Caribe: Puerto Rico, la isla del encanto

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    Posiblemente una de esas citas que se hizo esperar y eso que fue el primer lugar que, cuatro décadas atrás, habíamos elegido el grupo de amigos para ir por primera vez al Nuevo Mundo.

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     Pero los planes no siempre se cumplen y al final lo vas dejando hasta que se presenta esa oportunidad; entonces, siempre que puedes, intentas escaparte a ese mundo que tan familiar te resulta. Nada que ver con el resto del Caribe español, o posiblemente más de lo que uno espera ya que su gente se identifica más con lo español que con el Tío Sam. La primera vez te quedas sorprendido, pero, inmediatamente, reaccionas y disfrutas del suave y melodioso verbo de su gente; su gracia y su simpatía.

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     Después de echarte a devorar el Viejo San Juan. ¡Quién te ha visto y quién te ve!, que bien que está quedando, como en los mejores años de pertenencia a España, a pesar de los políticos, diremos que es un placer deambular por ese coqueto espacio que nos devuelve a pretéritos tiempos de la Historia común. Ese pasado que aparece a cada paso, que está ahí y que conservan con orgullo: infinidad de tumbas con apellidos que nos son familiares y que, conservan, con orgullo y pasión sus gentes que te harán creer que estás en casa. Que te harán reír a poco que la conversación gire por insospechados senderos, sobre todo cuando algún término tiene un sentido totalmente ajeno para nosotros, por ejemplo hablarle del “bicho” a una fémina puede significar sonrojarla o que piense mal de ti; aunque si sabe que no eres Boricua, seguramente te pedirá más información y, aunque ruborizada, luego te dirá lo que es para ellas el susodicho bicho (en Cataluña sería la célebre guindilla o pimiento picante, aunque aquí, en Puerto Rico, tiene connotaciones sexuales).

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     El Viejo San Juan nos lo encontramos en el lado izquierdo de la inmensa bahía y protegido por la arquitectura militar española del impresionante Castillo de San Felipe del Morro y un tramo de murallas en el lado Atlántico que lo unen con el Castillo de San Cristóbal. A mitad de camino, entre ambas construcciones, uno se encuentra, mirando la inmensidad del Atlántico, un barrio que se hizo famoso con la célebre y celebrada canción DESPACITO. Efectivamente se trata de La Perla y, siguiendo la calle más próxima al mar, acabaremos en un cementerio que todavía rezuma su pasado español; me atrevería a decir que algunos camposantos de la península no están tan primorosamente cuidados y cantidad de apellidos podríamos catalogarlos de “jameños” aunque no encontrara ninguno que tuviera el origen del finado.

     La Perla parece resurgir de su letargo gracias a la canción, aunque por las mañanas no deja de ser un barrio sin vida que, curiosamente, rebosa de gente una vez cae la tarde. La vida no es barata pero una vez aquí tampoco regatearas los precios de la cerveza o del mojito, sobre todo si el astro rey está en su máximo apogeo. Ir hasta la puerta del Morro puede significar un gran tostón, pero merece la pena cuando sopla la suave brisa de la tarde, que hará, además, que uno se haga muchas preguntas sobre aquellos hombres que con tan pocos recursos hicieron tanto en un tiempo, terrestre, relativamente corto y… ¡Todavía su legado está ahí, cuando en la España peninsular hay infinidad de ciudades que arrasaron con su pasado y en un par de generaciones todo lo viejo se vino abajo!

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     El conjunto de la Fortaleza del Morro y el Viejo San Juan fue declarado Patrimonio de la UNESCO en 1984 y, contemplándolos, entiendes por qué tiene ese honor. Fácil de andar, es lo primero que nos topamos nada más salir de la Terminal Marítima o de la Estación de Autobuses capitalina. Cualquier calle va bien para iniciar la tarea de descubrimiento, generalmente suelo iniciar el recorrido tras llegar al espléndido monumento dedicado a Cristóbal Colón, muy cerca suele estacionarse el carrito de golf amarillo que te lleva, hasta donde le indiques, de manera gratuita [curiosamente sin que te pidan nada, sin justificar nada, un servicio puesto por el municipio para el ciudadano que lo requiere y que contrasta con las tarifas o pases que tenemos en la piel de toro y que cuando quieres acogerte a ellas necesitas infinidad de papeles para que te lo apliquen; reconozcamos también que a veces te encuentras la persona sensata que ya te lo aplica sin pedirlo, en España sólo me ocurrió una vez en el conjunto arqueológico romano de Mérida; lo habitual es que las “rebajas” no sean aplicables por igual en toda las autonomías o reinos de taifas en que hemos convertido el país, sólo se salva la tarjeta dorada de RENFE que la toman en todo el país], puede ser una forma perfecta de descansar y tener fuerzas para llegar al castillo relativamente fresco.

