Crónica de una impiedad

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    Sección: Vuelva usted mañana, de la Opinión de Málaga, 30/01/2011.

     RAFAEL DE LOMA.- Hay siempre dos Españas para todo. Para la política, puro enfrentamiento entre progresistas y conservadores (rojos y nacionales), que ya una vez terminó con un millón de muertos y un mapa tapizado de fosas ocultas, rellenas de odios, rencores y envidias.


     También existen las dos España del fútbol, que es todavía más apasionante y disgregador que la política (suponiendo que no sea en sí mismo una variante de la política), y que se reduce a ser del Barça o del Madrid (aparte del equipo de la tierra), salvando la feliz y ocasional unificación nacional en torno a una ´Roja´ campeona del mundo. Y hay también dos España, representadas, una, en la normalidad de un país moderno en el que ocurren cosas normales y, otra, imaginada y escondida en la sombra siniestra de las miserias y ruindades.

     Les narro una pequeña historia personal y luego les explico porqué. Un día, en los años previos a la eclosión democrática, escribí un relato corto con el que, sorprendentemente, gané un premio literario del Liceo de Málaga. Digo que fue una sorpresa porque ni siquiera me presenté personalmente a aquel certamen de relatos breves, sino que fue mi buen amigo y compañero, Andrés García Maldonado, quien, valorando mi trabajo, y sin yo saberlo, hizo una fotocopia y lo envió al concurso. Tampoco me consideraba yo con méritos para alcanzar un éxito literario. Así es que, mientras disfrutaba de mis vacaciones de julio, ajeno a las impagables diligencias de mi amigo Andrés, el jurado, integrado por personalidades de la cultura malagueña, estimaba unánimemente que mi escrito era el mejor entre novecientos trabajos llegados desde toda España. A mi regreso a Málaga, mi padre, casi llorando, me dio la noticia de que yo había ganado la Pluma de Oro de Narraciones Breves, noticia que no comprendí y que tardé en asimilar, pero que era milagrosamente cierta.

     ¿Por qué les cuento esta pequeña vanidad? Desde luego, no por recrearme tanto tiempo después en un éxito menor, que ya a ciertas alturas de la vida relativiza uno con mucha facilidad, sino porque el tema de aquella narración, que se titula «El fruto de tu vientre», correspondía a la historia real de uno de los casos que ahora, un montón de años después, aparecen en la actualidad nacional como la peor y más escandalosa noticia que puede sacudir a una sociedad: el robo y la compra venta de niños recién nacidos.

     Mi argumento, sacado de un comentario que me llegó casualmente, lo protagonizaba una prostituta embarazada, y enamorada de su chulo, que debía decidir, entre dolorosas dudas, vender a su hijo antes de que éste naciera. Los compradores eran un matrimonio de posibles, dispuesto a pagar por el niño cincuenta mil pesetas de aquel tiempo.

     No podía imaginar entonces que aquel caso, del que sólo supe las cuatro palabras que escuché furtivamente y que después recreó como pudo mi imaginación, pudiera ser algo común que estaba ocurriendo, a espaldas de la sociedad, en hospitales privados y públicos, con víctimas engañadas (aunque en mi relato había conocimiento previo de la madre) y con la complicidad y el lucro criminal de médicos, curas, monjas y empresarios desaprensivos. Hoy, ese escandalazo empieza a conmocionar a un país que todos creíamos a salvo de negocios tan viles. Porque, aunque el origen de la red mafiosa está datado en tiempos del franquismo, lo cierto es que las últimas averiguaciones se sitúan en los años noventa, muy próximos en el tiempo como para asegurar que todo ocurrió en un pasado lejano. Quién asegura que no esté ocurriendo aún y no lo sepamos, como no lo supimos entonces.

     El primer paso hacia el desenmascaramiento lo han emprendido unas doscientas víctimas que han presentado denuncia ante la fiscalía. Se calcula que son más de 300.000 los niños robados desde los años cincuenta. Cada uno de ellos es la historia dramática de un hijo que busca a sus padres biológicos, de los que fue arrebatado por puro comercio.

     Las niñas y niños adoptados legalmente pueden ser felices cuando sus nuevos padres los han librado de una condena a muerte prematura en el Congo, en China, en Rumanía... Y sus padres, sus madres sobre todo, llegan a quererlos más incluso que si fueran hijos naturales. Existen pocos amores tan hermosos. Pero cuando la adopción se hace traficando con vidas inocentes de recién nacidos, robados impunemente a sus padres, entonces no hablamos de sentimientos, sino de falta de humanidad. Ya que no podemos evitar las dos Españas que se matan cada día, librémonos, al menos, de esa otra, oscura, siniestra, inhumana, que sigue ahí.



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