Sigmund Freud y el ¡Ay de mi Alhama!

El famoso médico, conocido como el padre del psicoanálisis, utilizó al “mensajero” del poema como ejemplo.

A la fama de nuestro emblemático poema se le acredita ahora la mención de Freud, conocido universalmente como uno de los pensadores más relevantes del siglo XX, el checo de origen judío dedicó parte su vida al estudio y al desarrollo del psicoanálisis. Fue en el contexto de la explicación del trastorno de la memoria en una carta a su amigo, Romain Rolland, cuando cita el poema jameño como ejemplo. Específicamente el protagonista es el mensajero. Sigmund, con motivo de una experiencia personal, pues tras llegar a Atenas y contemplar la Acrópolis pensó «de modo que todo esto realmente existe tal como lo hemos aprendido en el colegio», y desde este punto desarrolla un ensayo. Aunque de niño no dudó de la realidad de la existencia del Acrópilis, ahora descubre que en el inconsciente no lo creía que tal realidad fuera cierta. «Semejante incredulidad representa, sin duda, un intento de rechazar una parte de la realidad, pero hay en él algo extraño. No nos asombraría lo más mínimo que tal intento se refiriese a una parte de la realidad que amenazara producirnos displacer: nuestro mecanismo psíquico se halla, en cierto modo, adaptado para tal objeto». En este caso el médico habla de la paradoja de que algo que en principio genera un placer, como puede ser contemplar tal maravilla, tiene el impulso escondido de crear que sea no verdad, es decir, desrealizar. Un caso así lo va a unir a las personas que que «fracasan ante el éxito» porque «no soy digno de tal felicidad, no me la merezco».

 A continuación escribe «La circunstancia de que la parte de realidad que pretendíamos rechazar fuese, al principio, sólo una posibilidad, determinó el carácter de nuestras reacciones inmediatas. Pero cuando nos encontramos luego en la Acrópolis, la posibilidad se había convertido en realidad, y el mismo escepticismo asumió entonces una expresión distinta, pero mucho más clara. Una versión no deformada de la misma sería ésta: “Realmente, no habría creído posible que me fuese dado contemplar a Atenas con mis propios ojos, como ahora lo hago sin duda alguna”». Hay por tanto para Freud deformaciones que nos hacen atender a la realidad incluso para negarla, y es aquí cuando aparece el poema del ¡Ay de mi Alhama!. Considera que los fenómenos de desrealizamiento y extrañamiento sirven como objetivo último a la finalidad de la defensa, incluso cuando la realidad es la que es, y la negamos.

 Este sería la “represión” y «lo que podríamos calificar como método normal de defensa contra lo penoso o insoportable» y las posibles conductas, en el que caso extremo como una patología.

 Escribe para presentar el poema como ejemplo « ¿Puedo detenerme un instante para recordarle un caso límite de semejante defensa? Sin duda conocerá usted la célebre elegía de los moros españoles, ¡Ay de mi Alhama!, que nos cuenta cómo recibió el rey Boabdil la noticia de la caída de su ciudad, Alhama. Siente que esa pérdida significa el fin de su dominio; pero, como «no quiere que sea cierto», resuelve tratar la noticia como «non arrivé». La estrofa dice así». Freud cita directamente los versos en los que el poema anónimo relata la muerte del mensajero tras traer las malas novas de la caída de Alhama. Finalmente dirá «Fácilmente se adivina que otro factor determinante de tal conducta del rey se halla en su necesidad de rebatir el sentimiento de su inermidad. Al quemar las cartas y al hacer matar al mensajero trata de demostrar todavía su plenipotencia».

> La carta completa aquí.

 

Romance del rey moro que perdió Alhama

¡Ay de mi Alhama!

Anónimo español - c. 1500

Anónimos
Paseábase el rey moro
por la ciudad de Granada,
desde la puerta de Elvira
hasta la de Vivarrambla.
«¡Ay de mi Alhama!»

Cartas le fueron venidas
que Alhama era ganada:
las cartas echó en el fuego,
y al mensajero matara.
«¡Ay de mi Alhama!»

Descabalga de una mula,
y en un caballo cabalga;
por el Zacatín arriba
subido se había al Alhambra.
«¡Ay de mi Alhama!»

Como en el Alhambra estuvo,
al mismo punto mandaba
que se toquen sus trompetas,
sus añafiles de plata.
«¡Ay de mi Alhama!»

Y que las cajas de guerra
apriesa toquen al arma,
porque lo oigan sus moros,
los de la Vega y Granada.
«¡Ay de mi Alhama!»

Los moros que el son oyeron
que al sangriento Marte llama,
uno a uno y dos a dos
juntado se ha gran batalla.
«¡Ay de mi Alhama!»

Allí habló un moro viejo,
de esta manera hablara:
—¿Para qué nos llamas, rey,
para qué es esta llamada?—
«¡Ay de mi Alhama!»

—Habéis de saber, amigos,
una nueva desdichada:
que cristianos de braveza
ya nos han ganado Alhama.
«¡Ay de mi Alhama!»

Allí habló un alfaquí
de barba crecida y cana:
—¡Bien se te emplea, buen rey,
buen rey, bien se te empleara!
«¡Ay de mi Alhama!»

Mataste los Bencerrajes,
qu’eran la flor de Granada;
cogiste los tornadizos
de Córdoba la nombrada.
«¡Ay de mi Alhama!»

Por eso mereces, rey,
una pena muy doblada:
que te pierdas tú y el reino,
y aquí se pierda Granada.—
«¡Ay de mi Alhama!»