     Debo señalar que la isla me era familiar desde mi adolescencia, gracias a la radio y la correspondencia que me llegaba desde Isabela, San Juan, Fajardo, Ponce, Mayagüez, San Sebastián o Aguadilla, topónimos que recuerdo de aquellas decenas de cartas que llegaron a mi jameña casa de nacimiento en el Callejón de la Parra, tras lanzar, La Estación de la Alegría, mi dirección por las ondas hertzianas. Con esa correspondencia y la radio, cada noche parecía que el mundo se hacía más pequeño y que tu imagen te hiciera volar.

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     Por supuesto postales, folletos, libros o camisetas [fueron muchas las que Foto Mesa hizo y que yo envié a los cuatro puntos cardinales gracias al trabajo que te daba pequeños placeres que te permitían soñar en puntos lejanos que con el paso del tiempo se han convertido en referencias vitales de nuestra existencia] estuvieron cruzando el Atlántico cuando, por unas pesetillas, teníamos unas tarifas postales realmente universales, la desaparecida UPAE era una forma realmente económica de comunicarte con todo el continente o Filipinas: pagabas lo mismo que el franqueo nacional aunque la carta iría por barco y, curiosidades de la vida, llegaban antes que ahora [por ejemplo retiré un certificado que salió de Taipei el 18.12.2019, pasó por Madrid el 26.12.2019 y me era entregado el 13.01.2020 y traía una pasta en la estampación de máquina como franqueo: o sea, nos hacen creer que hemos avanzado, nos lo cobran a precio de Jabugo y, en realidad, tenemos un servicio muchísimo peor que en el siglo pasado. O dos envíos depositados en Lisboa el mismo día 10.10.2019, uno llegó el 20 de octubre siguiente y el otro cuando ya no lo esperaba, el 15 de enero de 2020]. Digamos que las sucesivas visitas en los últimos años han sido algo así como sacarse la espina de esa larga espera, como si cerrásemos el ciclo y me resta decir que lo bueno se hizo esperar.
    Dicen que estuvo poblada hace más de dos milenios, a juzgar por las muestras pictóricas halladas en numerosas cuevas. Su nombre Borinquen es anterior a la llegada de los españoles [hay jocosas camisetas, como la de Coño Boricua que no siempre la gente se atreve a llevar] que se encontraron aquí a los caribes y taínos que tenían la isla dividida en cacicazgos (el tribalismo que hoy padecemos en España existía hace muchos años, aunque allí hace tiempo que los aborígenes se extinguieron en el largo proceso de mestizaje, por mucho que se quiera girar atrás). Recordemos que aquellos pueblos se regían por una especie de estratificación social (no es algo que les impusieran los españoles de su tiempo, sino que vivían así, el más bajo nivel era el de los trabajadores ¿les suena la gaita? Inmediatamente la denominada nobleza que ostentaba algún que otro privilegio, entre ellos podían ser polígamos [en la España de ese momento todavía estaba el derecho de pernada que tampoco era moco de pavo] y, en lo alto de la pirámide: el cacique (podría ser el señorito o, en tiempos modernos, el gachó que se pasó a la política por aquello de ¡qué bello es trincar! ¡Uy!, qué bello es vivir.

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     Esa comunidad primigenia se fue al pozo de la historia con la llegada de los españoles en 1493 cuando Colón y sus cuates incorporaron varias tierras insulares en la historia del momento, entre ellas Dominica, Maria Galante y Guadalupe, desde donde “los indios” le guiaron hasta Borinquen a la que el Almirante le daría el nombre de San Juan Bautista en honor del hijo de los Reyes Católicos y, suponemos, como una cortesía más por aportar la plata para la expedición. Los autóctonos se acabaron marchando al interior de la isla, Colón se largó con otros vientos y proyectos y la colonización real se iniciaría casi dos décadas más tarde, en 1508, concretamente con Juan Ponce de León que en 1510 sería nombrado gobernador y creó el poblado de Caparra donde vivían indios, militares y una treintena de sevillanos que, a lo mejor, son los responsables directos de esa jacarandosa alegría de sus actuales habitantes.

