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Cacín durante el siglo XVIII

Grandes cambios marcan el rumbo del siglo XVIII en la Historia, y Cacín se ve inmerso en ellos; los más trascendentales se recogen aquí, en un nuevo fragmento extraído del libro “Las Edades de Cacín” (2025), de Eusebio Pérez Gómez.

 En el ámbito nacional, entramos en un siglo trascendental para nuestra historia, que de alguna manera también repercute en nuestro entorno. Este es el siglo del absolutismo monárquico y centralismo político. En el caso de España, con la entronización de la monarquía borbónica, desaparecen las Cortes y fueros de otros reinos y condados no castellanos, como Aragón, Cataluña, Valencia, Mallorca, Navarra. Todo el poder ejecutivo, judicial y legislativo se concentra únicamente en Madrid, capital del Reino.

 Estamos en el siglo del Despotismo Ilustrado, caracterizado por un rey con poder absoluto, que se rodea de una minoría culta para proyectar el progreso cultural y material en la sociedad, haciendo hincapié en las clases populares. Su programa se centra en crear un cuerpo único de leyes, la división del Estado en provincias, un impuesto único, la enseñanza pública con estudios comunes, y la reforma agraria.

 En el caso de España, a estos cambios hay que añadir el de la Corona. Carlos II, último rey de la dinastía de los Austrias muere en 1700 sin descendencia. Deja dos testamentos, declarando en el primero a Juan de Anjou de Austria, heredero. Pero en un segundo y último testamento nombra heredero suyo a Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV, el rey Sol de Francia.

 La polémica y los enfrentamientos bélicos están servidos.  Austria, Inglaterra y Holanda, no pueden aceptar que España se una a los intereses y ambiciones políticas del rey todopoderoso Luis XIV. Por otra parte, en el territorio español, el levante peninsular y Mallorca desconfían de la política centralista de los Borbones. Irremediablemente nos vemos abocados a una guerra. Castilla ofrece su solar a las tropas francesas, con el apoyo de los castellanos para luchar contra austríacos, ingleses, holandeses, que a su vez tienen como aliados a los catalanes, aragoneses y valencianos.

 Tenemos todos los ingredientes de una guerra civil, y como tal se desarrolló. En nuestra comarca, no hubo enfrentamiento bélico, ya que estábamos bajo el amparo de Castilla, y el frente aragonés y valenciano distaba de nuestra posición; pero sí tuvimos que arrimar el hombro y colaborar. En 1706, se destinaron a Alhama y sus alquerías tres compañías de Dragones (soldados que combatían como caballería de ataque e infantería en defensa). Curiosamente, estos soldados exigían a los vecinos comida de primera calidad, de una manera impetuosa y arrogante; para solucionar esta situación violenta, el Concejo de Alhama, corta por lo sano y decide pagar en metálico a estos incómodos huéspedes. Se acuerda dar a cada capitán, 24 reales; a cada teniente, 16; al alférez, 12, y a los soldados, 1,5 reales a cada uno. Además, se les facilitan dos libras de aceite y una carga de leña por compañía. Las alquerías entregan cargas de paja: a Cacín le corresponde cinco cargas de ocho arrobas cada una. Este fue el tributo de Cacín a la Guerra de Sucesión.

 Posteriormente, a Cacín, por el repartimiento de soldados en la Jurisdicción de Alhama, le correspondía 1,5 soldados, que no sabemos en la práctica cómo se reflejó.

 La guerra concluye de una manera inesperada. El emperador de Austria muere, y el único heredero al trono era su hermano, el archiduque Carlos, que tiene que renunciar a sus aspiraciones al trono de España, abandonando nuestro territorio. Ante esta situación, Inglaterra, junto con sus aliados, firman la Paz de Utrecht, en 1713. En ella se cede el trono de España a Felipe de Borbón, pero a un precio demasiado alto: la corona española pierde Flandes, Milán, Cerdeña, Gibraltar y Menorca, aunque esta última la recupera 170 años después. También entrega el monopolio del comercio con América a los ingleses y holandeses.

 Así se implanta la dinastía de los Borbones en nuestro país, y se aplica una política absolutista, arrebatando fueros y derechos a los rebeldes y contrarios a la centralización política. Sin embargo, las provincias vascongadas y Navarra continúan con sus fueros, porque han sido fieles a la candidatura borbónica.

