
Una aproximación al territorio que dio nombre a sus habitantes, y que hoy se reconoce como uno de los parajes más atractivos y populares de la cara sur de Sierra Almijara.


No se puede contar esta historia sin adentrarnos en un hermosísimo rincón del sur de la Almijara –uno más–, que sirve de recreo a los ojos hambrientos de horizontes limpios. En estos parajes, cubiertos por un boscaje cerrado de pinos y aromáticas que descienden en tropel del monte al mar, siempre corre la brisa: un vientecillo salobre y denso –como la taró procedente del mar– que a veces, también, muta a vendaval, y que pone en la frente buenos pensamientos, de esos que, al purificar los pulmones, purifican también el alma. Como eje de este panorama, una casa memorable, acreditada, conocida y reconocida, asentada en la orilla derecha de la pista terriza que va de Cómpeta a Frigiliana; una casa de nombre armónico y cadente, muy notoria en la comarca porque significó muchas cosas para muchas personas.
El cortijo del Daire se levantó junto a uno de los caminos arrieros más frecuentados de la Almijara malagueña; fue pertinente parada y fonda de todos los que se desplazaban desde la costa hacia el interior por el Puerto de Cómpeta y Puertollano, y dio nombre a un monte –la Loma del Daire–, a un puerto de montaña –el Puerto del Daire– y a muchas personas –las que habitaron esa casa, todas conocidas, sin excepción, como “la gente del Daire”–. (Existen varias teorías que explican el origen de un nombre tan particular: según ciertos competeños, se trata de una deformación del topónimo “Cortijo del Aire”, puesto que en ese altiplano rodeado de cumbres sopla el viento de continuo. Otros, en cambio, afirman que “Daire” era el apellido de uno de los más antiguos dueños del cortijo; un hombre venido de tierras lejanas y nombre extranjero. Por su parte, el abogado e historiador Pablo Rojo Platero afirma y documenta que el término “Daire” proviene de un vocablo medieval que significaba “monasterio”, y se aplicó a este paraje porque hace siglos –antes de la llegada de los Reyes Católicos– las numerosas cuevas allí existentes, al abrigo de los montes circundantes, sirvieron de cobijo y lugar de congregación a pequeñas comunidades cristianas).

Contra este bello paisaje abundoso en cortijos, chozas y cuevas habitables, que debería haber atado perennemente a sus habitantes, pelearon y ganaron la batalla tres fieros oponentes: la civilización, el progreso y la emigración, que se colaron sin pedir permiso en las vidas de los antiguos moradores de estas tierras. Las víctimas primeras –y las más dolientes– fueron las casas y sus campos de labor, que quedaron desiertos en pocos años. ¿Cuántos cortijeros se fueron, cuantos retornaron? Ninguno quiso hacerlo ya, tras medrar lejos de los sacrificios de la vida en el campo. Recorrer, pues, estos caminos es imaginarlos reconvertidos en las sendas de antaño; las mismas que recorrían las mozuelillas de la cercana Venta de Panaderos, por ejemplo, cuando iban a ver a las del Daire, de quienes eran muy amigas, para luego acercarse de visita, ya todas juntas, allí donde las niñas de la Venta de Pradillos, riendo y cantando para ellas solas las canciones de su tiempo. Luego regresarían contentas, gorjeando como pajarillos, muy cogidas del bracete, con la caída de la tarde.
Y es que, aunque en los inauditos tiempos que corren cueste creerlo, existió una raza de mujeres –y no hace tanto de esto– que, diríase, nacieron forjadas a fuego, dadas su resistencia física y emocional, en una época en la que el descanso no era un derecho ni la melancolía o la enfermedad, excusas. La fortaleza de aquellas féminas se basaba en la paciencia, la constancia y una lúcida aceptación de su deber. Fueron mujeres completas en el sentido más literal de la palabra: parían a sus hijos, cuidaban de sus enfermos y enterraban a sus muertos; mantenían su casa conservando en condiciones ropa y enseres, educaban a sus hijos, labraban su huerta, pastoreaban a sus animales; salían al campo –escopeta al hombro si era preciso– a buscar la carne que llenaba sus ollas, y gestionaban la economía doméstica con inteligencia y sabiduría innatas, heredadas de las mujeres que las precedieron. Unas matriarcas dignas, serenas e imprescindibles como María la del Daire y sus hijas.

