
El tránsito del pueblo de Cacín por la Edad Media: la conquista árabe, las noticias de su transformación en alquería mora, y datos sobre la peculiar industria.

Turno del capítulo relativo al tránsito del pueblo de Cacín por la Edad Media: la conquista árabe, las noticias de su transformación en alquería mora, y datos sobre la peculiar industria que lo hizo ser codiciado por el conde de Tendilla, y con ello, entrar en la Edad Moderna. Como siempre, estos fragmentos han sido extraídos del libro “Las edades de Cacín” (Eusebio Pérez Gómez, 2025)
1. Contexto histórico. Conquista árabe
Son diversas las clasificaciones que hace la historiografía sobre la Edad Media, ese periodo que arranca con la caída del Imperio Romano y termina aquí en España con la Reconquista. Nosotros vamos a optar por considerar que esta etapa de la historia en nuestro entorno comienza con la irrupción de la cultura musulmana en nuestro territorio.
Después del siglo V, los bárbaros del Norte entran en la Península Ibérica (Visigodos, Suevos, Vándalos y Alanos), acabando con el dominio romano en nuestro territorio. Tras una serie de luchas internas ente ellos, prevalecen los visigodos, que constituyen una monarquía electiva, y que en poco tiempo asimilan la cultura romana, convirtiéndose al cristianismo. Las refriegas y hostilidades se desencadenaron más bien con los bizantinos, que estuvieron por estos dominios desde los años 552 al 624.
Por ello, consideramos que esta etapa que transcurre desde la caída del Imperio Romano, 409 en España, hasta 711, en que entran los musulmanes, es un periodo latente, sin grandes trasformaciones sociales; más bien una continuación de la romanización.
Tras la batalla de Guadalete en el 711, la ocupación de nuestro territorio por los musulmanes es cuestión de meses. Los árabes y bereberes, procedentes del Norte de África, ocupan nuestras tierras, pero no es una conquista de posesión y expulsión de los nativos; al contrario, respetan sus propiedades y cultura, si bien han de someterse a la administración y jurisdicción de los nuevos conquistadores, poseedores de una cultura totalmente diferente a la que se estaba fraguando en la España visigoda de la alta Edad Media, y que conocemos por feudalismo.
La sociedad feudal se estructura, con la tutela de la Iglesia, en tres estamentos: nobleza, clero y pueblo llano; tres grupos cerrados, sin posibilidades de entremezclarse. Los dos primeros, tenían todos los derechos y privilegios; el tercer estamento, el pueblo, que comprendía aproximadamente el noventa por ciento de la población, no tenía privilegios, sino el deber de servir y trabajar las tierras de la nobleza, y pagar diezmos y primicias a la Iglesia.
De este sistema feudal nos libramos, y entramos en una nueva estructura social totalmente diferente. Aquí no hay señores feudales, con sus castillos y poder casi absoluto. En la sociedad musulmana, y, sobre todo, el reino nazarí al que pertenecíamos, el poder lo ejercía el rey nazarí; y, para administrar y controlar sus dominios, se servía de dos altos funcionarios: el Caíd y el Cadí.
El Caíd era gobernador y máxima autoridad militar después del rey. Velaba por el mantenimiento de las fortificaciones, aplicaba las leyes y cobraba los impuestos.
El Cadí asumía el poder judicial y religioso. Administraba la justicia, velaba por el cumplimiento del Corán, e incluso hacía las funciones de notario, y legitimaba los enlaces matrimoniales, con sus funcionarios, como el Imán, que tenía cada alquería.
La propiedad no estaba concentrada en pocas manos, como en el sistema feudal, sino repartida de una manera más equitativa. Como afirma en su tesis doctoral Antonio Peláez, existía la familia campesina como unidad de producción, vinculada a una explotación agraria familiar, en régimen de propiedad o arrendamiento. Estas familias conforman la comunidad campesina, que se identifica por una homogeneidad socioeconómica, autosuficiente en el abastecimiento, y compatible con el comercio e intercambio. Las propiedades eran de tamaño reducido, y con un alto grado de especialización.
En nuestro espacio geográfico, por consiguiente, no hay castillos, ni nobles, ni cristianos, desde principio del siglo VIII hasta finales del S. XV. Una nueva población, procedente de Arabia y norte de África, ocupa nuestro territorio. Los cristianos nativos pueden permanecer, aceptando la nueva legislación y autoridad de la doctrina árabe. Se les van a respetar sus derechos y libertades, creándose un nuevo grupo social, conocido como “mudéjares”, que conserva su estatus jurídico propio, e incluso se les permite practicar su religión. Con el paso del tiempo, los mudéjares van disminuyendo: unos optan por su plena integración en la cultura musulmana, otros emigran a tierras cristianas.
La administración territorial se determina mediante las “coras”, que vienen a ser las primeras alquerías en las que se concentra la población. De ellas destacan en nuestro espacio geográfico la Cora de Rayya, que coincide con Málaga, y la cora de Alhama, topónimo último que tiene su origen en Hammin o Hammain hasta Alhammim y Alhama cuya raíz etimológica común significa agua / aguas cálidas /baños. / Alhama alcanzaba una población de más de 2.000 habitantes. Las aguas termales fue uno de los motivos que causó tal concentración de población.
