, desde Zafarraya a Ventas, cuando el bueno de Rafael “La Plomada” recibió tal pedrada en la cabeza, buscando el hermoso quiste o “nogalillo” que lucía en la parte superior de la coronilla, que relucía con la luz de la luna y que hizo soltar al buen hombre, tan rotunda y vociferante blasfemia que a don Juan no le quedó más remedio que mandar el “rompan filas” ante el caos que allí se montó. Y fue así, cómo se convirtieron en clientes asiduos en actividades tales como las novenas vespertinas o las llamadas “Flores de Mayo”, gente tan ajena a la beatería al uso, como: José Martino, Rafael Tartaja, Antonio Baldoma, Joseillo “El Perlas”, Manolo el de Elías”, “Arento”, “El Niñaco” de Enrique Carmen, “Rito”, Pepe “La Benigna”, “Farri”, Marino el soltero, Emilito, los “Hornilla” y muchísimos más del gremio campesino, que llenaban la iglesia diariamente y que ante la falta de uso y costumbre, nos regalaron  más de una perla o anécdota hilarante. Hoy quiero contar alguna de las que recuerdo. 

   Cómo he dicho, una de las actividades seguidas masivamente por jóvenes y mayores de esta nueva hornada de aprendices a beatos, era la novena diaria de “Las Flores de Mayo”, que se celebraban al caer la tarde. En ellas, don Juan, dirigía el evento desde el púlpito, una plataforma elevada, situada junto a la columna primera a la derecha, de la nave central. Y desde allí, iba desgranando las estaciones del día y Avemarías correspondientes del rezo del Santo Rosario. Pero he aquí que al llegar al recitado de “la letanía”, al declamar las tres primeras jaculatorias: “Santa María…!, Santa Dei Genitrix…!, Santa Virgo Virginis…!, don Juan escuchó de forma indubitable, que la respuesta de aquellos “curtidos y piadosos orantes”, era la de: “¡un automóvil!, ¡otro automóvil!, “¡otro automóvil!”. Por lo que escandalizado, gritó a los parroquianos, mientras los hacía callar haciendo ostentosos movimientos con los brazos: “-¡muchachos, muchachos, que me vais a llenar toda la iglesia de coches”!. Mientras, se desternillaba de risa, parapetado tras la copa del púlpito. Y es que, claro, lo más parecido a “ora pronobis” que habían escuchado aquellos neocatecúmenos, era, “otro automóvil”. Y eso responden.

   En otra ocasión, desarrolló  unos Ejercicios Espirituales que el activo y popular párroco quiso dedicar especialmente para “concienciar en “las verdades de la fe “, a esta huestes camperas. A las mismas, asistía por curiosidad otra gente, que puso la iglesia a rebosar. Desde el principio, echó  don Juan en falta, a uno de sus más queridos y genuinos discípulos: Antonio Baldoma. Terminando la jornada, se abre la puerta de la cancela al recinto sagrado, y aparece Antonio, gorra en mano, intentando pasar desapercibido. Inmediatamente don Juan, que lo localiza desde el púlpito, lo recrimina cariñosamente: -”¡Pero hombre, Antonio…! ¿Cómo llegas a estas horas? ”Ante lo que un azarado Baldoma, responde sin cortarse y con toda naturalidad: -”¡don Juan, es que hoy he tenido que llevar la burra al borrico!” El cura, fingiendo indignación para aguantar la risa, lo increpa: -”¡Hombre, Antonio, por Dios, que estamos en la casa del Señor!”. Éste ya, liberado de 
vergüenzas, le responde más tranquilo: -”¿Y pa’ qué preguntas?”. 

   Con estas mimbres, se disponen a escenificar aquel famoso “Vía Crucis” a Ventas y a media noche. Y claro, terminó con la pedrada al “nogalillo” de la cabeza de Rafael “La Plomada”, y su rotunda blasfemia, a la rutilante luz de la luna. Otro de los incondicionales a esta iglesia campera.

Juanmiguel

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