Castelar, en el mosaico de la oratoria



Cuando por primera vez habló en el Parlamento se le catalogó de “orador sagrado”.

Por María Jesús Pérez Ortiz
Filóloga, catedrática y escritora

 Sobre el cadáver de Juan Donoso Cortés. En su primer discurso, un mozo, qué ha atribuido al ministro de la Gobernación el epitafio de la libertad, prosigue: “Como antes Donoso había escrito el evangelio de la reacción, sosteniendo que la razón y el absurdo se aman con amor invencible; que fuera de las vías católicas nada hay tan despreciable como la humanidad; que el siglo XVI, con su inquisición y sus frailes, es el ideal de la sociedad; que debíamos, por nobleza, amar la dictadura del sable; que el hombre es la concentración de todos los deberes y la teocracia el más perfecto de todos los gobiernos. ¡Insensato! No sabía que negando la razón negaba a Dios, cuya esencia no es sino la razón; que negando la libertad negaba al hombre, cuya existencia no se comprende sin la libertad...”.



 Era el 25 de septiembre de 1854; hablaba en el Teatro Real de Madrid. Donoso había muerto en 1853, y Emilio Castelar había cumplido 22 años. Toda la prensa reseñó con generosidad, con simpatía, ese discurso; Isabel II, que era reina, pero muchacha, de los mismos pocos años que Castelar; te llamó a Palacio.

 Castelar emprendía un camino conocido: el camino de Donoso; el de todo joven llegado de la periferia, a la conquista de la Puerta del sol: prensa, cátedra, Ateneo, Parlamento, Academia; sabía de los salteadores, oposición, exilio, ostracismo, que acechan al viandante en las revueltas del camino. Había nacido en Cádiz, el 7 de septiembre de 1832. Huido su padre, perseguido, huérfano temprano, Emilio Castelar había vuelto al sureste, Sax, Alicante, Elda, tierras con raíces de su ser; en San Pedro del Pinatar moriría, con las primeras luces de la tarde, el 25 de mayo de 1889. Consagró su vida a la oratoria: oratoria hablada, oratoria escrita; publicó novela, historia, libros de leer gustoso, crónicas de andar y ver Su tema era de alto voltaje: la causa de la libertad; su protagonista, el caído, el oprimido. Defendió a los desheredados “con la unción del apóstol y con las indignaciones del tribunado plebeyo”. Vísperas de su muerte, hace en carta a un amigo esta declaración: “El único móvil interesado a que obedecí en otro tiempo fue, lo confieso, deseo de renombre y gloria”.



 Cuando por primera vez habló en el Parlamento se le catalogó de “orador sagrado”. En la oposición de aquellas constituyentes dio Castelar un curso de oratoria. Apuró como tribuno, la copa del dolor: la prohibición de las palabras. Es uno de esos casos de retorno: la palabra le había sido prohibida a Cicerón.

 El día 16 dé diciembre de 1870, el Congreso sometía a votos una propuesta de la Presidencia: ¿Se le concede o no se le concede la palabra a Castelar? Y cuatro diputados votaron que sí; los sufragios en contra sumaron 101. El Congreso decidía que no hablase el orador. Era un espectáculo, era una fiesta oírle. La prensa anunciaba sus intervenciones; aparecían abarrotadas las tribunas. Color; melodía, gracia, conjugaban en su voz. Una voz fría pero que; empastándose, tomaba gravedad, cuerpo. A contribución de su voz ponía cuanto le era posible, cuidaba de la garganta, no fumaba. Mucho se ha escrito de la transfiguración de Castelar en la tribuna. Es cosa, pues, imposible: no basta con leer; la hechicería de la palabra “¿dónde?”, ¿con qué otros sentidos la transmitiríamos y representaríamos?



 Pequeño, de calva poderosa, ojos saltones, ingrata la voz; emocionable... “Nunca orador alguno se conmovió tanto al subir a la tribuna... Pálido, temeroso de su éxito, lanza sus primeras palabras con voz insegura. La frase es corta. El orador expone sus primeras ideas en un lenguaje sencillo. Más, pasados algunos minutos, la Asamblea manifiesta su sentimiento por un murmullo de desaprobación o de elogio, y Emilio es ya desde este punto dueño de su pensamiento, de su forma, de sus movimientos oratorios, de la Cámara misma”. (La France, ct.El Globo, 20 octubre 1879). En la emoción oratoria, el doctor Pulido cuenta cómo los nervios sacudían patológicamente a Castelar. “Fue uno de los hombres más sensibles a la emoción oratoria”. Se declamaba a sí mismo, depuraba sin descanso, perfeccionaba.

 Era trabajador incansable. El esfuerzo de su oratoria lo relevan estas palabras: “Pero ya 17 de febrero 1888 (un año antes de su muerte) no puedo hacer esto oralmente, porque la oratoria es un arte de jóvenes y no es un arte de viejos; la oratoria necesita fuerzas, que aún tengo, pero que se me acabarán muy pronto”.