Los pueblos de la comarca inician su historia como alquerías, donde se concentraba un número reducido de vecinos en un pequeño recinto, generalmente amurallado, con un torreón que servía de protección y defensa ante las frecuentes incursiones cristianas. Aquí, la torre del señor feudal para dominar a sus campesinos es sustituida por la torre para defenderse de los cristianos.
El nexo entre las alquerías y el poder estatal son los impuestos. En este sentido, Ibn-al- Jatib, visir y escritor del reino Nazarí en el siglo XV, destacaba en los habitantes del reino lo siguiente: “Su obediencia a los emires es perfecta y su conducta en soportar las cargas tributarias admirable”.
Posiblemente, esta fue una actitud propia de los últimos siglos, cuando a partir de las reconquistas de Fernando III, el reino nazarí tuvo que recurrir al pago de “las parias” al reino de Castilla, para mantener un equilibrio de poderes. Sin embargo, la cultura, tradiciones y religión de la población se desarrollaba con normalidad.
Ibn-al Jatib comentaba las ropas que se utilizaban: El vestido más usado en invierno eran paños de lana teñidos de distintas calidades, dependiente de la posición social. En veranos usaban el lino, la seda, el algodón, el pelo fino de cabra para las prendas tan populares como la capa de Ifriqiya, los velos tunecinos y los finísimos mantos de lana, de tal manera que los contemplas el viernes en la Mezquita y te parecen flores abiertas en vegas espaciosas bajo aires templados”.
Era una sociedad que mantenía unas costumbres ancestrales, como es el caso de los rituales funerarios. Tras lavar y amortajar al difunto, se recitaba una oración antes de enterrarlo; y, en el caso de que fuera un niño, la oración era la siguiente: “¡Oh, Dios mío! Haz que este hijo sea para sus padres como un préstamo que te adelantan, un tesoro que te confían, un mensajero que te envían, y recíbelo como un tributo que te pagan.”. Se cavaba una fosa, y se depositaba el difunto sobre el costado derecho mirando a la Meca. Se enterraban en las afueras de las alquerías y en los caminos de acceso; diferente a los cristianos, que lo hacían en cementerios, dentro de la ciudad, junto a la iglesia.

Nos detenemos en esta descripción, porque consideramos de interés conocer los orígenes de nuestro pueblo, quiénes eran y cómo vivían los primeros cacineños, y los vecinos de otras alquerías. El autor del libro y varias personas más son testigos de que, en cuanto a los enterramientos, existían como peculiaridad en Cacín las “orzas”, tumbas que se consideran de la época de los moros, como se les suele denominar, y que aparecen de una manera aleatoria, y sin ningunas coordenadas que nos ayuden a encontrar más ejemplares de ellas, que seguro reposan en nuestras calles y en las afueras. Generalmente, las personas mayores del pueblo han visto una de estas tumbas. En las cercanías del “Cortijo el Amo”, había una de grandes proporciones, en la que jugaban niños, de los que todavía viven algunos. Con motivo de la primera canalización de agua potable, se abrió una zanja que cruzaba el pueblo desde las eras hasta el centro del paseo, para meter la primera tubería, que alimentaba la fuente de dicho paseo. Ello ocurría a finales de la década de 1950. Se descubrieron varias “orzas”, y el autor y otras personas fueron testigo de una de ellas, en el centro del paseo de la iglesia: sonaba a hueco, y el azadón se clavó, rompiendo la bóveda. Descubrimos un cadáver en posición fetal. Parece que no había ajuar. El esqueleto, en contacto con el aire, se desintegró totalmente, reduciéndose a cenizas. No se le puso demasiado interés: los jornaleros ya habían descubierto otras más arriba, y, quién más, quién menos, conocía otras “orzas”. Es un tema que tenemos pendiente: una prospección del terreno dirigida por arqueólogos y estudiosos del tema podría aclararnos la identidad, cronología y detalles de estas tumbas nuestras.
2. Cacín, alquería mora
قرية غسان(غرناطة) Traducción: “Alquería de Cacín (Granada)”
“Se trata sin duda de una alquería antigua, según consta en las fuentes árabes, cuyo topónimo Cacín, podría derivar del nombre de una tribu árabe, de los Gassaníes”. Así comenta el historiador medieval D. Antonio Malpica la alquería de Cacín.
Ibn-al-Jatib, en el S. XIV, menciona Cacín como “Gassan”, alquería que, junto con su río, formaba parte del “Quempe” (Temple). Éste es el primer dato que tenemos en documentos escritos de nuestro pueblo. Pensamos que es el dato más fiable del que debemos partir para conocer las raíces de Cacín. Primero, porque está en un documento histórico, en el que no hay duda de que se trata de Cacín, porque menciona su río. Segundo, porque de la otra toponimia de la que se habla, de origen romano, “Cacius”, no tenemos documentos que lo acrediten.
