Mariquilla

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Y, mientras barre y friega, y mientas cose y borda, y mientras canta coplas de Manolo Escobar, construye Mariquilla castillos en el aire, castillos que derriba la cruda realidad.


Mariquilla

Es su nombre María.
Pero todos la llaman Mariquilla.
Ayer cumplió diez años:
según su madre, una mujer ya.
Por eso cose y borda;
por eso barre y friega;
y cuida a sus hermanos,
y va al río a lavar.

Sin embargo, al colegio,
ni va ni nunca ha ido Mariquilla.
Y, si acaso se atreve
a quejarse por ser analfabeta,
el padre le responde:
“quítate eso, mujer, de la cabeza;
si no has de ir a la mili,
¿ a qué perder el tiempo
yendo y viniendo cada día a la escuela?”

Y, mientras barre y friega, y mientas cose y borda,
y mientras canta coplas de Manolo Escobar,
construye Mariquilla castillos en el aire,
castillos que derriba la cruda realidad.

Y creció y se casó.
Se casó y tuvo hijos.
Y se instaló la miseria en su hogar:
no eran tiempos propicios.

Y una tarde cualquiera
de un frío invierno,
con sus cinco chiquillos
y su hombre enfermo,
con solo veinte duros
para el viaje,
salió del pueblo.

Fue la muerte a buscarla,
en su hora postrera,
por aquellos castillos
que un día Marquilla construyera.
Castillos de montañas y de mares,
de bonitos vestidos
y de largos viajes.
Y castillos de libros y cuadernos,
de tardes en la escuela,
de… ni a soñarlo se atreve:
estudiar algún día una carrera.

En ninguno de ellos
encontró a Mariquilla:
ni en el mar, ni en los libros, ni en la escuela.
La encontró trabajando, como siempre,
sirviendo a señoritos
y limpiando escaleras.

Su nombre era María
y todos la llamaban Mariquilla.
Levantó mil castillos,
que, uno a uno, derribó la vida.

Santa Cruz, julio 2019
Luis Hinojosa D.


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