Un guerrillero anónimo

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Cualquier circunstancia -una larga noche de vigilia, por ejemplo- puede convertirse en una encrucijada que determine un cambo de vida radical. Esta es la crónica del momento en el que un muchacho (del que obviaremos su identidad por expreso deseo de la familia) optó por dejar a un lado sus convicciones para salvar su vida y la de los suyos.

La escarpada ladera norte del Cerro Lucero (fotografía de Mariló V. Oyonarte)

 El guerrillero llevaba apostado varias horas tras un pequeño promontorio rocoso que le servía de observatorio y, aunque procuraba estirar brazos y piernas todo lo que podía, ya empezaba a notar el cuerpo entumecido por aquella postura tan forzada. Esa noche le habían tocado a él las labores de vigilancia del campamento, situado en las inmediaciones del Cerro del Lucero, y la verdad era que permanecer tanto tiempo despierto e inmóvil, sin poder hablar -sin poder desahogarse, en realidad- con ningún compañero ni hacer otra cosa más que controlar atentamente los accesos a su posición, daba para pensar, y mucho, en cualquier cosa. Había estado otras muchas veces de guardia nocturna, pero esa noche, no sabía por qué, se sentía más predispuesto que otras a reflexionar. Además, y esto era lo más extraño, no tenía sueño. En incontables ocasiones había tenido que sobreponerse al sopor casi invencible que solía adueñarse de él, peleando los párpados contra el sueño, especialmente si arrastraba el cansancio y la tensión acumulados tras una intensa jornada de marcha junto a sus compañeros, atravesando lo más intrincado de la sierra, eludiendo los senderos más transitados y buscando rutas alternativas, por arriesgadas que éstas fueran, para evitar ser descubiertos por la guardia civil o sus confidentes. 

Las laderas del Cerro Lucero son casi inexpugnables, fuera del sendero que lleva a la cumbre

 Con cuidado de no generar ruido ninguno cambió de postura por enésima vez y, asegurándose antes de que su mosquetón estuviera bien apuntalado entre las piedras, se arrebujó en su pelliza y metió las ateridas manos en los bolsillos. Sí, ahora estaba algo mejor… Le apetecía horrores echarse un pitillo, pero en su campamento todos lo tenían terminantemente prohibido durante la noche porque incluso la tenue luz de la brasa podía delatar su posición, por lo que, a pesar de que ellos tenían sus trucos para poder fumar sin ser descubiertos, en ese momento prefirió desechar la idea. El muchacho levantó la vista unos minutos de la grisura uniforme de la ladera que tenía que vigilar, y miró al cielo. Esa noche de principios de diciembre de 1948 era especialmente fría en Sierra Almijara, pero al menos no llovía ni hacía viento. El aire se percibía sereno, fino y limpio. Estaba despejado, aunque unas nubecillas blancas venían cabalgando desde el mar, y la luna creciente derramaba su luz marfileña y difusa, perfilando con nitidez los contornos de las montañas circundantes. El guerrillero recorrió aquellas familiares siluetas con la mirada; podría identificar cada cumbre, collado, barranco y casi cada mata sin mirarlos siquiera, porque se había criado allí mismo, como quien dice: ellos, los guerrilleros, los maquis, la gente de la sierra, los bandoleros o los terroristas –¡les habían puesto ya tantos nombres… !– eran, en su mayoría, expertos conocedores de aquel terreno. Aparentemente todo era paz y silencio, aunque él sabía, por ominosa experiencia, que de noche en la sierra nada es lo que parece.

Campamento guerrillero en la falda del Cerro Lucero (fotografía de José Aurelio Romero Navas)