     La historia sigue, las matanzas de unos y otros, también. Volvemos a lo de siempre: quién esté libre de pecado que lance la primera piedra. En 1538/1539 comienza a levantarse la fortaleza y los primeros edificios del actual Viejo San Juan. La vida no era fácil y sólo faltaban los piratas de Su Graciosa Majestad, entre ellos el impenitente Sir Francis Drake que sería rechazado en 1595 cuando se presentó con una flota de 25 navíos para saquear a diestro y siniestro: los españoles resistieron los envites y el menda tuvo que largarse aunque los ataques a las flotas españoles se hicieron constantes a lo largo del XVII-XVIII, el declive de la producción, el contrabando y la corrupción hicieron todo lo necesario para que los piratas se quedaran sin trabajo y aún se agravaría más con la invasión napoleónica de España.

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     Puerto Rico fue la única tierra que no alcanzó la independencia y cayó en manos de los Estados Unidos en la célebre y fatídica fecha de 1898. A pesar de ello aún sigue librando un no indisimulado desencuentro con la potencia que nos expulsó y, el español, como idioma oficial en la isla, tiene una gran riqueza y sonoridad. O sea está bastante puro si lo comparamos con otros países que sí se emanciparon aprovechando la debilidad del Gobierno de Madrid [para que luego digan, pero en la historia nos encontramos infinidad de corsarios dispuestos a llevarse una porción del pastel sin importar nada el resto de la gente y podríamos preguntar, con la delicadeza criolla ¿qué hay de lo mío?]

    En cuanto a superficie la isla es la más pequeña de las Antillas Mayores [Cuba y dominicana situadas al oeste son las que le anteceden en tamaño]; apenas 8900 km² que incluyen a las Vieques, Culebra e Isla Mona. La sierra del Luquillo con el bosque tropical de El Yunque consigue ser el 60% de su territorio, aunque las escasa zonas protegidas no dejan de ser un pegote en su orografía que fue duramente castigada por el huracán del 2017, todavía son visibles las huellas del desastre, pero te quedas sin habla al vez la rapidez con la que se ha regenerado la naturaleza que azotó su suelo de manera desbocada. En algunos casos la vida natural casi está restituida con una frondosa capa vegetal en toda la isla, pero sobre todo, por el bosque tropical que está protegido, un área de apenas 112 km² que llega a recibir millones de litros de agua anualmente. ¿Quién se extraña entonces de ese poder regenerador de la Madre Tierra? Allí se puede admirar, si hay suerte, su famosa ranita “coquí” así denominada por la onomatopeya de su canto; es un batracio omnipresente en toda clase de parafernalia mercantil de nuestros días. Digamos que la reserva requiere varios días para recorrerla y disfrutarla en todo su esplendor, sólo se necesitan buenos remos y ganas de andar, el punto más alto es el Pico del Toro (1074 metros) y su sendero de diez kilómetros está esperando al caminante. Tras los diferentes estratos de vegetación, uno respira y ensancha sus pulmones, al margen de quedarte extasiado ante el fulgurante verdor.

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     Como siempre señalo, las posibilidades para entretenerse son infinitas y en cualquier lugar hay espacio para la plática, tranquila y sosegada, con los lugareños. Por ejemplo, la Plaza de Armas o del Ayuntamiento [similar el edificio de Madrid] que tiene un plus por su fuente, sus jardincillos, su escultura dedicada al compositor Catalino o sus quioscos para saborear un buen café más barato que en España.

     Otras opciones son los museos, pero la realidad en la calle me llena mucho más. Sin embargo, recomendaría el Museo de las Américas ubicado en el Cuartel de Ballaja o el Museo del Mar que, lamentablemente, lo encontré en reestructuración en mi última visita [los catalanes, tal vez, prefieran ir a la Casa Museo Pablo Casals, justo detrás del primer museo]. Mapas, instrumentos marítimos, etnografía, etc., harán las delicias del visitante, incluso encontramos las réplicas de las naves colombinas [recordemos que la Santa María, a la que alguna vez accedí en el Muelle de Barcelona, quedó semidestruida tras el incendio provocado para aquel año olímpico; ya entonces enseñaban los dientes los cachorros que hoy destrozan la ciudad y no se cansan de repetir “somos gente pacífica”].