 Esta política absolutista lleva implícita una serie de reformas para modernizar el país, erradicando estamentos, fueros, señoríos, mayorazgos, oligarquías, privilegios, y mermando los privilegios del poder eclesiástico.

 De esta manera Fernando VI, hijo y sucesor de Felipe V, firma un concordato con la Santa Sede en 1753, en el que el Papa reconocía la primacía de la corona en la administración y control de las finanzas de la Iglesia.

 El marqués de Ensenada, ministro y sostén de la política económica, busca modernizar el aparato financiero de la Corona, y a tal fin confecciona un Censo de todos los hogares castellanos, ingresos agrícolas y comerciales, a los que pretendía gravar con un impuesto único: es lo que conocemos por “Catastro de Ensenada”. Por su parte, el rey Fernando VI ordena, a propuesta de su ministro marqués de Ensenada, este catastro, en 1749, que constituyó la mejor estadística disponible del Antiguo Régimen a nivel europeo.

 El conjunto de ingresos a la monarquía era un conglomerado muy complejo formulado por alcabalas (el impuesto más importante de la monarquía,) millones y cientos (impuesto indirecto sobre seis productos: vino, vinagre, aceite, carne, jabón y velas de sebo) tercios reales y derechos del fiel mediador. La finalidad era incluir todos estos impuestos en una única contribución proporcional a la riqueza de cada uno, que se pretendía conocer mediante el Catastro. Este se elabora a partir de un cuestionario que contenía 40 preguntas que debían responder los vecinos, o una representación de estos. Para llevar a cabo esta tarea, se desplaza a los lugares un grupo de funcionarios.

 Durante 1751 y 1752 le llegó el turno a Alhama y los pueblos de su jurisdicción. Comenzó en Cacín en mayo de 1751; y, a continuación, en Fornes, Játar, Arenas y Jayena. 

 Hemos de considerar que el referido catastro de Ensenada fue un estudio exhaustivo que se hizo de Cacín en dos partes: la primera, recogida en un legajo de 65 páginas, en el que se cita a los vecinos del pueblo para que presenten declaración de sus bienes; la segunda parte, con 25 páginas, la ocupa el interrogatorio, modelo oficial que se aplica a cada ciudad o pueblo. Por ello hay preguntas que no tienen contestación, debido a que las aldeas pequeñas carecían de los servicios e infraestructura que sí poseían las ciudades.

 Una comisión presidida por don Fulgencio Antonio de Molina y Salcedo, abogado de los Reales Concejos y alcalde mayor de la Ciudad de Alhama, hace comparecer al alcalde pedáneo de Cacín, Francisco Morón, a los peritos Joseph Pérez y Joseph Gutiérrez, al cura de la iglesia don Fernando Villarraso y Vega, y a otros vecinos, como Juan Domingo, Mathias de la Torre, Joseph Guzmán, Melchor López, Francisco Castellanos, Francisco Ruiz, Juan Garrido y Francisco Lopera, todos moradores de este lugar. Se les formulan las preguntas; y, a tenor de estas, van dando las correspondientes respuestas a aquellas.
Dicho Catastro se conserva en el Archivo de la Real Chancillería de Granada con la referencia: Cacín 1.112. El encabezamiento es el siguiente:

 Interrogatorio al que han de satisfacer, bajo juramento las justicias y demás personas, que harán comparecer los intendentes en cada pueblo.

 El historiador Salvador Raya Retamero, en su libro “Historia General de Alhama y los cinco lugares de su jurisdicción: Arenas, Cacín, Fornes, Játar y Jayena”, saca a la luz este catastro, con las respuestas y preguntas a cada pueblo (páginas 854 a 874 de la obra citada). Más tarde, Agustín Galindo Hernández, en su libro “Jirones en la Historia de Cacín y el Turro”, Desarrolla el interrogatorio exclusivo para Cacín, con una transcripción moderna (páginas 53 a 71). Se trata de un texto complejo, de cuarenta preguntas y otras tantas respuestas, en un lenguaje no fácil de entender y repetitivo. Pero Agustín Galindo ha hecho el trabajo de adaptar la ortografía y las palabras ya en desuso.