Hay cortijos que, desde que nacen hasta que mueren –porque, no nos quepa duda: también se mueren– pertenecen a una sola familia durante generaciones, como ocurrió con la afamada Venta de Pradillos, sita en el camino real de Játar a Cómpeta. Otros, por contra, resumen su existencia en una mudanza continua de propietarios: es el caso del cortijo del Daire. Tantos fueron sus dueños que los nombres de muchos de ellos se han perdido del imaginario de la mayoría; los más ancianos sólo recuerdan a los tres últimos: Ernesto Cuadra, Pedro Ortiz –un médico de Granada, dueño del Daire en los años cuarenta siglo XX–, y su actual propietario, el ciudadano de origen iraní Karim Navaié. Entre propietarios, aparceros y jornaleros, muchos fueron los que pasaron por allí: unos ocuparon el cortijo durante décadas y otros solamente por temporadas. Pero todos tenían algo en común: eran conocidos como “la gente del Daire”.
El territorio del Daire se mantiene, desde hace casi un siglo, tal y como lo conocemos hoy: una de las propiedades más grandes y mejores del término municipal de Cómpeta. En el año 1931 se unificaron tres parcelas colindantes, a saber: el antiguo cortijo del Daire, con casa, corrales, pajar, era, alberca y una superficie total de 26,836 hectáreas; el cortijo del Mirlo (una finquita inmediata que pertenecía a una familia de cabreros conocidos como los “Minros” o los Mirlos; ellos la vendieron al dueño del Daire) con casa, corrales, pajar, era, alberca y unos terrenos de 11,020 hectáreas y, por último, una tercera parcela, colindante con el Daire, llamada Las Majadillas o Haza del Palmar, sin casa ni aledaños y con una superficie de 13,355 hectáreas. En total el Daire sumaba 51,211 hectáreas de terreno abancalado, con muy poco monte y mucha y muy buena tierra de labor. Al Daire le pertenecían tres nacimientos de agua: el del Barranco de las Majadillas, el del Barranco de Zarzadillo y la fuente del Cortijo del Mirlo. Bajo el Mirlo existía un gran nacimiento de agua –hoy casi seco y muy cubierto de matorral– de donde arrancaban también unos bancales para cultivar verdeo. Y es que el Mirlo constituía un “aguadero”, es decir, un punto donde se acumulaba mucha agua subterránea merced a las características del terreno, muy permeable, y a su situación, a puro pie de monte. Desde allí se distribuía el riego a otras zonas mediante acequias. Los terrenos del Daire contaban, por lo tanto, con la ventaja del agua inagotable para sus cultivos; para el gasto de la casa disponían de una acequia que acercaba un agua abundante, fresca y exquisita hasta la misma vera de la puerta, desde el Barranco de Zarzadillo.