 Sus camaradas descansaban a unos metros de su puesto de vigía, resguardados en unas corraletas de piedra que ellos mismos construían y usaban como alojamientos provisionales, y que en noches tan frías como aquella cubrían con unas lonas de tela gruesa para mantener un poco de calor. En la quietud de esa gélida noche invernal el muchacho casi podía escuchar sus murmullos, respiraciones y hasta el roce sordo de sus movimientos. Las circunstancias los habían convertido ahora en su otra familia, y por deber –pero también por apego, sobre todo con algunos de ellos- se sentía responsable de su seguridad. Eran hombres de muy distintas procedencias e ideologías, que por diferentes motivos habían elegido echarse al monte o se habían visto obligados a hacerlo. Entre sus compañeros y, en algunos casos, amigos, había antiguos combatientes del bando republicano durante la Guerra Civil; simpatizantes comunistas o anarquistas que huían de la represión de Franco; unos cuantos desgraciados que estaban allí por problemas con la justicia e incluso también varios lugareños sin oficio ni beneficio que, sin saber muy bien lo que hacían ni para qué, se habían unido a ellos en busca de un futuro mejor porque en sus pueblos y cortijos se morían de hambre. A pesar de su juventud -todavía no había cumplido veinticuatro años-, el guerrillero ya casi había perdido la cuenta del tiempo que él mismo llevaba huido en la sierra, formando parte de aquellas variopintas cuadrillas de disidentes que con el tiempo se habían organizado formando agrupaciones paramilitares de resistencia al régimen franquista, y que se ocultaban en los rincones más inaccesibles no solo de Sierra Almijara, sino de otras muchas montañas de nuestro país.

Y ahora así se veía, compartiendo con sus camaradas un día a día cada vez más incierto, alejado de su casa y su familia, sometido a una férrea disciplina y con la certeza de que en cualquier momento podría tener que estar defendiendo su propia vida. No se arrepentía de lo que había hecho; él sabía bien cuáles habían sido sus razones para abrazar aquella lucha. Hijo y nieto de cabreros, pastor siempre de rebaño ajeno, analfabeto del todo y pobre entre los pobres, creía sinceramente que el régimen militar del general Franco no haría sino empeorar más su triste situación. Había tomado la decisión de combatir plenamente consciente de las consecuencias que podría acarrearles a todos, y no cambió de opinión a pesar del adusto silencio de su padre y de las protestas angustiadas de su madre, el día que les anunció sus intenciones de escaparse al monte. Las comprensibles quejas de sus mayores sirvieron de bien poco: no tuvieron más remedio que aceptar con entereza y resignación el hecho de que su único hijo –“la Virgen no había querido darles más”- sería uno más de los de la sierra: “Hijo”, le dijeron; “no tenemos nada pero peor nos vamos a ver, porque os matarán a todos como a perros, y seguramente a nosotros también”. Pero en el pueblo muchos de sus vecinos tenían familiares o amigos que, como él, habían elegido esa opción persuadidos por sus aspiraciones de libertad y prosperidad. Además, los rebeldes mantenían la firme convicción de que antes o después recibirían algún apoyo externo que les permitiese afrontar un intento serio de expulsar al franquismo del poder.

Agrupación guerrillera activa en la Almijara, año 1948

 No obstante, y dejando al margen sus particulares sueños, el guerrillero tenía que reconocer que su vida cotidiana, la de todos ellos, era cada vez más precaria. Malvivían escondidos como alimañas entre los recovecos más inaccesibles de las montañas, soportando el frío en invierno y el calor en verano, mal alimentados, mal vestidos y en perpetuo estado de alerta, sin conocer apenas lo que era un momento de tranquilidad; en continuo movimiento para no ser sorprendidos por sus perseguidores y en constante vigilancia para no caer en ninguna emboscada. A pesar de todos estos inconvenientes procuraban no acuartelarse muy lejos de sus pueblos y cortijos, donde sus familias esperaban anhelantes, día y noche, por tener alguna noticia suya. Sea como fuere, los maquis solían ingeniárselas para hacer saber a los suyos que estaban bien o, al menos, que seguían con vida, lo cual ya era suficiente. Padres y madres, hermanos, novias, esposas e hijos vivían con el alma en vilo, porque sabían que los suyos eran ahora proscritos, carne de cañón sin ninguna posibilidad de supervivencia si tenían la desventura de caer en manos de sus enemigos.

 El guerrillero evocó por un momento la imagen de su casa. La pulcra fachada blanca, las ventanas de postigos siempre abiertos y la parra que daba sombra al patinillo empedrado de la entrada, en cuya frescura su madre remendaba los ya muy recosidos calzones de su marido, sentada en una silla baja, en las prolongadas tardes del verano. Un poco más allá, el banco de piedra adosado a la pared en el que su padre descansaba al final del día mientras fumaba un cigarro tranquilamente con la mirada perdida en el horizonte, y Chispa, la incansable perrilla que tantas veces lo había acompañado detrás de las cabras, tumbada fiel y tranquila a sus pies. Recordó, sintiendo una repentina y aguda punzada de nostalgia, la vida –humildísima, desde luego, pero también apacible- que solía llevar, y entonces sí que necesitó fumarse el cigarro que hacía un rato había dejado para otro momento. Así que, saltándose las normas por primera vez, lió diestramente un pitillo, lo introdujo con cuidado en el interior de un trocito de caña que guardaba para ese propósito y, confiado, sabiendo que la luz del ascua no delataría su posición, fumó durante unos minutos, dejando flotar su imaginación igual que flotaba el humo azulado de su cigarrillo. Regresó entonces aquella sensación, reprimida durante muchos meses, de soledad y desconsuelo; sintió con fuerza la añoranza de una vida distinta –su vida de antes, sin más– al compararla con sus actuales circunstancias, olvidándose de esa especie de censura que todos en el campamento se habían autoimpuesto: no recordar sus casas y sus familias para que sus voluntades no flaqueasen.