 En nuestro caso, consideramos ocioso repetir el texto de nuevo, ya que está al alcance del lector interesado; pero sí conviene subrayar que mediante este excepcional documento podemos elaborar un estudio bastante exhaustivo de Cacín en la segunda mitad del siglo XVIII. En efecto, por primera vez tenemos datos fidedignos y concretos del pueblo como núcleo urbano, del tipo de viviendas, del trabajo de los cacineños, de la superficie de su territorio, y de su producción. Hasta ahora, teníamos datos sueltos, recogidos en las Actas Capitulares de Alhama, como, por ejemplo, la contribución del aguardiente en los lugares de la Jurisdicción en 1747, en la que Cacín, junto con las cortijadas del Turro y Santa Cruz, contribuye con ocho reales; y, en el repartimiento de paja, Cacín y las cortijadas referidas aportan 520 reales y 7´5 maravedís.

Catastro de Cacín

 Pasamos al Catastro. Cazín  - así es como se escribía -, es representado en un dibujo que se requiere en la segunda pregunta, y qué figura tiene, poniéndola al margen. Como podemos observar, el dibujo es bastante descriptivo: núcleo de casas, cementerio, río, vega, molino, secano, sudaderos de sal, orientación. Llama la atención la iglesia con una cruz, pero sin torre; sin embargo, en los dibujos de los pueblos vecinos como Fornes, sí hay torre.

 Se cuestiona si Cacín es señorío o de realengo, y la comisión de vecinos afirma que es de realengo, y que paga a su majestad por rentas provinciales, servicios de millones, alcabalas y cientos. Que pertenece al término de Alhama jurisdiccionalmente, pagando quinientos reales por encabezamiento. Ello confirma que el marqués de Mondéjar no llegó a ejercer ningún derecho de señorío, aunque fuese propietario de la mayor parte del pueblo.

 El territorio ocupa 1700 fanegas; de ellas 500 son monte bajo y erial, donde no se cultiva; 1120 fanegas de secano, que se cultiva cada tres años, (erial, barbecho, siembra); 80 fanegas de regadío con un cultivo permanente. (Pregunta 4). Los cultivos que prevalecen en el secano son el trigo y la cebada, y, en el regadío, maíz, mijo, trigo y arboleda, de la que destaca el moral, que se planta de forma intensiva, ocupando una superficie de ocho fanegas. (Pregunta 8).

 Sobre la producción, se especifica que una fanega de regadío de buena calidad produce una media de 15 fanegas de trigo o 12 de maíz; si es de secano, también de primera calidad, ocho fanegas de trigo o diez de cebada.  (Pregunta 12).

En cuanto al cultivo del moral, el producto que se valora y comercializa es la hoja para alimento de los gusanos de seda, que proporcionaban a los famosos telares granadinos la materia prima de los tejidos de seda, conocidos en todo el Mediterráneo y Oriente. La producción era de ochentas cargas de hojas, por seis arrobas cada una, 480 arrobas, que en kilogramos sumaba la cifra de 5.520.

Es interesante este dato de los morales en Cacín. Un cultivo extraño, que nos lleva a la interrogante de la finalidad del producto. Si retrocedemos a los siglos XIV y XV, cuando el Reino Nazarí alcanzó su máximo esplendor político y económico, la industria por excelencia era la seda, y, por consiguiente, reafirmamos nuestra hipótesis de que el moral fue el monocultivo principal que se desarrolló durante siglos en la fértil vega cacineña. Tenemos conocimiento de que las Alpujarras producían la mayor parte de hojas de moral blanco (la mejor calidad) para los criaderos de gusanos; supuestamente, se completaba la demanda con la producción en otras zonas de regadío, como el valle del río Cacín.

El principal objetivo del cuestionario del Catastro era conocer los impuestos que pagaban los vecinos. Ante esta pregunta decimoquinta, parece que el principal impuesto era el “diezmo” que supone que, de cada diez fanegas de grano, una la percibe la Santa Iglesia Catedral de la ciudad de Granada y su cabildo, de cuyo arzobispado es este lugar. 

Otro impuesto era la “Primicia”, que se paga al cura de este lugar, media fanega de trigo y otra media de cebada, siempre que el labrador o pegujalero coja hasta cinco fanegas y no perciba cosa alguna de los demás granos.