La casa del Daire poseía una peculiaridad: la fachada delantera o principal estaba perfectamente enlucida y enjalbegada; se mantenía impolutamente blanca todo el año, gracias a las manos primorosas de las mujeres del Daire. Las fachadas trasera y laterales, por el contrario, eran de mampostería en piedra, y siempre conservaron esa rusticidad. (En la actualidad, la parte del cortijo que da al camino es la fachada original trasera, mientras que la original delantera ha quedado detrás). Se trataba de una construcción de generosas proporciones, tan amplia que en ella se alojaban cómodamente varias familias y, si era necesario, gente de paso y algunos trabajadores eventuales del cortijo. Distribuida a la usanza de los cortijos típicos y con suelo de losetas de barro, contaba con dos amplias plantas y una entrada central empedrada, que daba acceso directo a las cuadras –en la parte trasera de la casa–. A la izquierda se abría una gran cocina con chimenea y alacenas empotradas, horno y un utilísimo poyo alargado para amasar el pan; a la derecha se abrían dos habitaciones que se utilizaban como dormitorios cuando la casa estaba llena, aunque también se dormía en el pajar e incluso en las cuadras, cuando era preciso. Del centro de la construcción arrancaba un tramo de escalera que conducía a la segunda planta, donde se ordenaban varios dormitorios y cámaras, el granero y el pajar. En la entrada principal se extendía una alegre placetilla empedrada, con bancos de obra adosados a la fachada, a ambos lados de la puerta principal. La construcción era armónica y simétrica, y estaba dotada de balcones arriba y ventanas abajo, todos de madera pintada de color marrón –ni ventanas ni balcones tenían rejas–. Se trataba de una vivienda bien bonita y bien mantenida: la plazoleta de la entrada se adornaba con macizos de rosas y azucenas pulcramente arreglados y, justamente a la orilla de la acequia que surtía la casa, una hermosa higuera –célebre por la gran cantidad de higos y brevas que ofrecía cada año– se encargaba de sombrear el espacio y aportar frescura al ambiente.


Enfrente del cortijo, sobre el Haza del Palmar, destaca una cruz de obra y hierro, muy cuidada y blanqueada, erigida en recuerdo de un cabrero llamado Francisco Miranda López. Se trata de la cruz de Miranda –llamada así por el apellido del finado– o cruz de Gurrina –por su apodo–. Corría el año 1905; por aquel entonces el Daire estaba arrendado a un matrimonio de Alhama de Granada, que se alojaba en la casa junto a su familia; entre los hijos había un pequeño discapacitado, que solía andar enredando. Un mal día, mientras el pequeño jugaba, volcó y vació por completo una orza llena de aceite de oliva. Su padre se enfadó en extremo y, por no pagarlo con el inocente, salió un rato al campo con la escopeta, pensando en despejarse mientras cazaba algo para la cena. En esas estaba cuando se cruzó con dos cabreros –un adulto y un niño– que pastoreaban frente al cortijo, con la fatalidad de que justo en ese momento el rebaño se les había desmandado y andaba dando buena cuenta de unas hazas sembradas de maíz. El hombre discutió a voces con los cabreros; los ánimos se calentaron y en segundos la discusión pasó a mayores. El iracundo labrador cruzó el barranco de las Majadillas y disparó sin pensar sobre el pecho del pobre cabrero, que cayó muerto en el sitio. El chiquillo que lo acompañaba huyó como pudo y se escondió en unos tajillos cercanos; cuando cerró la noche se fue a Competa, donde contó a todos lo ocurrido y dio parte a la guardia civil. El autor del disparo fue detenido y cumplió condena en la cárcel de Granada, y en el lugar donde murió el cabrero, su familia elevó ese recordatorio. Primero construyeron la hornacina de ladrillo y, unos años después, un nieto del cabrero le añadió la cruz de hierro y la placa conmemorativa. Hoy es su bisnieto, Francisco Fernández Miranda, quien mantiene con esmero el recuerdo al malogrado pastor.


