Paseando por Arequipa y su monasterio de Santa Catalina

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     Tras abandonar Tacna a la hora prevista, se inicia el trayecto, desértico y tortuoso hacia la capital del departamento homónimo en las laderas de la cordillera andina, a casi 2.400 metros sobre el nivel del mar y un inmaculado cielo.

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    Paseando por Arequipa y su monasterio de Santa Catalina (Perú)
    (En aymara: El lugar que yace ante el pico)

     Arequipa se le conoce también como “la ciudad blanca” y, por qué no reconocerlo, cuando preparaba el viaje no pensaba visitarla, al final estuve disfrutando de una estancia de una semana: la más larga de mi último periplo andino. Sin duda la benignidad del clima, el buen ambiente, tranquilo, sosegado, la belleza de su casco histórico declarado Patrimonio Mundial de la UNESCO y su buena gastronomía [aunque para los turistas hay de todo, como en botica, lo impresionante es su oferta para todos los gustos y bolsillos].

     La ciudad tiene un ambiente colonial y cosmopolita que atrapa al viajero, algo que hace que te encuentres ante un dilema. Que te hagas muchas preguntas y, de hecho, esa es la zona que interesa al visitante, al margen de unas pequeñas escapadas por los inmediatos alrededores [a unas cuantas horas encontramos también atracciones que dejan boquiabierto al que llega, como el célebre Cañón del Colca o el avistamiento de los cóndores, pero no era ese el objetivo tras haber recorrido ya una buena parte del altiplano, el cuerpo pedía tranquilidad y ese es lo que hice] que pueden realizarse con el bus turístico a un precio más que razonable y que apenas te lleva mediodía.

     La ciudad merece ser pateada y, cada metro del “Cercado” [casco histórico] rezuma lo español en el más amplio sentido del término; sus gentes son buenas conversadoras y agradables en el trato o al menos así lo fueron conmigo. El apelativo de “blanca” le viene dado por la piedra empleada para su construcción, la roca volcánica blanca que sirvió para realizar los sillares[curiosamente cuando reservé el alojamiento Villas Sillar no tenía la más remota idea del porqué del adjetivo; cuando dejé el taxi lo primero que me vino a la cabeza eran nuestros tajos y el paciente trabajo de Escobedo –El Picapedrero- frente a los molinos de Mariano Pérez donde, en ocasiones, también nos entreteníamos dándole a la barrena y nos dejaba cargar el ingenio que hacía volar por los aires las impresionantes rocas que a veces acababan impactando en la techumbre de aquella industria harinera, próspera años antes y decadente en los tiempos de mi infancia] que le dan ese característico esplendor que el astro rey se encarga de resaltar.

     Durante el recorrido turístico muestran al visitante los omnipresentes volcanes Chachani (6.075 metros), Misti, el más conocido (5.821) y Pichu Pichu (5.515) que, majestuosos, parecen estar vigilando el lugar que en invierno tenía una temperatura primaveral y permite una agricultura pródiga en hortalizas y frutas de los más exóticos nombres y gustos [deambular por su céntrico mercado es un placer para los sentidos aunque, para los más remilgados, no les recomiendo la sección dedicada a la carnicería y mucho menos la denominada “casquería” salvo si andan buscando un órgano de toro para confeccionar una “cisquilla” para arrearle al caballo ¿quedan equinos en el pueblo?].

      ...recuerdo cómo se comía el pescado crudo mientras lo limpiaba en mi casa del Callejón tras llegar mi madre con la compra realizada a Los Veleños en la Plaza que estaba en el Paseo, lindando con la calle Salmerones.

     Los españoles llegaron aquí con Pizarro en 1540 que acudió para sofocar a los belicosos “Charcas”. En el asentamiento se quedó su lugarteniente Manuel de Carvajal que fundó el 15 de agosto la ciudad; oficialmente fue Carlos I el monarca que le otorgó el nombre de Ciudad de la Asunción de Nuestra Señora del Valle de Arequipa. Fue una de las más ricas del virreinato porque se encontraba el camino de las interminables reatas de mulas que realizaban la ruta de la plata que arrancaba en Potosí (Bolivia). Quedó totalmente arrasada en una erupción volcánica en el año 1600, realmente eso es algo consustancial a la zona y en varias ocasiones han tenido sobresaltos, los últimos a mediados del XX, pero curiosamente, la zona colonial rápidamente es restaurada sigue en pie, sin duda por sus recios muros de mampostería y sillares bellamente tallados.

     El casco histórico es una verdadera joya y uno se pregunta ¿cómo fue posible que tan pocos españoles hicieran tanto, tan bien y en tan poco tiempo? Algo falla cuando nos explican la historia del Nuevo Mundo, sobre todo aquí en Cataluña; me detendré en alguno de esos legados porque bien merece la pena conocerlos.