     Justo, tras dejar el Museo del Mar, a unos metros se encuentra la Iglesia de San Francisco, en la cripta [hay que bajar una escaleras entrando por la puerta principal] te encuentras con las lápidas de un buen número de enterrados, predominan los apellidos catalanes, entre ellos un tal Ramón Valls que desmonta toda la farsa de la historiografía catalana, sobre todo ahora que nos dio por dejar que los exclusivismos políticos nos narraran “su historia”, pero esa cripta tira por tierra la milonga de la prohibición o discriminación en el comercio con América. Después de todo, los iluminados de nuestro tiempo son así a la hora de querer hacernos unos relatos que se acomodan a la empanada mental cultivada por los alienadores, teniendo en cuenta que nos cambian lo que está sucediendo ahora mismo ¿cómo no nos van a desmontar el pasado que desconocen? La realidad es dura y uno constataba cuando había guías telefónicas en los hoteles, una verdadera joya para los logotipos de las emisoras de radio que, a veces, ni aparecían en el célebre WRTH [La Biblia del diexista], inmediatamente, tras la radio, curioseaba en los apellidos y me encontraba más catalanes y vascos que en la de Barcelona de aquellos fastuosos años donde la vida se vivía con intensidad y ahora se parece a las tristes y aburridas arterias europeas donde sonreír es algo realmente difícil.

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     Tras abandonar la iglesia nos encontramos una plaza, algunos árboles gigantes que sobrevivieron al desastre del huracán, un quiosco de información turística, etc. Seguimos a la derecha y tras superar las escaleras de la Barandilla, tomamos por la izquierda y llegaremos hasta la Catedral, en el lado de abajo está el Departamento de Estado, la Plaza de Armas, el Ayuntamiento, etc. O sea en pleno centro neurálgico del Viejo San Juan que nos puede devolver a tiempos pretéritos donde nuestros antepasados escribieron la historia. Hay por esta zona infinidad de puntos de interés para el visitante que puede escoger en su cuadrícula para deleitarse.

     El Museo o Casa del Libro puede servir, incluso, para hacerse con algún ejemplar a precios asequibles, aunque la temática sea limitada. Justo al lado tenemos una cervecería mexicana con precios más modestos, aunque a veces la concurrencia ocupa toda la calle que está cerrada al tráfico rodado [conviene pedirle a las chicas salsa jalapeña que, al ser muy picante, no suelen ofrecerla a los guiris] y en la esquina izquierda si miramos hacia arriba de la Calle Cristo, nos encontraremos la actual sede de la gobernadora que suele estar muy animada, siempre, curiosamente, era el sector educativo el que estaba protestando ¿por qué maltratan tanto los políticos a esos abnegados profesionales?, pero me encontré una tónica que no sucedía en España: eran los padres los que iban allí a reivindicar el trabajo de los profesionales. Aquí, desde el topicazo de “papeles para todos” nos pasamos a la estolidez por sistema y la indiferencia como meta. ¡Cuántos derechos perdidos por desidia en manos de los trileros de la política y unos sindicatos totalmente amortizados!

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     En esa zona tenemos una casa señorial que sería interesante visitar, se trata de la Casa Felisa Rincón de Gautier, toda una dama, estuvo 22 años al frente de la alcaldía, una de las mujeres más importantes de la isla. Doña Fela fundó el Partido Popular Democrático que durante décadas fue el referente de la política insular, la señora falleció en 1994, a los 94 años; allí se atesoran documentos y honores que recibió durante su prolífica vida pública, impresionante la vitrina con las 166 llaves que recibió en las numerosas ciudades en las que estuvo de visita oficial. Quizá lo que más recuerdan los lugareños fue el año que trajo nieve para que la disfrutasen los niños de la época en el Parque Luis Muñoz Rivera. En 1954 fue nombrada Mujer de las Américas; en vida recibió once doctorados honorarios, eran tiempos en los que la persona receptora honraba a la Universidad, lo contrario de lo que sucede ahora que en lugar de un honor, puede ser un hándicap para el que lo recibe y limitarle su futuro, aunque esté más camino del otro mundo que de nuestra inmediata cotidianidad. Vaya que, en este par de décadas del XXI, hemos visto como muchas veces esos honores “pasteleados” desprestigian a las autoridades académicas que tan alegremente eligen a los destinatarios de tal reconocimiento.

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     Si le encanta el ron, entonces tendrá que ir a la calle Comercio y la Plaza Dársena en donde está la pequeña Terminal del ferry que te lleva a Cataño donde Bacardí realiza visitas por sus instalaciones e incluye degustaciones gratuitas, un motivo más para escaparse al otro lado de la bahía. ¡Que lo disfrute!





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      Juan Franco Crespo, hijo de Diego Franco Portales y de María Crespo Crespo. Nació en mayo del 1953. Vivía en el número 5 del Callejón de la Parra. Fue auxiliar de telégrafos. Junto con sus padres y hermanos marchó a Cataluña, donde se hizo profesor.  


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