Se da la circunstancia de que, a lo largo de su historia, ninguno de los propietarios del Daire se avino a vivir en la casa; quienes ocuparon desde siempre las estancias del cortijo eran los arrendatarios y trabajadores de la propiedad. Fueron, pues, las sucesivas generaciones de labradores, vaqueros, cabreros, jornaleros y sus familias, es decir, fue la gente del Daire –junto con las indudables bondades del cortijo, por supuesto– quien convirtió ese lugar en un referente de finca bien gestionada en la comarca. Familias de labradores y ganaderos como la de María Pérez Navas –María del Daire–, que vivió en el cortijo más de cuarenta años y fue la piedra de toque de una generación de mujeres famosas por su reciedumbre. O la de Purificación Santisteban Martín –Pura–, la pequeña que fue criada por sus tíos, María Rojo Martín y Francisco Martín Pérez –Paco del Daire–, porque ellos no podían tener hijos. O como la de Aurelia Márquez Ruiz, hermana de José María Márquez Ruiz –arrendatario de la Venta de López– y su marido, Manuel Sánchez. También pasaron por el Daire Rufino y los suyos; Antonio Márquez Martín –hijo de José María– y su mujer Dolores Martín Pérez –hija, a su vez, de María del Daire y tan valerosa como ella–; así como Pepe “Farruco” y su familia, al igual que los ocho hermanos Martín Pérez con sus respectivas proles; Juan Mediavilla, de Játar, también trabajó allí, más incontables temporeros como segadores, esparteros, leñadores, carboneros, colmeneros, etcétera. La última familia que se alojó de forma estable en la casa del Daire fue la de Manuel Jiménez Peregrina, un colmenero oriundo de Jayena, que permaneció en el cortijo hasta el año 1977.





Las casi cincuenta y dos hectáreas de campos abancalados del Daire, el Mirlo y las Majadillas se regaban con el agua suministrada por tres fuentes, dos albercas –la del Daire y la del Mirlo– y una bien pensada red de acequias. Se cultivaban y se daban de maravilla grandes cantidades de trigo, cebada, maíz, habichuelas, patatas y hortalizas de todas las clases; el cortijo también contaba con árboles frutales como higueras, nogales, almendros, olivos, nísperos y membrillos: de todo se criaba, y mucho y bueno, porque el terreno era rico y el agua abundaba; los excedentes de producción del Daire se vendían en Cómpeta. La gente del Daire también cuidaba de un gran número de animales: gallinas, conejos, cerdos, cabras, ovejas, vacas y muchas, muchas colmenas.
El trasiego por la zona era continuo, y no sólo de arrieros y trabajadores del campo: en esos tiempos los habitantes de los cortijos se visitaban con frecuencia unos a otros, ya que casi todos estaban emparentados o mantenían amistad. Las muchachas del Daire, por ejemplo, eran amigas de las hijas de Ana Herrero y Pacomanuela, los dueños de la Venta Panaderos, así como de las niñas de la Venta de Pradillos. La gente del Daire también se trataba con los habitantes al otro lado del Puerto de Cómpeta: de Fuente Barrera, de la Venta de López, del Haza del Aguadero… (Este era un lugar especialmente fresco y rico en pastos y agua, donde muchos pastores, también los del Daire, tenían costumbre de pasar la temporada de verano con las cabras, haciendo la cabaña –quesos y requesones–). Las pocas diversiones que inventaban en la época incluían reuniones y celebraciones en los cortijos, donde jóvenes y menos jóvenes charlaban, bromeaban, intercambiaban información, aprendían, se cortejaban, bailaban –nunca faltaban guitarras y laúdes para hacer algo de música– y, en definitiva, estrechaban lazos, algo imprescindible en las antiguas comunidades rurales, de población muy dispersa, para evitar la soledad y el aislamiento.

Como otros los cortijos de la sierra, el Daire padeció también –ay, si esas paredes hablasen– las consecuencias de la guerrilla antifranquista. Su cómoda ubicación –quedaba al paso de todos los caminos y se encontraba a relativa poca distancia de Cómpeta y Frigiliana– agravó aún más, si cabe, la ya compleja situación de la gente del Daire: y es que esa casa, podría decirse, venía bien a todos. Los maquis operaban en la cercana Cueva de la Montés, donde escondían dinero, armamento y en ocasiones hasta a ellos mismos; se movían asimismo por otras cuevas, montes y barrancos aledaños, donde construían y disimulaban sus campamentos: el Cerro de los Bojes, el Barranco Bartolo, el Barranco sin Salida, Rajas Negras y la falda sur de Cerro Lucero eran parte de su territorio. Cada tres o cuatro meses organizaban asambleas, algunas de las cuales tuvieron lugar en las dependencias del Cortijo del Daire –al que algunos llamaban por un nombre en clave: “la Venta del Currito”–. Los guardias civiles, al tanto de casi todo, pasaban por el cortijo cada vez que les encartaba, quedándose con frecuencia a comer, a dormir y a dar palos, y complicando con su amenazadora presencia aún más la situación. (Con el tiempo asentaron un destacamento fijo en el Daire, del cual partió una fuerza de veintiún hombres la víspera del 6 de diciembre de 1948, día de la gran –y fallida– emboscada tendida al maquis en Cerro Lucero).