     Los alrededores de Arequipa son fácilmente visitables en un circuito de poco menos de mediodía que nos muestra varias cosas de interés. Generalmente se inicia en la Plaza de Armas para inmediatamente pasar a Yanahuara donde se degusta un queso helado de gratísimo sabor y finaliza en las terrazas de Paucarpata, permiten recoger tres cosechas al año y fueron incluidas en la lista del Patrimonio Mundial. En esa zona es posible montar a caballo para el que tiene ganas de retozar o la que se cree una extraordinaria amazona, al resto les toca estirar las piernas antes de que le devuelvan al caso histórico del que se partió y del que cuesta trabajo desengancharse por su bullicio y su oferta.

     Uno no se aburre, hay oferta para todos los gustos y en mi caso me “zampé” dos festivales, uno de bailes y danzas en el Teatro Central y el Festival de Norteña en el lejano Pabellón Mario Vargas Llosa [su casa se ha convertido en Biblioteca y es todo un encanto por su tranquilidad]. Lo único censurable es la falta de puntualidad que, al parecer, para ellos es lo habitual y para un europeo desesperante; en cierta medida con ese detalle descubres también la insensata costumbre de querer ganar tiempo al tiempo, así que la charla amigable, la visita sosegada está servida: no quedas defraudado, los espectáculos cubren sobradamente las expectativas y creo sería fabuloso disfrutar del Festival Nacional de Norteña en Trujillo [los que quieran saber de qué música se trata, antes casi exclusiva de los más afortunados que sintonizaban alguna emisora andina por onda corta y hoy, gracias a las modernas tecnologías, sólo basta teclear el deseo en Youtube para tener una gran oferta de esos ritmos, repetitivos y sensuales que dan alegría al cuerpo].

     Sinceramente, si tengo que pararme en lo que sobre, ese algo es el “pasteleo-peloteo” de la presentadora hacia las autoridades, pero se ve que el minuto de gloria es omnipresente incluso en el más recóndito lugar del mundo. Sobran los aplausos a petición, sería mejor que tuvieran su propia claca como sucedía en Barcelona cuando llegué a mediados de los setenta [no pagabas entrada a cambio de los aplausos en el momento adecuado que te marcaba el responsable].

     El casco histórico conserva todo lo colonial que queramos ver, en la mayoría de casos se trata de edificios religiosos o de las autoridades de la época que se han conservado y, en algunos casos, actualizado su uso. No deja indiferente la célebre Plaza de Armas, la Catedral, la Iglesia de los Jesuitas [o de La Compañía como frecuentemente se le denomina], la franciscana o la Recoleta, San Agustín, Santo Domingo, la Merced, etc. Curioso, mientras deambulaba me encontré con un escudo de las Mercedarias.

       Después una siesta “jameña” y a media tarde, sin tanto sol, de nuevo tocaba reiniciar el tradicional paseo en busca de rincones para inmortalizar y lugares para alimentar nuestras neuronas.

     De inmediato me devolvió a mis 6-8 años cuando asistía con mis hermanas al colegio que dicha institución tenía en la Carretera de Granada [actualmente, si no recuerdo mal, acondicionado como residencia de ancianos. ¡Uy!, perdón, de la tercera edad. ¡En qué estaría yo pensando, en vez de celebrar con gozo el hecho de cumplir años, nos avergonzamos por hacernos viejos! Hay varios museos, pero tras el recorrido por el Monasterio de Santa Catalina ¿para qué quería más historia?.

     Así que tocaba buscar donde reponer fuerzas y disfrutar de la gastronomía. Había donde escoger y con todos los gustos y sabores. Después una siesta “jameña” y a media tarde, sin tanto sol, de nuevo tocaba reiniciar el tradicional paseo en busca de rincones para inmortalizar y lugares para alimentar nuestras neuronas.

     Infinidad de rincones para inmortalizar, detenerte, disfrutarlo y, sobre todo, saborearlo. Alguna que otra cerveza, alguna bebida tradicional [me encantó la clásica con maíz morado y los zumos verdes energéticos y saludables]. Realmente la gastronomía arequipeña es excelente y me atrevería a decir que, en general, la cocina peruana es de las más ricas y variadas que me encontré durante mi deambular por el orbe. Sólo el ceviche no me atreví, recordemos que un problema de estómago puede amargar el viaje a cualquiera, así que en los viajes hay precauciones que son imprescindibles observar, a pesar de estar debidamente marinado y preparado con limón, el pescado crudo no era [para mi] el principal plato [aunque debo confesar que mi padre hubiera disfrutado de aquellos manjares, pues recuerdo cómo se comía el pescado crudo mientras lo limpiaba en mi casa del Callejón tras llegar mi madre con la compra realizada a Los Veleños en la Plaza que estaba en el Paseo, lindando con la calle Salmerones] y el agua siempre la debemos tomar embotellada o debidamente potabilizada, algo que no siempre se encuentra, así que se recomienda para un viaje por zonas aisladas llevar pastillas para este fin o el gotero que te permite controlar la ingesta del líquido elemento aunque ¿quién no se atreve con un sabroso helado? ¡Ay! Toca encomendarse a nuestro ángel guardián y esperar que ese gustazo no nos amargue el resto de la odisea.