Por último, aparece el impuesto de “El voto del señor Santiago”, que cobra media fanega de trigo por cada una de las yuntas con que siembra.

 Se cuestiona también sobre minas e industria, como talleres y molinos (pregunta 17). Según la comisión, sólo hay un molino harinero de agua, propiedad del excelentísimo marqués de Mondéjar, que lo tiene arrendado al vecino Antonio de Santa María. En esta pregunta, aparece por primera vez el marqués de Mondéjar, por lo que inferimos que es propietario del molino y de una porción de tierra de riego y morales contigua a dicho molino. No especifica la extensión, pero sí la producción de 88 fanegas de trigo al año. En preguntas posteriores, se declara que el marqués es propietario también del único mesón que hay en el pueblo que lo tiene también arrendado, y, así mismo, tiene en propiedad la mayor parte de las casas.

 En ganadería, se declaran 852 ovejas, que producen 100 corderos. También se especifica ganado cabrío, porcino, vacuno, yeguar y asnal, sin detallar la cantidad.

 En cuanto a la apicultura, se contabilizan 33 colmenas.

 Finalmente pasamos a la población. Se registran 35 vecinos, lo que supone que son 175 los vecinos del pueblo, habitando en 29 viviendas, de las cuales 18 son casas con teja, y 11 con techumbre de retama. Aparte, se menciona una taberna, donde a veces se vende vino.

 Hay una pregunta sobre los gastos comunes que tiene el pueblo, tales como salarios de funcionarios, alcalde, fiestas de Corpus y otras: fuentes, empedrado, sirvientes… A esta pregunta, la número 25, contestaron que no tienen gastos algunos por funcionarios, servidores o fiestas, y que el alcalde es pedáneo, sin salario alguno.

 Las preguntas 23 a 40, se refieren a arbitrios, cargos de justicia, censos, empleos, mercados, ferias, hospitales, mercaderes, cambistas, negocios, artistas, conventos. La comisión responde que en el pueblo no hay nada de lo preguntado. 

 Sólo en lo referente a oficios, dijeron que en los trabajos solo hay labradores y jornaleros. De ellos ocho son jornaleros, entre ellos un soldado miliciano.

 Un cura que es el licenciado Fernando de Villarraso y Vega.

 Y por último ante la pregunta de si hay pobres de solemnidad, dijeron que son tres los pobres de solemnidad que habitan en el pueblo.

 Echamos de menos una relación de los propietarios, especialmente de las tierras. Tan sólo se menciona al marqués de Mondéjar como propietario de una extensión de regadío contigua al molino. Podemos deducir que, si se contabilizan ocho jornaleros, de 35 vecinos, nos quedan 27 labradores que cultivan su tierra. Lo que no sabemos es si esta tierra es de su propiedad o arrendada; ni tampoco el total de propiedades que pertenecen al marqués.

 Con respecto a las viviendas, todas son propiedad del “Excelentísimo Señor Marqués de Mondéjar”. Los inquilinos de las once casas choza pagan por cada una de ellas una gallina al año. De las 18 casas tejadas, 16 pagan anualmente cuatro gallinas por cada una. Las dos casas restantes parece que son más grandes y mejores, pagando por una, 8 reales, y por la última, 12 reales. (Pregunta 22).
Por otra parte, el mesón lo tiene arrendado a Miguel Fixo, que le aporta 400 reales de vellón.

 Como conclusión, consideramos que, si el marqués es dueño de todas las viviendas del pueblo, por lógica, la mayoría de las tierras, regadío y secano, también le pertenecían, y que las arrendaba a los vecinos. Ello se corrobora a raíz de la desamortización de Mendizábal en 1836, y la compra de Cacín por la familia Toledo, que veremos más adelante.

 Para finalizar, quisiéramos puntualizar el rigor con el que se lleva a cabo este interrogatorio (cuestionario). Se toman varios descansos, y en cada uno se jura y firma; al final de la pregunta 40, reza lo siguiente: el alcalde pedáneo Francisco Morón, de 52 años, los peritos José Pérez, de 46 años y José Gutiérrez, de 50 años y el testigo Antonio Navarro, 26 años, firmaron los que supieron, a excepción de don Fernando de Villarraso, cura. Y por los que no supieron firmar, lo hizo un testigo, que lo fue presente, Alonso Rodríguez Miranda, con su merced, dicho alcalde mayor, de todo lo cual, yo el escribano doy fe. Licenciado don Fulgencio Antonio de Molina y Salcedo, Francisco Marón, Antonio Navarro, Alonso Rodríguez de Miranda. Ante mi Pablo Pedro de Santofimia Guerrero. 