 Los guerrilleros como él estaban sometidos a una tensión continua, privaciones de todo tipo y labores que podían llegar a ser realmente dolorosas, como la obligación de ajusticiar a sus propios compañeros si de ese modo lo ordenaban sus superiores. Tampoco podían intercambiar información entre ellos, conocer a los enlaces que les suministraban la comida y los mensajes o tener contacto con mujeres, salvo los que ya estaban casados. Pero para ser justos, también tenía que reconocer que estaban bien organizados y que tenían unos dirigentes muy capaces, aunque algunos de ellos resultaron ser implacables, pues no dudaban en condenar a sus propios hombres a la pena de muerte al más mínimo error. El guerrillero, entonces, recordó la irrazonable ejecución de uno de sus pocos amigos allí arriba, porque su superior consideró que no se tomaba en serio su tarea. Al menos, pensó el muchacho, tenía que dar gracias porque no tuvo que ajusticiarlo él mismo…

Campamento maqui en las cercanías del Cerro Lucero, reutilizado luego como majada para el ganado (fotografía de Mariló V. Oyonarte)

 Durante los años que llevaba en la guerrilla había participado en numerosas batallas y escaramuzas en las que había pasado de todo, pero en los últimos tiempos las derrotas eran mucho más frecuentes que las victorias. La guardia civil los rastreaba y acorralaba cada vez con más ahínco, aunque eso ya no era lo peor. Ahora todos temían, y él mismo el primero, por sus familias: padres, hermanos, novias o hijos, que se encontraban a merced de las amenazas, castigos, extorsiones y todo tipo de abusos por parte de sus perseguidores. Con estos métodos se forzaba así la rendición de los rebeldes, y de hecho el sistema funcionaba: algunos de sus compañeros de lucha ya se habían entregado, temiendo por la integridad de sus familiares y a la vez confiando en una amnistía que los guardias civiles anunciaban a los cuatro vientos -en sentido literal, pues llegaron a lanzar octavillas al aire por toda la sierra-. El guerrillero sabía que su causa estaba perdiendo apoyos y que la guerrilla se sentía prácticamente abandonada a su suerte; la desesperanza se empezaba a cebar en sus compañeros, así como en él mismo. Se sentía engañado y desmoralizado y, justo era reconocerlo, ya no veía las cosas como antes. Cada vez quedaban menos activistas entre las bajas y las deserciones, y las caras de los que resistían estaban ensombrecidas por la duda y la desconfianza, ya que las traiciones internas eran cada vez más frecuentes.

 Esa noche, que por algún motivo estaba siendo distinta a las demás, mientras cumplía con su deber como centinela, a solas y en silencio, el guerrillero se preguntó seriamente, como nunca antes lo había hecho, por su futuro. Tenía miedo de que algo ocurriese a su familia, claro, pero ahora también pensaba en él mismo. ¿Había merecido la pena todo aquello? Ya empezaba a ser demasiado tiempo de destierro, de muertes y traiciones, de pérdidas y experiencias tan crueles –ajenas y propias– que sabía que lo habían marcado para siempre. No podía responder por sus camaradas, pero de él sí debía decir que hasta entonces había defendido con lealtad y convicción los intereses de la guerrilla, y que cada día de combate lo había espoleado el anhelo de alcanzar lo que él consideraba la libertad y la justicia para todos. Pero esa noche, en ese momento, podía ver con claridad -como si acabase de despertar de un mal sueño- que la batalla estaba definitivamente perdida; que de alguna manera los habían engañado y llevado a una muerte casi segura, y él quería vivir. Era muy joven, estaba a tiempo de formar una familia, cuidar de sus padres, que ya iban teniendo una edad, y dedicarse a cultivar el campo y tener animales, que es lo que siempre le había gustado; quería un futuro, mirar la vida de frente y hacerse viejo en paz, como su padre. Estaba cansado de seguir escondido, acechando con temor cada movimiento a sus espaldas; de desconfiar de todo y de todos y de mirar los meses y los años volar fugaces, sin esperarlo, mientras él sobrevivía al margen de su propia existencia, porque vivir de esa forma no era vivir.