    El monasterio de Santa Catalina

     Sin duda el más sorprendente convento de monjas de clausura [todavía quedan algunas de ellas recluidas en un apartado rincón de la zona norte del Monasterio que se localiza cerca de la histórica Plaza de Armas, donde me tropecé con un autobús urbano de Barcelona pero rebautizado en la puerta de acceso como de la Municipalidad de Arequipa y que me devolvía a otra realidad] que uno pueda imaginar.

     ¿Por qué, si están en perfectas condiciones, la Ciudad Condal se ha de ver sometida al constante ajetreo de la renovación de la flota? ¿Quién se beneficia al realizar tales renovaciones que van a cargo del erario público? Que conste no es el único caso de autobuses municipales españoles que circulan por América. Me los tropecé en Cuba, República Dominicana, América Central, Perú, Bolivia, etc. La procedencia era diversa: Granada, Canarias, La Coruña, Madrid, Barcelona…Igual que en Santiago de Chile me encontré con vagones de la RENFE que me devolvieron ami ya lejano servicio militar. ¿Quién los vende? ¿Por qué se venden? ¿Cómo se venden? En fin, supongo que alguien tiene respuesta pero yo no lo entiendo porque, si están en condiciones de circular ¿por qué se retiran del servicio?¡Ah!, claro, no había caído: somos un país donde nos sobra de todo… En fin, volvamos al Monasterio que nos planteará menos dudas existenciales.

     Estese localiza al lado izquierdo de la Catedral, dos cuadras nos permiten llegar al recinto que ocupa prácticamente el doble de las habituales en el casco histórico arequipeño. Se ubica entre Santa Catalina-Ugarte-Bolívar y Zela. Está abierto, previa entrada de pago, hasta las cuatro de la tarde y es un recinto que invita al recogimiento y la interiorización.

     En sí mismo es un pueblo dentro de la Arequipa histórica y fue abierto al público tras más de cuatro siglos de estricta clausura, la falta de vocaciones y el constante deterioro que sufría la instalación y con miras a su mantenimiento para las futuras generaciones. La pequeña comunidad actual se ubica en una parte totalmente ajena al mundanal ruido en la zona norte del recinto. En sus mejores momentos lo habitaron casi 500 monjas.

       ...le permitía preparar el “azulete” en el cubo y que tan primorosamente lucía al tender su colada hecha a mano, unas veces en la pila de casa; otras en las pilas de los molinos (en la que denominábamos Acequia Alta)

     El fabuloso recinto lo levantó la viuda del acaudalado Gutiérrez de Mendoza (por lo visto en la época no se habían inventado los paraísos fiscales ni los viajes a Andorra y los acaudalados entraban en la historia a base de construcciones y obras pías) y tuvo que costar “pasta gansa” como diría un personaje radiofónico catalán. Es visitable en casi su totalidad, en algunos casos es significativo ver la austeridad con la que vivían lasque dedicaban su vida a la meditación.

     Impresiona recorrer su trazado interior, a cubierto de las miradas indiscretas con grandes muros reforzados en algunos casos. Curiosa la toponimia callejera que alberga: Córdoba, Granada, Málaga, se complementa con las dedicadas a Burgos y Toledo. Flash nostálgico que inmortalizo con la máquina a pesar del color bermejo de la zona en la que aparece el nombre de mi tierra.

     El recinto dispone de varios colores, aunque el azul es el que me devolvía a mi niñez cuando veía teñir a mi madre con el famoso índigo [curiosamente a lo largo de mi existencia me encontré con colegas que no sabían cuál era este color] que le permitía preparar el “azulete” en el cubo y que tan primorosamente lucía al tender su colada hecha a mano, unas veces en la pila de casa; otras en las pilas de los molinos [en la que denominábamos Acequia Alta] donde acudían a lavar las mujeres del pueblo, sobre las rocas cercanas se iban secando las piezas o bien se colgaban en las cuerdas o aulagas que teníamos extendidas en el corral.

     Se cuenta [te explican] que para poder entrar en el Monasterio habían de satisfacerse astronómicas sumas que sólo alcanzaban los aristócratas del momento. Las menos pudientes, evidentemente, tampoco tenían mucha opción, salvo el trabajo que allí no debería de faltar a tenor de la amplitud de las estancias comunes como el dormitorio, cocina o comedor.

     Como bien leí en una de las guías que llevaba en mi “morralito”, Santa Catalina fascina porque tiene mucho que ver con el misterio medieval; con la alegría de los colores, las flores, el inmenso tono azul del cielo o las nieves, prácticamente perpetuas del Chachani que se puede divisar perfectamente desde el recinto religioso, el único del mundo con una ciudadela propia en su interior y para el que se emplearon nada menos que 20.400 m² de sillar blanco, la construcción finalizó en 1580.

     Merece la pena extasiarse en su recorrido, degustar alguno de sus manjares en el coqueto bar-restaurante y disfrutar del canto de los pájaros en alguna de sus zonas ajardinadas y que antaño fungieron como huertos que generaban el sustento de la comunidad y que hoy aíslan del mundanal ruido en esta zona próxima al río des esta preciosa zona andina.

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    Hasta la próxima aventura, Juan Franco Crespo.

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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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