 Según estudios de Amparo Ferrer en su libro “Paisaje y propiedad en la tierra de Alhama. Siglos XVIII-XX”. Se conoce que Cacín en 1752 contaba con una ganadería de 38 cabezas de caballar; 63 de asnal: 92 de vacuno; 1365 de lanar; 981 de cabrío  y 97 de porcino. Según dicha investigadora, la superficie de la tierra se distribuía en el mismo año de la siguiente manera:

  • Extensión de tierra cultivada: 1.578 hectáreas.
  • Extensión de tierra inculta: 2.519 hectáreas.

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Respecto al número de propietarios en 1752, Cacín no tiene propiedades con menos de 100 hectáreas. Y con más de 100 ha, 3 propietarios. Curiosamente, de estos propietarios uno es noble, y dos son de la Iglesia. No dice nombres, pero deducimos que el marqués Mondéjar es el noble. Sin embargo, los eclesiásticos de momento los desconocemos, aunque los adjudicamos al territorio de El Turro. Más adelante, presentaremos un cuadro comparativo con estos datos, y la población, desde 1752 hasta 1970.

Durante este siglo, Cacín seguía siendo alquería de Alhama con alcalde pedáneo. El Concejo de Alhama regía la administración de sus alquerías. Los alcaldes eran propuestos por los vecinos varones reunidos en templo parroquial, en presencia de un regidor, y elevados al Concejo, que los ratificaba generalmente. Así se constata en 1706, cuando se nombra alcalde de Cacín, y en los años sucesivos: 1718, 1727, 1737,1739, 1754, 1769, 1770, 1773. Era un alcalde sin salario alguno.

La política del despotismo ilustrado también se ramificó por el mundo rural. En 1785, tenemos testimonio del maestro de Cacín, que solicitó al Concejo Real una dotación anual para el “Magisterio de Las Primeras Letras”, que ejercía en el lugar. Ante ello, el Concejo llevó a cabo una investigación, para comprobar si el maestro reunía los requisitos para ejercer la profesión; y se le requirió para que se presentase, en un plazo de cinco días, en Alhama, para que acreditase estar examinado y aprobado de Maestro de Primeras Letras : cinco reglas de contar y sufiziencia en la doctrina cristiana, para que, en vista de dichos documentos, se proceda a poner en el ejerzizio quanto se manda por la autoridad del Consejo.

La educación en Alhama, como ha investigado Salvador Raya, aparece por primera vez en 1718, cuando un vecino presentó ante el Concejo su título de Maestro de Primeras Letras, solicitando licencia para poner pública escuela de primeros rudimentos.

En 1759, se aceptó la petición de un bachiller, maestro de latinidad, profesor de Retórica y Letras Humanas para abrir clase en Alhama.

 Consideramos que la instrucción de las primeras letras y cálculo, siempre bajo el beneplácito de la Iglesia, comenzó a popularizarse en el mundo rural, y que en ocasiones hubo tal acopio de alumnos, que un maestro de Alhama en 1758 pidió que le liberasen de su contribución, por los muchos niños de padres pobres que tenía, y que no podían pagarle sus servicios de maestro. Posiblemente, hubo maestros sin la suficiente formación que se prestaron a enseñar; de ahí que el Concejo examine caso por caso. No obstante, es evidente que el analfabetismo reinaba por nuestro territorio: un ejemplo lo tenemos en los dos peritos testigos en el Catastro de Ensenada de Cacín, que no sabían firmar.

III.9.1. Enfermedades y plagas.

Con respecto a la sanidad, este siglo se caracteriza por un número considerable de enfermedades que mantuvieron en vilo a la población, cebándose en el mundo rural. A modo de resumen, siguiendo la información que aporta Salvador Raya en su libro “Historia General de Alhama y sus alquerías”, páginas 806 a 811, desde inicios del siglo XVIII se declararon las siguientes enfermedades epidémicas.

