Paquillo

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Qué joven es el carrero, dieciséis años apenas. Y su voz, casi de niño, mandando firme y segura a ese par de mulas negras.

Paquillo

Mañana fresca de agosto,
huele a mieses en las eras.
Por la calle arriba sube
melodía de cencerras.
Y ese gemido del carro,
que parece lamentarse
con el girar de las ruedas.

Qué joven es el carrero,
dieciséis años apenas.
En su mano izquierda, el látigo,
la madrina en la derecha.
Y su voz, casi de niño,
mandando firme y segura
a ese par de mulas negras.

Es Francisco López López,
Paquillo el de la Josefa.
Trabajando desde chico,
nunca pudo ir a la escuela.
Aprendió a fuerza de golpes,
como los pobres aprenden
de la vida, su maestra.

Fue de cortijo en cortijo,
trilló y aventó en la era,
tropezó tras el arado,
agarrado a las manceras.
Siempre sirviendo a algún amo
que le escatima el salario
y le alarga la faena.

Orgulloso, sonriente,
sube Paquillo la cuesta
mientras algunas mujeres
riegan y barren sus puertas.
Y sus ojillos inquietos
buscan ventanas abiertas,
donde una tímida joven,
bordando sábanas blancas,
cada mañana le espera.

Santa Cruz, mayo 2020
Luis Hinojosa D.

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