Un brillante y completo recital flamenco

Paco Moyano actuó en la segunda jornada del ciclo Flamenco y Poesía que se celebró, según lo previsto, el pasado jueves en el auditorio de Diputación de Málaga


Imagen superior: Portada de un disco de vinilo de Paco Moyano de 1978.

 La cautivadora voz de Pilar Paz Pasamar nos alegró con sus poemas, flamenquísimos en su esencia y en su forma de decirlos, a la vez que nos iba haciendo entrañables confidencias sobre los mismos.

 Después, dos sillas de anea y una mesita con vino dulce, una vela y una rosa roja (nada subliminal), nos anunciaban lo que iba a acontecer: un recital genial, una voz, la de Paco Moyano, que cuando parece que va a romperse, surge renovada y pujante; un pellizco que conmueve todos nuestros sentidos; y un discurso que deleita al intelecto, que nos hace empatizar y sentirnos abanderados de la misma causa. Todo ello junto al brillante y magistral acompañamiento de Paco Jarana.

 Con esa personalidad arrolladora que le caracteriza, Moyano comenzó haciendo un recorrido por tonás para acabar muy oportunamente con la toná grande que grabara Mairena. Después empezó con la caña, de forma un tanto anárquica en los ayeos y estrofas, para irse a la soleá de la Serneta, y terminar por Alcalá. Todo ello ligando los tercios, e insisto, con una manera muy peculiar de cantar que tiene la capacidad de transmitir al que le escucha. Después hizo unas cadenciosas jaberas, seguidas por malagueñas de la Trini y rematando valientemente por rondeñas, rayando la perfección, lo que denota su amplio conocimiento de los cantes de Málaga. Si con estos cantes bravíos demostró la amplitud de su registro vocal, puso el contrapunto con una vidalita en la que se descubrió dulce y pastueño.

 El grito quejumbroso de la siguiriya nos erizó la piel, de nuevo con el recuerdo a Mairena al cantar un fragmento del precioso romance de Riego. Por último, nos invitó a dar un refrescante paseo por Cádiz, partiendo de las cantiñas, emocionándonos con la letra desafiante del mirabrás -el primer alegato por la democracia de la historia del flamenco: "y a mí qué me importa que un rey me juzgue, si el pueblo es grande y me abona"-, pasando por Pinini, recordando las romeras y acabando por alegrías. Calurosamente, el público les despidió en pie.