  • 1700: calentura maligna, cruel y devastadora a la que se sumó la angina pestilencia.
  • 1705: la fiebre maligna con alteración en la sangre.
  • 1711: las viruelas y el garrotillo pestilencial.
  • 1724: fiebre catarral maligna. En Alhama se destinaron 6.000 reales para el cordón sanitario de la peste, y evitar su propagación.

 En Granada se dispusieron guardas en los caminos inmediatos a la ciudad, procedentes de tierra adentro.

 Ante estos casos la Iglesia toma sus medidas para erradicar la enfermedad, emitiendo el siguiente comunicado:

 Atendiendo a que están tomadas las precauciones que decreta la humanidad en la epidemia declarada… serán inútiles si no se logra la mediación del Todopoderoso quien según las Sagradas Letras, por medio de ángeles buenos o malos como sus ministros, han contagiado con peste muchas veces los pecados de los hombres. Por tal motivo, el Concejo decretó tres días de rogativa pública.

 Cacín no queda al margen de estas enfermedades, sino que, por su situación orográfica - en un valle surcado por el río, que periódicamente se desbordaba, formando zonas pantanosas cubiertas de agua estancada y lodo -, propiciaba el caldo idóneo de cultivo para plagas de insectos transmisores de enfermedades. Según el “Diccionario geográfico” de Pascual Madoz, el párroco de Cacín se trasladó a vivir al Turro, porque tenía un clima más sano. Curiosamente, el apodo de panciverdes con el que se les conoce a los cacineños en los pueblos vecinos, parece que se debe a que se les ponía la barriga verde por beber agua del río. Sin lugar a duda, esa agua acabaría por inmunizar a la población; de lo contrario no habría progresado.

 Pero el río también tenía sus virtudes. El fervor popular afirmaba que los peces que se pescaban en el río de Cacín llevaban esculpidas en sus escamas las “Sagradas Formas Eucarísticas”.

 Las plagas de langosta (cigarrones) esquilmaban y arrasaban las cosechas año tras año. En 1756, se dictaban instrucciones para actuar contra la plaga de saltamontes; disposiciones que se repitieron en 1783 y 1785. Se decidió en Alhama y alquerías, siguiendo la normativa real, que las piaras de cerdos pastasen por el campo para consumir dichos insectos, y que los vecinos acudiesen a los focos de caballeta (saltamontes) a quemarla y enterrarla. Se llegó incluso a hacerse un repartimiento de peones, desde 2.000 hasta 8.000, de la Jurisdicción de Alhama, para los espacios más afectados. Se abonaba por cada libra de canutillo (larva de langosta), 4 maravedís, que suponía 1.220 reales por 100 fanegas de canutillo recogidas, como se escribe: se recoxiese por los hombres, muxeres y muchachos que quisieren ocuparse, pagándoles cada libra a quatro maravedís”. Al mismo tiempo, la Iglesia “implora a la gracia divina, llevando la Virgen de la Concepción en procesión para que nos libere del riesgo que nos amenaza. Estas plagas en definitiva consumieron el pasto de los animales, y causaron una gran carestía.

 Llegamos a finales del siglo XVIII, y el balance del Despotismo Ilustrado y del Siglo de las “Luces” de la Ciencia y el progreso es poco positivo. Los señoríos, mayorazgos, oligarquías, privilegios estamentales se mantenían, e impedían modernizar el país. La Iglesia inquisitorial acechaba cualquier infiltración de los principios de la Revolución Francesa y de la Enciclopedia de Voltaire, Montesquieu y Rousseau. De esta manera, la Inquisición silencia las voces revolucionarias, y cierra las puertas a los jóvenes universitarios que quieren estudiar en el extranjero. Se persiguen las publicaciones francesas. Nuestros ilustrados son desterrados (Jovellanos), o despedidos de sus cargos (Campomanes), o censurados (Cabarrús, Cadalso y Feijóo). Este mundo de miedo, desconfianza, ignorancia, superstición, lo retrata Goya en las paredes de su casa, con monstruos que engendra el sueño, y personajes enloquecidos y embrujados: un retrato cruel e impecable de la decadencia del Antiguo Régimen.

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