La gente del Daire capeaba como podía todos los temporales, sabiéndose a merced de los dos bandos y colaborando a la fuerza con perseguidores y perseguidos. El famoso teléfono guerrillero, que se usaba también en sitios como la Venta de López o la de Panaderos –a base de trapos, blancos o de un color convenido, que se colocaban en lugares previamente concertados con los maquis para avisarles de la cercanía de la guardia civil– funcionaba a menudo también en el Daire. Uno de los episodios más arriesgados que se vivieron allí tuvo lugar cuando los rebeldes llegaron a esconder una emisora de radio en el pajar de la casa, pese a las razones en contra que expusieron los habitantes del cortijo. La guardia civil se enteró del hecho –los chivatazos estaban a la orden del día– y ello, a su vez, llegó también a oídos de los guerrilleros, que resolvieron trasladar la emisora a un bancal en la zona más baja del Barranco de las Majadillas. Cavaron un hoyo para esconderla y escamotearon el invento cubriéndolo de tierra, sobre la que sembraron unas matas de habichuelas para disimularlo mejor. La guardia civil registró el cortijo a conciencia en busca de la emisora sin conseguir dar con ella, por lo que detuvieron a uno de los habitantes del cortijo, el bueno de José del Daire, a quien propinaron tal paliza –“José, habla pronto que si no te vamos a matar…”– que poco faltó para que, efectivamente, terminasen con él. El pobre hombre, con toda lógica, terminó revelando el punto exacto donde se había ocultado la emisora.


Otro episodio digno de mención acontecido en el Daire es el del ocultamiento de don Esteban Mira Sevilla, en el año 1947. Este hombre era un rico terrateniente afincado en Torrox, que solía hacer alarde continuado y sin recato de su elevada posición económica y social. Tales eran sus exhibiciones de bambolla, pompa y oropel que fue perseguido por las fuerzas republicanas durante la guerra civil, primero, y extorsionado por razones económicas por dos guerrilleros –los hermanos Antonio y Manuel Jurado Martín, “los Frailes”–, después. Don Esteban recibía notas amenazantes de la gente de la sierra día sí y día también; consideró entonces que en cualquier momento podría ser objeto de un secuestro, y decidió urdir un plan para escapar de los maquis. Como tenía contactos e influencia en todas partes, acordó con el dueño del Daire y los habitantes del cortijo el siguiente plan: construirían un zulo en una esquina del cortijo donde él se escondería –preferentemente junto a la acequia, para que no tuviera que exponerse al beber o asearse–, y se prepararía su traslado desde Torrox, donde el cuitado tenía su residencia. Para ello se construiría un barril grande de madera diseñado para ocultar a una persona en su interior, adaptado a las amugas y al aparejo del mulo, que llevaría de las riendas uno de los hombres de confianza de don Esteban, su capataz Miguel Jurado. Tal y como se pensó se llevó a cabo, sin que nadie –ni siquiera la perspicaz guardia civil– se apercibiera de nada. Don Esteban viajó a salvo de miradas furtivas instalado en el interior de su barril, río Patamalara arriba desde Torrox hasta el cortijo del Daire, trayecto que amo, caballería y subalterno cubrieron en un día y dos noches.
Muchos meses estuvo oculto y custodiado por la familia de María del Daire, que no tuvo más remedio que apencar con eso también. El terrateniente se comunicaba con su familia a través de un arriero que llevaba pescado por los cortijos, apodado “el almejero”. Este hombre le llevaba cartas, dinero y lo que precisara, sin que nadie de fuera del Daire imaginase aquel percal. Cuando llegaba a las cercanías del cortijo, el almejero voceaba una frase previamente concertada con los guardianes de don Esteban: “¡¡Lo llevo frescooooo…!!”. Ese pregón era la contraseña para avisar a la gente del Daire de que llevaba recado para don Esteban; María la del Daire, entonces, ponía en lugar visible una prenda del color acordado con el arriero para asegurarle que no había extraños en el cortijo. Cuando pasó el peligro y el autosecuestrado salió de su encierro, recompensó al “almejero” con documentación falsa y una considerable suma de dinero para que pudiese empezar una nueva vida en otra parte. El arriero se marchó a Barcelona con su familia y nunca más se supo de él.