Amaneciendo en el Cerro de los Bojes, cercano al Cerro Lucero (fotografía de Sebastián García Acosta)

 Se dio cuenta de que, por fin, estaba amaneciendo. El alba se anunciaba sobre las cumbres, recortando sus siluetas escarpadas en el claroscuro de la madrugada, que tantas veces los había protegido de sus perseguidores. Un nuevo día comenzaba y la idea de una vida distinta -si ello aún fuese posible- cobró forma en su cabeza repentinamente. Recordó la frase que solía decir su madre cuando, siendo él niño, pedía perdón por alguna travesura: “No pases cuidado, que el mañana siempre es limpio, sin mancha”. El guerrillero se incorporó, sin salir de su escondite. Sus compañeros descansaban todavía, pero ya pronto alguno lo relevaría en su puesto de vigilancia. No era tarde, ¡vamos! Todavía tenía una posibilidad de vivir si se decidía con rapidez. Entonces, y sin saber por qué, le vino a la memoria una canción de Imperio Argentina, aquella cantante que estaba tan de moda y que a su madre le gustaba tanto. No era supersticioso ni creía en el destino, pero fue en ese preciso momento cuando tomó cuerpo su resolución. Era ahora o nunca. Con la certeza de que si lo sorprendían sería irremisiblemente ajusticiado, se puso en pie y dejó con cuidado el fusil y la munición en el suelo. Luego metió en su morral algo de comida, se lo colgó en bandolera y, sin más, se descolgó con agilidad por un profundo barranco que conocía a la perfección. Desapareció rápida y silenciosamente, envuelto en las últimas sombras de la noche. No miró atrás; la canción resonaba cada vez con más fuerza dentro de su cabeza.

“…Ya se ocultó la luna, luna lunera / ya ha abierto su ventana la piconera, madre,
y el piconero / sube a la sierra cantando con el lucero, con el lucero…”

EPÍLOGO

El puerto marítimo de Málaga en los años cuarenta del siglo pasado

Uno de los barcos transatlánticos que llevaba inmigrantes a América

 Moviéndose solo durante las horas nocturnas y valiéndose de su experiencia en la sierra, el muchacho consiguió llegar a Málaga -no se planteó volver a la casa de sus padres porque sabía que allí sería el primer lugar donde lo buscarían-, desde donde se embarcó como polizón en un navío mercante que, tras varias escalas y unas cuantas semanas de navegación, lo dejó en la ciudad porteña de Buenos Aires. Encontró empleo, primero en el campo y después en la construcción. Era listo y no le asustaba el trabajo duro; prosperó pues, y también aprendió a leer y a escribir. En cuanto tuvo ocasión se puso en contacto con sus padres, que ya lo daban por muerto en la sierra al no tener noticias suyas. Tardó un tiempo en ahorrar el dinero suficiente para pagar unos pasajes de barco para ellos, y finalmente se reunieron todos en la ciudad argentina de Santa Fe, a los tres años de la huida del muchacho de Sierra Almijara. Cuatro años después de esa misma huida el movimiento guerrillero antifranquista fue vencido y, exceptuando a los pocos que habían conseguido escapar del cerco de sus perseguidores, todos sus integrantes terminaron fusilados o encarcelados.

 Aunque muy lejos de su tierra -y es que en esta vida no se puede tener todo-, nuestro protagonista consiguió cumplir gran parte de sus sueños. Se casó con una joven de origen italiano con la que tuvo a sus cuatro hijos, cuidó de sus padres hasta que éstos fallecieron y, cuando se jubiló, era el orgulloso propietario de una boyante empresa que contaba con varios empleados en plantilla. Nunca regresó a España, aunque el nombre de su pueblo y el recuerdo de aquella noche de vigilia que cambió su destino formaban parte de casi todas sus conversaciones; así fue hasta el final de sus días.

 Sus descendientes residen en Argentina.

Con su esposa, a finales de los años cincuenta (fotografía, archivo de la familia G.Z.)

Escrito por Mariló V. Oyonarte





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