El músico

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Este año, durante la feria, tenemos un músico alojado en casa. Es la primera vez. Bueno… que yo sepa.

 Me sobresaltó el primer cohete cuando, en la mesa de la cocina, estaba yo dando buena cuenta de mi tazón de café con leche migado con picatostes. Lo de café es el nombre que damos en casa a la cebada tostada, que la preparan ahí mismo, en Alhama; mi padre suele llevarla a tostar a finales de verano.

- Ya están aquí los músicos- ha dicho alguien en la calle. He apurado a prisa el desayuno y he salido flechado. Casi ya en la plaza, en la esquina de la casa de la maestra, me he topado con la banda. Una veintena de hombres, algunos casi niños, bien uniformados, con su traje azul marino y su gorra de plato, interpretando un alegre pasodoble, siguiendo las directrices de un señor bajito y rechoncho que con su batuta los dirige.

 He recorrido el pueblo tras ellos. De vuelta en la plaza, un puñado de vecinos, junto al alcalde, el secretario y el alguacil, esperan en la puerta del ayuntamiento. Dos o tres piezas más, allí mismo, ha interpretado la banda, formando un corro, con grandes y pequeños apelotonados alrededor.

 Y comienza el reparto de músicos. El secretario, ajustadas las gafas sobre su afilada nariz, lee el nombre que encabeza la lista de solicitantes. Más exactamente, de vecinos a los que el alcalde ha hecho compromiso para que durante los tres días de feria alojen en su casa a un músico con derecho a cama y comida.

 A cada nombre que el secretario lee, el director señala al que será su pupilo. Vecino y músico se saludan y juntos esperan el final del reparto. No faltan los comentarios (aquí supe por primera vez de esta anécdota) sobre aquel famoso reparto en tiempos del anterior alcalde: “el del pito gordo, pa mí. Y el de los platillos de cobre, también pa mí.” Fue la idea que se le ocurrió al regidor de nuestro pueblo para animar a los lugareños, cuando aún no existía la costumbre de la lista previa.

 También en mi casa, como he dicho, tenemos nuestro músico particular. Cuando el secretario ha leído el nombre de mi padre, el director ha señalado a un hombre alto y delgado, de mediana edad, que lleva en sus manos un reluciente instrumento dorado del que en seguida llama mi atención su intrincado laberinto de tubos metálicos. ¿Cómo se llamará? El instrumento, digo. ¿Y el que lo toca?

 Ya estamos en casa. Pedro (ya sé el nombre de nuestro huésped) se ve un poco tímido. Pero con mi padre, que es bastante hablador, parece que ha tomado pronto confianza. Pedro es jornalero del campo allá en su pueblito de la vega granadina. Pero su gran afición es la música. Su gran afición y el complemento imprescindible para la economía familiar. Porque los jornales que Pedro gana en el campo no alcanzan para dar sustento a sus cinco hijos y al matrimonio. Y a sus ojos asoma una lágrima traicionera, que él rápidamente seca con el pañuelo, cuando habla del delicado estado de salud de su esposa y de las dificultades para sacar adelante a su familia.

 Mientras tanto, mi atención no se aparta un momento de aquel raro instrumento que ahora descansa sobre una silla del comedor. –“¿Te gusta? Anda, prueba a tocarlo- me dice Pedro. Y lo intento. Lo intento una y otra vez. Y todos ríen al ver mis mofletes hinchados y mis inútiles esfuerzos que no logran arrancar el más leve sonido, a pesar de las indicaciones de su dueño. Trompa, me ha dicho que se llama. Aunque me ha dejado desconcertado porque no le veo semejanza alguna con la del elefante.

 La feria está en marcha. En la tarde de este primer día la banda ha ofrecido un pequeño concierto en la plaza, que yo, como es natural, no me he perdido. Ni he quitado los ojos de la trompa que Pedro toca, intentando descubrir el secreto por el que, con tanta naturalidad, arranca sonidos a aquel raro instrumento. Después, solo me queda administrar adecuadamente mi presupuesto de diez reales para pasar lo mejor posible aquella primera tarde de feria. Un helado de dos reales de Alejandro, una peseta de turrón y algún paseo en las ‘volaeras’ chicas. Y, como hoy mis padres no salen porque dicen que el primer día ‘ni es feria ni na’, pues nada, la cena tempranico y a la cama, que mañana hay que madrugar para acompañar a los músicos en la diana.

 El segundo día, mucho mejor. Tras el recorrido acompañando a los músicos, un buen desayuno con churros de Jeromo y café bueno (¡hoy sí!). Y la feria de ganado. Cómo me gusta acompañar a mi padre a las orillas del río a ver las bestias que se compran y venden, los tratos de los gitanos… y las piaras de marranos. Mucha gente aprovecha la ocasión para comprar la matanza del año. También mi padre. Cerca del mediodía, la banda se dispone a ofrecer un nuevo concierto. Y ya estoy yo junto a Pedro, que, cariñosamente, revuelve con su mano mi cabello.

 Esta tarde, las cintas. Han sido bordadas “por distinguidas señoritas de la localidad” (según reza el programa de fiestas). Se correrán en bicicleta, en la carretera, y amenizará la banda de música. Cada corredor que ensarte correctamente una tendrá el honor de que sea la propia bordadora quien la coloque sobre su pecho; además de la felicitación musical por parte de la banda. Los fallos, en cambio, desencadenarán una sonora pitada con estruendosos golpes de bombo.

 Acabadas las cintas, vamos a casa que hoy hay que arreglarse con las mejores galas. Este año mi madre me ha hecho un traje gris con pantalón bombacho. Y estrenaré los zapatos que hace unos días me compraron en Alhama, en la zapatería de Rojas. También salen hoy mis padres con mi hermano pequeño, lo cual me permite agrandar algo mi exiguo presupuesto. Y hasta el bueno de Pedro me ha dado una peseta cuando me ha visto con mi traje nuevo por la plaza. Sin duda, hoy es el día grande de la feria. También la cena ha sido especial y nuestro invitado se deshace en alabanzas a mi madre. No tardamos en volver a la plaza, todos. ¡Hasta la una hemos aguantado! Tanto que casi detrás de nosotros ha llegado Pedro porque el baile ya ha concluido por hoy.

 La diana del tercer y último día (veinte de septiembre) me ha pillado en la cama, anoche trasnoché demasiado. He bajado a la plaza ya cerca del mediodía y el ambiente dista mucho de la alegría de ayer. Tal vez la sensación de algo bueno que se acaba nos envuelve en ese halo de melancolía. Y no es solo la feria, no; se acaba el verano, se acaban las vacaciones, los baños… Y vuelven la rutina de la escuela y la monotonía otoñal. Esta noche, el castillo de fuegos artificiales con su traca final y el trueno gordo señalará el fin oficial de esta feria. Nadie se lo pierde. Es más, nunca falta vigilancia junto a las ruedas y filas de cohetes desde aquel año en que un grupo de gamberros venidos de Alhama quemaron nuestro castillo mientras la gente cenaba tranquilamente en su casa.

 El día veintiuno ha amanecido gris y algo lluvioso. Pedro prepara su instrumento y su hatillo. A las ocho vendrá un camión a recoger a los músicos. Mi madre le ha puesto en una taleguilla unos pocos garbanzos y un buen trozo de tocino: “para que su mujer ponga una olla”. También le ha envuelto en papel de estraza algunos roscos fritos de los que había preparado para la feria. Y con el hatillo en una mano y el instrumento en la otra, Pedro se aleja, por el Carril abajo, hasta perderse por las escalerillas. Hasta siempre, amigo.





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