El tiempo voló irremisiblemente y la emigración cumplió con su tarea, cómo no, también en el Cortijo del Daire. Como ya se apuntó, la última familia que ocupó la vivienda fue la de Manuel Jiménez Peregrina; ellos cerraron la puerta de esa casa por última vez en el año 1977. Unos años más pasaron por la propiedad, que quedó en completo abandono hasta principios de los años noventa, momento en que una pareja formada por el iraní Karim Navaié y la británica Jane Wilson, compraron –entre otras propiedades– el cortijo del Daire con sus tres parcelas, por treinta y tres millones de pesetas. Navaié tenía intención de convertir el Daire en una suerte de residencia palaciega que incluiría fuentes, piscina, mezquita, un bosque de castaños y un lujoso mausoleo donde deseaba ser enterrado; también pretendía cambiar el nombre de Cortijo del Daire por el de “Persépolis”. El excéntrico individuo solicitó algunas subvenciones a la Junta de Andalucía a través del Instituto Andaluz de Reforma Agraria (IARA), pero no le fueron concedidas; mientras tanto se instaló en Cómpeta, donde tuvo problemas con todo el pueblo, autoridades incluidas. Finalmente se le perdió la pista (parece ser que en la actualidad reside en Málaga). El caso es que el Daire, que continúa siendo de su propiedad, se encuentra en el más absoluto de los olvidos.

El cortijo del Daire constituye un enclavado, es decir, una propiedad privada ubicada dentro de un territorio de dominio público –que además es un espacio natural protegido con la figura de Parque Natural–, y por ello no se puede segregar. Es el mismo caso del Cortijo del Imán, de la Venta de Panaderos y de la Venta María Dolores, por poner unos ejemplos, aunque hay muchos casos similares por todas partes. Su situación actual es la de una propiedad privada en estado de abandono material, pero esta circunstancia no lo convierte en bien de dominio público o bien vacante, ya que posee un titular registral y no se ha ejecutado ningún procedimiento legal para cambiar esa circunstancia. Por lo tanto, podría decirse que el cortijo del Daire se encuentra en una suerte de limbo que, en el fondo, no es tal, porque un territorio, por muy dejado de la mano que se encuentre, no pierde su condición de propiedad privada, salvo que el dueño renunciase expresamente a él.
¿Qué ocurrirá en los tiempos venideros? No podemos saberlo, aunque sí vislumbrarlo: mayor ruina, desidia y desamparo que, por desgracia, parecen ser el ineludible y amargo destino de las casas de campo en todas las sierras. Es un dolor ver cómo van desapareciendo tantas viviendas tradicionales; el genuino ejemplo de cultura rural que fueron y no serán más, porque las circunstancias, sus habitantes y sus propietarios decidieron que así fuera.

En la actualidad el histórico, accesible, reconocido, encantador e inolvidable –para todos, salvo para su propietario– paraje del Cortijo del Daire es un popular punto de partida de muchas rutas de senderismo, y uno de los lugares más emblemáticos del Parque Natural Sierras de Tejeda, Almijara y Alhama. Que no es chica cosa…

Fotografías, Mariló V. Oyonarte
Con la colaboración de José María Arjona Pecino y Manuel Gil Martín