El término “Gassan” parece que procede de la tribu los gassanies, noble linaje musulmán, que ejercieron gran influencia en Ilbira; de hecho, en la época de Abderramán III, Muhammad b. abd al -Jaliq al Gassaní fue Cadí. Según Al-Jatib, esta alquería fue cuna del erudito granadino Matar b. Isà b. al-Layt. En nuestro afán por descubrir protagonistas de nuestra historia local, sumamos este erudito nazarí como la segunda persona identificada como “cacineño”.
Si nos trasladamos al siglo XIV, Cacín era una alquería típicamente musulmana, poblada por árabes, bereberes (procedentes del norte de África), y posiblemente algunos mudéjares, (cristianos, como hemos dicho anteriormente, que se habían arabizado, pero no convertidos a la religión musulmana.) Sería una población pequeña, pero que tenía su propia identidad, con una fortificación, torre y al menos un oratorio, si no daba para una mezquita. Así se nos confirma en la Crónica de Hernando del Pulgar del 19 de junio del 1483. Su alteza (el rey Fernando) partió en buena hora, e fue a asentar real en una ribera de un río que se llamaba Caçín, en el camino que va a Granada, que es a una legua poco más de Alhama. No pudo su alteza andar más este día, asy por ser tarde cuando partió, como por no aver agua más adelante donde su Alteza asentarse. En este logar donde el Real se asentó, estaba vna alquería que se lamaua Caçín, con un cortijo e una torre buena, con su cerca gruesa e pretile almenas bien defendederas; e algo del cortijo estaua quemado del año pasado. La Alquería estaua despoblada, porque por termor de los de Alhama, no labrauan esta comarca. El qual cortijo e torre mandó su alteza luego al tehesorero Ruy Lopez que tomase cargo de lo hacer derribar; e luego en esa misma noche el thesorero no durmió, andando sobre los peones y dando orden como mas presto se derribase. Lo qual quando amasneció estaua puesto por el suelo.
Si releemos el texto, nos daremos cuenta de que, un año antes, 1482, había sido tomada Alhama por los cristianos; que Cacín aún se mantenía como alquería musulmana, aunque sus vecinos la habían abandonado, ante el pánico por los cristianos de Alhama; que Fernando el Católico, con su ejército, llevaba a cabo expediciones contra el asedio que sufría Alhama por parte de los nazaríes, dispuestos a recuperar la ciudad; y que éste fue el último día de Cacín, como alquería musulmana, después de 770 años - una alquería que disponía de muralla, almenas, pretil y torre bien sólida.
En conclusión, se acaba la edad de nuestra historia musulmana, para comenzar una nueva, la cristiana.
Mas lo que más llama la atención de la crónica es que esta pequeña alquería tuviese una cerca gruesa con pretil, almenas bien “defendederas” y una buena torre. Las características de esta fortificación nos llevan a pensar que Cacín, o bien estaba en la zona fronteriza con los cristianos, por lo que eran menester dichas defensas, o bien tenía una peculiaridad especial como alquería perteneciente a la comarca del Quempe (Temple), como describe Ibn Al-Jatib en sus crónicas.
Pensamos que las dos alquerías más importantes del Temple eran La Malahá y Cacín. La primera, era rica por sus yacimientos de sal, artículo de gran valor. Nuestro pueblo, era el único que tenía agua, y en abundancia, un recurso imprescindible. El río aportaba agua abundante, insistimos, y permanentemente. Por consiguiente, la vega debió de ser cultivada intensivamente, y uno de los cultivos que predominaría sería el moral para la producción de hojas destinadas a los criaderos de gusanos de seda, que elaboraban la seda de los famosos telares granadinos: tejidos nobles únicos, como los terciopelos, tafetanes, damascos, brocados y rasos, de tal calidad que llegaban a superar a los que se fabricaban en Oriente. Se exportaban a los mercados europeos y orientales.
¿Por qué mantenemos esta hipótesis? En el Catastro de la Ensenada del 1751, que comentaremos más adelante, adelantamos aquí “que los árboles que hay en el recinto de este lugar se reduce a los morales y que la producción puede ser de ochenta cargas de hojas al año, sacan por consecuencia que de cada fanega de tierra plantada de morales en toda su extensión es de veinte cargas de hoja cada año. (pregunta 13). Concluimos que, si en el año 1751 se cosechaba esta considerable cantidad de hojas, cuando ya los expertos tejedores moriscos habían desaparecido y los telares se habían reducido a un mínimo testimonio, 250 años antes, en pleno esplendor de dicho reino, la producción debió ser bastante más importante, en sintonía con la fuerte demanda de la seda.
La mencionada abundancia de agua, por tanto, hacía posible un cultivo intensivo de este árbol. En conclusión, la alquería de Cacín tuvo un protagonismo especial. Y nos confirma esta hipótesis el interés que tuvo el Conde de Tendilla por comprar Cacín, lo que efectuó con la dote de su esposa, como explicaremos más adelante.